La privación del sueño es una de las condiciones más angustiantes para la mente humana. Si alguna vez has estado más de un día sin dormir probablemente sabes de lo que hablamos. Ahora imagínate lo que debe ser estar 11 días sin dormir (y sin estimulantes de por medio). Eso mismo consiguió Randy Gardner.

Nos dicen desde que nos hacemos adultos que el cuerpo humano va perdiendo horas de sueño conforme se hace mayor. Y lo cierto también es que podemos vivir con ello, uno se acostumbra. Del vacío existencial y glorioso cuando somos bebés, una etapa donde la mayor parte del tiempo estamos dormidos, pasamos a una marcada y continuada pérdida de sueño debido a los estudios, las relaciones, los viajes, el trabajo, el estrés, depresión, insomnio, menopausia, enfermedades… Por eso y llegados a la etapa adulta, se recomienda una media de 7 horas al día de sueño profundo, de “un tirón”, aunque para algunas personas eso es una auténtica utopía.

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¿Dónde está el límite del ser humano? ¿qué pasa si no podemos dormir? ¿y si negamos a nuestro cuerpo el descanso? Es posible que estas preguntas fueran la base para los primeros estudios científicos que comenzaron a finales del siglo XIX y que tuvieron a mediados del siglo XX una época de “esplendor” e inusitada relevancia.

Sin embargo y antes de comenzar con la historia de esos locos que han tentado a la suerte por amor a la ciencia, es importante recalcar lo doloroso y peligroso que pueden llegar a ser estos intentos. Los estudios sobre privación del sueño han demostrado que la falta del mismo afecta negativamente al cerebro y la función cognitiva.

Y es que a menos que uno sufra insomnio familiar fatal, una enfermedad extremadamente rara, la total privación a largo plazo de sueño causa la muerte.

La vida sin sueños: el reto de Gardner

Efectos principales de la privación del sueño. Wikimedia Commons

El día 1 Randy Gardner se despertó sobre las seis de la mañana. Aunque temprano, aquel día se levantó con energía y preparado para comenzar el tremendo desafío que se había impuesto. Pero pasados dos días Gardner ya comenzaba a mostrar las primeras secuelas, el joven ya no estaba tan activo, al contrario, se arrastraba por los pasillos y experimentaba una falta total de enfoque sobre su cabeza borrosa.

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Cuando alguien le entregaba algún objeto para que lo sostuviera, el estudiante luchaba por reconocerlo al tacto, la vista estaba cada vez más nublada. Al llegar el tercer día comenzó a dispersarse en sus locuciones con los amigos, tenía problemas para contestar ante una pregunta o para seguir el hilo de una conversación.

Al cuarto día comenzaron a aparecer lo que denominó como los “demonios del sueño”, pequeños seres que se arremolinaban sobre sus párpados haciendo peso para que bajara el telón y se hiciera la noche, la hora de dormir. Ese día comenzaron las alucinaciones. De repente y de manera inexplicable, el joven estaba soñando que era Paul Lowe, un mítico jugador de fútbol americano.

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Claro que Gardner en realidad era un jovencito blanco de tan sólo 17 años de edad y 58 kilos de peso. Un estudiante de secundaria en San Diego y el sujeto de un experimento de privación del sueño autoimpuesto. El chico había decidido averiguar qué le pasaría a su mente y a su cuerpo si permanecía despierto desde el 28 de diciembre de 1963 hasta el 8 de enero de 1964. Un total de 264 horas, es decir, 11 días sin dormir.

Randy durante la prueba con sus dos compañeros. Getty

Para ello se valió de dos compañeros de clase, Bruce McAllister y Joe Marciano Jr, dos chicos que ayudaron a mantenerlo despierto y realizar un seguimiento de su estado en todo momento con la inclusión de una serie de pruebas. Los jóvenes habían planeado incorporar los resultados a la mayor feria de ciencia de centros docentes que había en San Diego. Aunque la transformación de la prueba en uno de los experimentos de privación de sueño más citados en la historia se debe a la llegada del investigador William C. Dement, de Stanford, para estar con Randy tan pronto como oyó hablar del experimento en ciernes.

Por aquel entonces nadie sabía lo que Randy iba a experimentar a medida que pasaran los días, tampoco si aquello podía ocasionarle algún tipo de daño cerebral permanente. Y es que por aquellas tan sólo se habían realizado un puñado de ensayos de privación del sueño.

Uno de los primeros estudios en este campo llegó a una extraña conclusión. Fue en 1894 cuando la médica rusa Marie de Manaceine mantuvo a 4 perritos despiertos durante casi cinco días, momento en el que los cachorros murieron. Marie informó que la investigación fue “excesivamente dolorosa”, no sólo para los animales, sino según la doctora, para ella misma.

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Pero esto fue con animales. De los pocos estudios que existían con seres humanos por aquellas fechas la mayoría ofrecían datos positivos. En 1896 los doctores J. Allen Gilbert y George Patrick mantuvieron a un profesor asistente y dos estudiantes despiertos en su laboratorio de la Universidad de Iowa durante 90 horas.

Randy durante la prueba. Getty

Según reportaron, después de la segunda noche el profesor asistente alucinó al ver como “el piso estaba cubierto con una capa de aspecto graso, con partículas de moléculas que se movían rápidamente y oscilaban”. Un subidon que afortunadamente no tuvo efectos secundarios a largo plazo.

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Más tarde, en 1959, llegaría uno de los récords mundiales más famosos en esta curiosa y atrevida apuesta contra el destino. El locutor de radio en Nueva York Peter Tripp aceptó el reto de intentar permanecer más de 8 días sin dormir. Lo hizo mientras ponía música desde una cabina en Times Square y más tarde desde una habitación de hotel cerca de la radio mientras estaba siendo supervisado por científicos.

Tripp se mantuvo despierto durante 201 horas y 10 minutos(8 días), aunque lo hizo con una combinación de café y anfetaminas administradas por los doctores.

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Tras su récord, ese mismo año apareció otro locutor, Tom Rounds en Honolulú. Rounds aumentó la apuesta por permanecer despierto durante 260 horas. Tanto Tripp como Rounds sufrieron alucinaciones y episodios de paranoia, pero después de unas buenas noches de sueño parecían estar completamente recuperados. Obviamente, era el récord de Rounds el que Gardner esperaba vencer. El joven estableció su objetivo en 264 horas sin dormir.

Gardner con los compañeros de clase. Getty

Así que volviendo a su hazaña, el estudiante luchaba por mantenerse despierto. Las noches eran sin lugar a dudas lo más difícil del reto. Si se acostaba un solo segundo su cuerpo y mente automáticamente se desconectaban, así que sus amigos junto al investigador William Dement lo mantuvieron activo con una serie de actividades. Desde caminar por la casa con música alta hasta esforzados paseos hasta la tienda más cercana para comprar cualquier alimento que sirviera como excusa. También llevaron a cabo una maratón de baloncesto y largas partidas a toda clase de juegos de mesa.

Cada vez que el estudiante iba al baño le obligaban a que hablara a través de la puerta para confirmar que no estaba durmiendo. Lo único que no hicieron en ningún momento fue administrarle algún tipo de droga o estimulante a lo largo de toda la prueba. Ni siquiera cafeína.

A medida que fueron pasando los días el discurso del joven se iba haciendo más y más confuso. A Gardner empezaron a dolerle diferentes partes del cuerpo, más tarde comenzaron los problemas con los ojos, enrojecidos y con una sensación angustiosa de peso sobre los párpados. Luego llegaron los mareos al levantarse, tenía problemas para recordar lo que él mismo había dicho 1 minuto antes y las alucinaciones comenzaron a aflorar. El joven contó como la pared de la habitación se disolvía frente a él y ser abría paso un gran camino en un bosque.

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En aquel momento y para asegurarse de que la prueba no estaba causando ningún tipo de daño cerebral o dañando su salud de alguna otra manera, sus padres insistieron en que se hiciera chequeos regulares diarios en el hospital. Cada uno de ellos los pasó sin ningún altercado. Los doctores no encontraron nada malo, aunque aparentemente parecía confundido y desorientado.

Los chicos con William Dement. Getty

Y así llegamos al final de la prueba. A las dos de la mañana del 8 de enero Gardner rompía el récord de Rounds. Lo hizo frente a una pequeña multitud de médicos, padres y compañeros de clase que se habían reunido para celebrar el evento. Un final apoteósico con la gente aplaudiendo frente al joven debatiéndose entre la vida y el sueño más profundo. De hecho, tras atender a los medios fue trasladado al hospital donde, tras recibir un chequeo neurológico, cayó en el más profundo de los sueños, uno del que no se despertó hasta 14 horas y 45 minutos después, momento en el que volvió a sentirse una persona.

Desgraciadamente para el joven, el récord de Gartner no duró mucho. Unas pocas semanas más tarde se anunciaba que Jim Thomas, un estudiante de la Universidad de Fresno, había logrado permanecer despierto 266,5 horas. En 1977 el libro Guinness de los récords registró que en abril de ese año Maureen Weston pasó 449 horas (18 días) sin dormir.

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Sea como fuere, la hazaña de Gardner sigue siendo la prueba de privación de sueño más recordada y la primera documentada científicamente. Hasta aquel momento no había ningún estudio similar. William Dement había monitorizado sus constantes junto a un informe detallado de su evolución desde el momento en el que se puso el cronómetro en marcha.

En cuanto a este récord y a la búsqueda por conocer nuestros límites despiertos, lo cierto es que todavía hoy nadie sabe con exactitud cuánto tiempo podemos permanecer sin dormir.

Una cosa si parece clara: una fina línea entre la vida y la muerte es la que separa a todo aquel que desee intentarlo.