Foto: Frans van Cappellen / Flickr, bajo licencia Creative Commons. Montaje: Gizmodo en Español.

Samsung lleva semanas enfrentado a una de las peores pesadillas que puede encarar un fabricante de cualquier cosa: que uno de sus productos tenga un fallo que suponga un riesgo físico. Al final ha optado por una solución dolorosa pro necesaria: había que matar al Galaxy Note 7.

La situación a la que habíamos llegado con los Note 7 era demasiado insostenible como para seguir maquillándola a golpe de talonario. Finalmente Samsung ha optado por descatalogar el smartphone poco después de suspender sus ventas en todo el mundo y de que varias operadoras lo retiraran de sus catálogos.

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El fin del smartphone evita males mayores para la imagen de marca de la compañía, pero también debería de servir de recordatorio al resto de fabricantes de que algo no va bien en el segmento smartphone. Hoy ha sido Samsung, pero mañana podría ser Apple o cualquier otro, porque los problemas que han llevado a la retirada del Note 7 son estructurales y están muy extendidos.

La prisa no es buena consejera

Aunque en un principio Samsung se apresuró a despejar el balón y ponerlo en el tejado del proveedor de las baterías, la responsabilidad del problema no dejaba de ser suya. Además, aunque aún no se ha confirmado, los expertos en la materia creen que ese proveedor no es otro que Samsung SDI, una filial de la coreana. Demasiado cerca como para salir indemne simplemente echando balones fuera.

No faltan tampoco las voces que apuntan a que quizá no sea una cuestión de batería. Venkat Viswanathan, profesor de ingeniería mecánica en la Universidad Carnegie Mellon, explica al Wall Street Journal que las baterías de iones de litio tienen una tasa muy baja de fallo, y que en las explosiones de los Note 7 tiene que estar jugando otro factor, sea el chip que regula el voltaje, o la calidad de alguno de los materiales utilizados.

Sea la batería u otro componente, parece que Samsung apretó las tuercas a toda su estructura interna y externa para adelantar el lanzamiento del Samsung Galaxy Note 7 y esa presión se saldó con el problema de las baterías. La principal hipótesis es que lo hizo precisamente para asestar un golpe mortal al nuevo iPhone. Una vez más, la coreana haría bien en dejar de obsesionarse con todo lo que hace Apple, pero no parece probable que eso suceda.

Trenes fuera de control

Esa presión alrededor del lanzamiento del Galaxy 7 que ha sido su fin es el síntoma de una adicción crónica de la que los fabricantes de smartphones son incapaces de desprenderse: la necesidad de lanzar un nuevo smartphone cargado de novedades fascinantes todos los años. Todo el sector es un tren en marcha a máxima velocidad y sin un piloto que tenga muy claro a donde vamos. Tan solo que hay que llegar los primeros.

La mayor parte de los consumidores no podemos mantener el ritmo de comprar un smartphone nuevo cada año y las novedades tampoco son las que eran porque los ingenieros están llegando a ciertos límites difíciles de superar en solo un año. Quizá es hora de echar el freno, dejar pasar una generación y después lanzar un dispositivo que realmente lleve de cabeza a la gente por sus prestaciones y no por su tendencia a convertirse en una bola de fuego. El modelo tick-tock de los procesadores (con cambio de arquitectura cada dos años) no es un capricho de Intel. Es que los ingenieros dimitirían si el departamento de marketing les pidiera cambiar de arquitectura cada año solo para tener un maldito argumento de ventas.

Imagen: Reddit.com/Crushader

Una retirada a tiempo es una victoria

El caso Note 7 no va a matar a Samsung. La compañía sobrevivirá a la crisis y hasta es probable que las explosiones y posterior retirada del terminal ni siquiera hagan mella en sus próximos resultados financieros. El Galaxy S7 sigue siendo un terminal absolutamente fabuloso, y probablemente el S8 sea aún mejor. Las explosiones del Note 7 eran un problema de comunicación, pero podrían haberse convertido en un desastre de proporciones épicas.

Hubiera bastado que alguien se quemara la cara con un Note insertado en un visor VR para que la imagen de la compañía sufriera un golpe del que no se recupere en años. En ese sentido, la retirada oficial del dispositivo es una medida crucial para evitar males mayores.

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Lamentablemente, parar la venta del Note y enterrarlo es solo aplicar una compresa sobre la herida. Muy probablemente haya que tomar más medidas, y esas medidas supongan la desaparición de la marca Note.

El valor de una marca

El Galaxy Note original fue el desencadenante de toda una nueva categoría de producto que en su día conocimos como Phablets. Es perfectamente comprensible que en Samsung tengan afecto por esta familia de teléfonos gigantes. La parte más complicada aquí es valorar qué merece más la pena ahora: matar la marca Note para que no manche al resto de la familia Galaxy, o tratar de sobrellevar esta crisis y recuperarla con el siguiente modelo.

Probablemente sea más conveniente lo segundo. Aunque resulta injusto, los incidentes con los Note 7 han conseguido que los Note sean percibidos en la calle como “esos teléfonos que explotan” y la opinión pública puede ser muy terca y muy necia cuando adquiere una idea preconcebida sobre algo, aunque sea exagerada o errónea. Esa mancha seguirá ahí cuando llegue el Note 8, si es que llega.

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Las soluciones son variadas, pero podrían pasar por eliminar la marca Galaxy de los Note para salvaguardarla (Samsung ya lo hizo antes con los relojes Gear, aunque no por una crisis concreta), o incluso cambiar de nombre completamente en la próxima generación. Al fin y al cabo, ya no hay tanta diferencia entre un Note y un Galaxy S. Basta con añadirle un S-Pen al segundo.

Son las baterías, estúpido

Finalmente, hay algo que los fabricantes (no solo Samsung) pueden aprender del caso Note 7. Se trata de una frase muy cortita que las compañías de electrónica deberían grabar con un hierro al rojo en alguna parte del cuerpo de los responsables de marketing de sus empresas. Si digo marketing y no ingeniería es porque si los smartphones los estuvieran diseñando ingenieros en lugar de publicistas no estaríamos en esta situación. Esa frase es (el énfasis con la puntuación es mío):

No solo en móviles, sino en cualquier otro dispositivo electrónico o eléctrico, desde las linternas a los smartwatch pasando por los coches. Los consumidores llevan años pidiendo dispositivos con más autonomía, y todo lo que obtenemos es un día. Seguimos atados al cargador cada noche (o cada dos noches, me da lo mismo). La industria ha logrado parchear el problema reduciendo el consumo de los dispositivos cuyo consumo, por cierto, dispararon en primer lugar metiéndose en una carrera idiota por ver quien tenía más núcleos en el procesador, más pulgadas en la pantalla y más megapíxeles en el sensor.

Hemos llegado a un techo de prestaciones en el que ya no hay tanta diferencia entre una generación y otra. Es hora de invertir en baterías como la prioridad uno. Es hora hacerlas más potentes, más estables y más seguras. Por otra parte:

Es otra reflexión fácil, lo se, pero también digna de tener en cuenta. El diseño ultrafino y la resistencia al agua son buenos argumentos de ventas, pero la vieja batería extraíble sigue teniendo su encanto, y su modularidad evita muchos problemas. Compañías como HP que han tenido que reemplazar baterías en sus portátiles pueden dar buena cuenta de ello.

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