A partir de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, una increíble extensión a las afueras del norte de Londres gobernada por una imponente casa señorial recibía a sus huéspedes como jeques. La mansión esperaba a los visitantes, todos generales de guerra, para ofrecerles cualquier lujo que pudieran requerir. Fiestas, desenfreno, comida y bebida a cualquier hora del día, bacanales… Una estampa digna de la alta sociedad británica de la época con una ligera diferencia: todos los huéspedes eran generales nazis de Hitler.

Hablamos de Trent Park, una casa de campo inglesa que junto a sus increíbles extensiones se sitúa al norte de la City. Un enclave cuyas hectáreas fueron conocidas como el Trent Country Park desde 1973 y que hasta hace poco formó el campus Trent Park de la Universidad de Middlesex, hogar de las artes escénicas docentes.

Trent Park antes de los nazis

Imagen: Trent Park House. Wikimedia Commons

La casa que se convertiría en todo un hotel de cinco estrellas para los amigos de Hitler fue rediseñada por Herbert Baker para el millonario Philip Sassoon en 1923. Su fachada e interiores definían muy bien el carácter y gustos de aquella época en la alta sociedad británica.

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Lo que antes de la llegada de Sassoon era un hogar de corte victoriano y más bien mediocre, tras el diseño de Baker se convirtió en una de las casas de la época. No en vano, el propio Sassoon tenía reputación de ser uno de los mejores anfitriones en Gran Bretaña. Así, por la mansión pasaron ilustres como el Duque de York para jugar al golf, Winston Churchill, actores, actrices, directores de grandes compañías… todos agasajados por el lujo que allí se vivía, coronados siempre con suculentos y exquisitos platos de comida que acababan en grandes bacanales.

No sólo eso, el mimo con el que se construyó Trent Park se podía apreciar en el mismo exterior. El enclave poseía una extensión verde que también había estado diseñada al milímetro, en este caso por Humphrey Repton. Una atmósfera y una época para unos pocos privilegiados.

Y es justo allí, en territorio aliado y en medio de la mismísima Segunda Guerra Mundial, donde esta casa de la alta burguesía británica comienza a recibir y a tratar como reyes a los generales nazis de Hitler.

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Claro que las apariencias engañan.

Trent Park y los generales nazis

Imagen: Oficiales alemanes en Trent Park. Wikimedia Commons

Durante la Segunda Guerra Mundial existieron tres lugares que sirvieron para los mismos fines. En todos ellos se llevaba a cabo el mismo ritual, una vez se capturaban a miembros del bando alemán estos acababan en Latimer House, cerca de Amersham, o en Wiltor Park, cerca de Beaconsfield (ambos enclaves en Buckinghamshire) o si no en Trent Park. En los dos primeros se trataba de prisioneros que formaban parte de las tripulaciones de los submarinos U-boot o eran pilotos de la Luftwaffe.

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En cambio, aquellos que eran un alto rango, generales en su mayoría, eran trasladados a Trent Park, espacio donde residirían hasta que terminó la guerra. Cuando los generales llegaban alucinaban con lo que les estaba ocurriendo y la gran mayoría pensaba que les había tocado el premio gordo. Una casa señorial, donde a cada uno de los “huéspedes” se les ofrecía un mayordomo personal que se desviviría por satisfacer cualquier capricho.

Estos nazis prisioneros podían beber y comer cuanto quisieran a todas horas. Estaban tan felices que se llegaban a jactar de lo estúpidos que eran los británicos, incluso alguno llegó a escribir a su familia para pedirles que se reunieran con él en la “cárcel” de Trent Park. Los generales nazis eran tratados con una hospitalidad digna de personajes de la realeza, con raciones especiales de comida, whisky que jamás habían probado, caminatas y paseos por los extensos jardines, fiestas, desenfreno e incluso un persona encargada de ir semanalmente a Londres para comprarles desde calcetines nuevos hasta crema de afeitar.

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Claro que los británicos no se habían vuelto locos. Estos prisioneros de guerra cautivos en Inglaterra jamás se preguntaron la razón de que los aliados decidieran tratarlos como reyes. Tampoco se preguntaron quiénes eran esos generales alemanes que se encontraban entre ellos y de los que jamás habían oído hablar. No eran generales, aunque sí alemanes. Y judíos.

Se trataba de refugiados que habían acabado en Gran Bretaña uniéndose finalmente a la causa contra la Alemania de Hitler. Por tanto se trataba de alemanes de lengua materna que dominaban ambos idiomas. Hombres perfectos para disfrazarse de generales en esa cárcel de la lujuria que se convirtió Trent Park. Ellos fueron los que históricamente se han denominado como los secret listener.

Imagen: Un “secret listener”. Helen Fry

Uno de ellos, de los últimos supervivientes que aún viven, fue entrevistado hace unos años por la historiadora Helen Fry, autora a su vez del libro The M Room: Secret Listeners, el libro que publicó por primera vez parte de las escuchas que se llevaron a cabo. En el mismo se narra muchos de los importantes acontecimientos que se vivieron en las paredes de esa imponente casa de campo, acontecimientos que ayudaron a que la guerra terminara de la manera que lo hizo.

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El superviviente es Fritz Lusting, hoy con 96 años, y residente en Muswell Hill, al norte de Londres. Lusting nació originalmente en Berlín y fue bautizado protestante. Su familia tenía miembros judíos, razón por la que los nazis no lo veían con buenos ojos por no ser lo suficientemente ario, huyendo finalmente a Inglaterra en 1939. Allí quiso ayudar en la lucha contra los nazis y acabó trabajando para los servicios secretos. Su historia es similar a la de los alrededor de 100 secret listeners que formaron parte del plan.

Un plan que era bastante sencillo. El ser humano, por norma general, baja sus defensas cuando se siente protegido y en paz. Esto fue precisamente lo que les hicieron creer en Trent Park, un envoltorio con forma de cárcel de lujo, un lugar donde los presos se dejarían llevar divulgando muchos de los secretos de la máquina de guerra nazi.

De esta forma jamás pensarían que entre los mismos generales alemanes habían aliados y que en cada una de las habitaciones existían micrófonos de la inteligencia británica: en las lámparas, macetas de los jardines, en las mesas, en los billares, los cuadros… todo había sido planeado con anterioridad por el MI6 gracias al Coronel y agente del servicio de inteligencia Thomas Kendrick.

Imagen: Los generales nazis paseando por los jardines de Trent Park. Helen Fry

Y fue información que reveló muchísimo, desde la propia psique de los militares nazis con sus chismes y comentarios, hasta temas de alto secreto. Las escuchas se realizaron en lo que se denominó la sala M, el lugar desde el que estos pro-británicos alemanes se pasaban el día traduciendo lo que se decía a través de los micrófonos ocultos. El plan tuvo tanto éxito desde sus inicios que el propio gobierno británico destinó un presupuesto ilimitado. Se veía como una información de espionaje de vital importancia que podía terminar con la guerra.

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Y así fue. De hecho, hoy se piensa que lo conseguido en la mansión tiene la misma importancia que los esfuerzos realizados en Blerchey Park, la mansión victoriana en Inglaterra desde la que se realizaron las labores de descifrado de códigos alemanes, el lugar también donde se diseñó la primera Colossus para romper los códigos de Enigma.

El mismo Churchill dijo sobre Trent Park que proporcionó una visión única sobre las maneras de los nazis, gracias a esas escuchas podían entender la mentalidad del enemigo además de aprender sus secretos militares. De ahí su frase en la que llegó a decir que “si no fuera por la operación de las escuchas, bien podíamos no haber ganado la guerra”.

Fueron miles de transcripciones, de conversaciones donde descubrieron las capacidades militares de los alemanes, su armamento e incluso el desarrollo de tecnología en el que estaban trabajando durante la guerra. Por ejemplo, a través de las escuchas los británicos fueron capaces de identificar y bombardear varios “puntos calientes” alemanes de almacenamiento de misiles V2.

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Y quizá más importante, fue la primera prueba ineludible de la admisión por parte de los alemanes de las atrocidades y asesinatos de judíos en masa que estaban llevando a cabo, y por tanto serían condenados por crímenes de guerra. Como decía la misma Fry:

El ejército alemán siempre lo había negado, y aunque parezca mentira fue creído durante años. Las transcripciones nos muestran que el ejército alemán, con las SS a la cabeza, fue cómplice de crímenes de guerra.

Cuando terminó la guerra con la derrota de Alemania, las transcripciones permanecieron en secreto con el fin de buscar y enterrar todo aquello que trataban de perpetrar los nazis. Para los judíos alemanes que un día se convirtieron en agentes secretos británicos, los prisioneros de Trent Park nunca fueron compatriotas. Al contrario, las escuchas a escasos metros entre las paredes les abrieron los ojos aún más sobre el horror y la barbarie de aquellos que habían nacido bajo una misma nación. Su trabajo acabaría condenando a los nazis ante el tribunal de la historia.