Imagen aérea de Kowloon. Wikimedia Commons

En 1980 no existía otro lugar como aquella ciudad amurallada. Un territorio sin ley conocido por sus excesos: drogas, prostitución, estafas, mercado negro de órganos... La ciudad parecía una distopía, aunque era muy real. En Kowloon se encontraba el territorio con mayor densidad de población del planeta.

Kowloon en el siglo XIX

Kowloon hacia 1898. Wikimedia Commons

La historia se remonta a la dinastía Song que gobernó China entre el 960 y 1279. En aquella época, el enclave fue utilizado como puesto de vigilancia contra los piratas que amenazaban el comercio de la sal en la zona. Situada en la península de Kowloon, junto a la isla de Hong Kong, fue reconstruida a mediados del siglo XIX como fortaleza.

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Tras la cesión de Hong Kong al Imperio Británico en 1842, las autoridades chinas establecieron un punto de control en la ciudad para supervisar la actividad de la zona. El convenio para la anexión de nuevos territorios (1898) a favor de Gran Bretaña excluía la Ciudad Amurallada, por tanto, China tenía el control para su uso como instalación militar.

Sin embargo, en 1899 Gran Bretaña rompió su acuerdo y se hizo cargo de la región de Kowloon, situación que motivó a los oficiales chinos a huir de la zona. Poco después, los británicos también abandonaban la península, y aunque el pedazo de tierra permanecía técnicamente bajo su control, la realidad fue que quedó vacío de cualquier autoridad.

La ciudad, 100 años después

Con el tiempo, este trozo de tierra de 2,6 hectáreas y poco más de 500 personas, se convirtió en un espacio donde habitaban 40.000 ciudadanos. Para que nos hagamos una idea, en 1987 fue considerado como el territorio con la densidad de población más alta de la Tierra.

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Sus ciudadanos vivían libres de las leyes creadas fuera de sus muros, y Kowloon se convirtió en un mundo perdido de inmigrantes ilegales y bandas criminales. Las calles parecían pequeñas cuevas, y sus estructuras apretadas mantenían a muchos de los residentes en la oscuridad. Por esta razón se conocía como “Hak Nam” o “Ciudad de la Oscuridad”.

Kowloon en 1972. Wikimedia Commons

Aquellos que residían en esta urbe superpoblada tenían una vida propia como la mayoría de la gente fuera de sus muros, aunque con una diferencia: creaban negocios sin tener en cuenta impuestos o leyes de urbanismo. Tampoco existían normas de salud que regularan los restaurantes. Los dentistas practicaban sin licencia, de hecho, Kowloon fue famosa por la cantidad de dentistas que desarrollaban su actividad de forma totalmente antihigiénica.

En aquella época, y hablamos de hace menos de 30 años, resultaba imposible pasear sin encontrar un casino o un burdel cada pocos metros. Los habitantes tenían que valerse por sí mismos, a menudo cableando sus propias líneas telefónicas o haciendo de fontaneros para realizar una instalación de fontanería.

Kowloon en 1975. Wikimedia Commons

Un apartamento “base” en Kowloon haría que cualquier habitación de un hospital parezca palaciega. Pensemos que en los años de mayor densidad, cada residente tenía un área para vivir más pequeño que un aparcamiento de un coche.

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En medio de la anarquía que se vivía en Kowloon, la organización y la autorregulación comenzaron a surgir de forma natural. La ciudad creó escuelas, jardines de infancia, panaderías y carnicerías, todas con un cierto parecido a la sociedad que existía fuera de los límites de la ciudad. Algunos residentes, incluso se ganaban la vida limpiando las cazuelas de los demás cada mañana.

Calles de la ciudad. Wikimedia Commons

Durante décadas, nadie fue capaz de resolver si la ciudad pertenecía a Hong Kong o a China. Para los habitantes dentro de Kowloon el debate carecía de importancia, para ellos el problema no tenía nada que ver con lo esencial: su supervivencia básica. Sin embargo, faltaba muy poco para que esta extraña versión de una sociedad llegara a su fin.

Margaret Thatcher firmó la soberanía de Hong Kong a la China comunista. En 1987, el gobierno chino ejerció su autoridad para anunciar una evacuación de todos los residentes de la ciudad amurallada y la futura demolición de la misma. El gobierno de Hong Kong pagó 384 millones dólares en compensación a los 900 negocios y a los más de 10.000 hogares que tendrían que reubicarse.

Viviendas de la ciudad. Wikimedia Commons

Para algunos significaba el fin de una era, la de la oscuridad y suciedad que el mundo exterior había llegado a conocer como el “cáncer de Kowloon”. Para otros, la evacuación forzada representaba el reto de construir una nueva vida (y nuevos medios de subsistencia). Todos los profesionales sin licencia dentro de los muros de la ciudad tendrían que desarrollar nuevas habilidades laborales y nuevas formas de ganarse la vida.

Vista frontal de la “arquitectura”. Wikimedia Commons

El desalojo de todos los residentes tomó años. Con el tiempo, aceptaron los pagos del gobierno y salieron de las sombras. De 1988 a 1992, las viviendas se fueron vaciando lentamente. Finalmente, los más obstinados a salir fueron forzados por 150 agentes de policía armados que entraron a “limpiar” los restos de la ciudad.

Cuentan que un anciano se había situado al borde de un tejado amenazando con suicidarse si no se le permitía quedarse. Otra vecina local, una prostituta de 62 años, rechazó el realojamiento porque estaba insatisfecha con el nuevo apartamento que le había asignado el gobierno. Muchos pensaban que la compensación que se les ofrecían no valía la pena y era una nimiedad en comparación con el paraíso libre de impuestos y sin regulación que Kowloon les había ofrecido.

La ciudad en la noche. Wikimedia Commons

Además, el anuncio de la inminente demolición había llevado a las bandas de criminales a buscar lugares más lucrativos fuera de los muros, haciendo de los últimos años de Kowloon los más armoniosos de su existencia.

Finalmente, en enero de 1993 la ciudad se había vaciado por completo y estaba preparada para la demolición. Ocurrió una tarde, cuando el sol se puso por última vez. Con la electricidad desconectada y los pozos cubiertos, la “Ciudad de la oscuridad” desapareció.

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Por primera vez desde su creación, las habitaciones y callejones abandonados permanecieron en silencio antes de que el rugido de los equipos de demolición iniciaran, ahora sí, una nueva era. [Wikipedia, Journal of the Hong Kong Branch of the Royal Asiatic Society, New York Times]