La píldora, implantes, el anillo, los parches, el preservativo… Adán y Eva hoy pueden ser una pareja cuya vida se amolda a sus necesidades. Ellos pueden elegir si quieren o no tener hijos y disfrutar del sexo sin miedo a una sorpresa no deseada. Pero no siempre fue así de fácil.

Mientras que los avances en la medicina y la ciencia nos han permitido perfeccionar los métodos anticonceptivos actuales, en el pasado, hace mucho tiempo, aquello era una historia diferente. ¿Cómo demonios lo hacían? Ellos tuvieron una planta mágica que nosotros ya no podemos disfrutar.

Si damos por válido que el método anticonceptivo es aquel dispositivo, acto o medicación para impedir una concepción o un embarazo viable, es decir, con vista al control de la natalidad; dicha definición difiere respecto al pensamiento de la época antigua, o como mínimo y debido a los conocimientos de cada época, las “modas” iban por otros derroteros.

Inicios del control de la natalidad

Métodos anticonceptivos. Wikimedia Commons

Es muy posible que lo que hoy conocemos como métodos anticonceptivos para el control de la natalidad sea de hace relativamente poco tiempo. El movimiento como tal data de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. De finales del siglo XIX podemos rescatar lo que se denominó como la Liga Malthusiana en el Reino Unido. Basado en las ideas de Thomas Malthus se buscaba educar a la población sobre las virtudes e importancia de la planificación familiar. Una época, no hace tanto, donde el simple hecho de desarrollar cualquier método de control de la natalidad eran motivo de juicios y cárcel.

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Pero este momento de la historia fue probablemente el comienzo del pensamiento moderno. Quizá sea más interesante rebobinar y regresar mucho más atrás en el tiempo, en vez de siglos, miles de años. Para ser exactos, en el 1550 a.C y en el 1850 a.C, momentos de la historia donde surgen el papiro de Ebers y el papiro de Kahun respectivamente. Ambos y según los historiadores, las primeras descripciones documentadas que tenemos sobre algún de tipo de idea de control de la natalidad.

De acuerdo a los papiros los habitantes de aquella época hacían uso de hojas, miel o incluso pelusas de acacia, sustancias todas que se disponían sobre la vagina con el fin de bloquear el acceso al semen. Si hablamos de la primera referencia histórica, la más antigua donde el ser humano representó algo parecido a un condón o preservativo habría que acudir a unas pinturas encontradas en una cueva de Francia que se estiman de hace 12 mil y 15 mil años, aunque para hacer honor a la verdad, dichas pinturas no dejan del todo claro si aquello era un preservativo o cualquier otra herramienta de dudosos fines.

Y si hablamos del primer método anticonceptivo de éxito y uso masivo, sin duda tenemos que acudir a la primera planta que ofrecía el control de la natalidad de sus habitantes. Es difícil saber la fecha exacta, pero en la Antigua Grecia, el silfio fue el anticonceptivo común. Y no uno cualquiera, su eficacia fue tan impresionante y paradójica que acabó por extinguirse.

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Esta fue historia.

Cómo matar una planta por sexo, lujuria y avaricia

Ruinas de Cirene. Wikimedia Commons

Quizá no te suene pero el silfio (laserpicio en latín), fue una planta cuya vida en la antigüedad en el Mediterráneo tuvo un éxito sin precedentes debido a sus propiedades con fines médicos o incluso como condimento gastronómico. Su historia la conocemos a través de la documentación antigua y fue tal su importancia que tanto en la escritura egipcia como la minoica tenían ideogramas específicos para denominar a la planta.

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La historia cuenta que hasta la isla griega de Thera, hace más de 2.500 años, llegó una plaga de sequía y superpoblación en los habitantes. La leyenda cuenta también que una serie de colonos fueron seleccionados para navegar hacia el sur en busca de un nuevo hogar con un clima más hospitalario. Así fue como llegaron y se establecieron en el Norte de África, en la ciudad de Cirene. Un lugar donde los colonos encontraron una hierba local sin igual, una planta con muchos secretos.

Aquello fue una revolución. La planta se convirtió en muy poco tiempo en un pilar tan importante para la economía de los habitantes que en las propias monedas de oro y plata de la ciudad se estampó una imagen de su figura. Dichas imágenes representaban con frecuencia a una mujer sentada en una silla, con una mano tocando la planta y la otra la vagina. La planta se trataba del silfio y su fruto trajo al mundo antiguo una codiciada libertad sexual: ahora podían disfrutar de él con muy poco riesgo de embarazos.

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Ni qué decir tiene que maravilló al mundo entero. Las hierbas se propagaron a través de las rutas en la antigua Europa, África y Asia, mercados donde la planta se desarrolló rápidamente. Las semillas comenzaron a ser utilizadas ampliamente entre las naciones más ricas, los ciudadanos de la antigua Grecia, Roma, Egipto, la India… Y al mismo tiempo, comenzó a correrse el boca a boca de que no sólo era un potente anticonceptivo, sino que además funcionaba como afrodisíaco.

Mosaico de la antigua Roma. Wikimedia Commons

Dicho de otra forma, la planta en sí permitía mantener un control de la natalidad mientras ofrecía propiedades sexuales inauditas para los amantes. Sin duda, aquello era un tesoro. Un tesoro que tenía un problema: la planta sólo crecía a lo largo de la costa del mar Mediterráneo. Por ello se intentó controlar su sobreexplotación y la realeza de Cirene mantuvo como pudo el monopolio sobre el silfio.

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Cirene se nutrió de su abundancia durante siglos. De la misma se extraía el laser (siempre recolectada en estado salvaje, no se podía cultivar), algo así como la resina aromática que exudaba la planta. Este se extraía tanto de la raíz como del tallo, recibiendo estos jugos los nombres de caulias y rizias. Luego el fluido se vertía en un recipiente sobre una capa de salvado y se dejaba madurar agitándolo de vez en cuando para evitar su putrefacción. Si cambiaba de color y desaparecía la humedad se sabía que había madurado.

A partir de aquí sus usos fueron múltiples. Ya decíamos que se utilizó como condimento para recetas de comida y obviamente como anticonceptivo y afrodisíaco, pero también fue utilizado por sus propiedades medicinales y curativas. Según los escritos, el silfio se usó para el dolor de garganta, la fiebre, tos, indigestión o incluso para las verrugas.

Las semillas de la planta entraron en una demanda tan alta que su precio comenzó a crecer. La imagen del silfio pasó a estar estampada en la mayoría de monedas primitivas de oro y plata, algunas con tan sólo la semilla en forma de corazón. Y es que la planta, a diferencia de otros medicamentos de su tiempo, no fue pensada como un simple remedio popular. Los académicos y médicos de la época elogiaron abiertamente su eficacia como anticonceptivo. De hecho, incluso se llegaron a crear manuales de instrucciones de uso donde la mujer debía beber el jugo de la planta con agua una vez al mes, de esta forma no sólo impedía la concepción, también era capaz de destruir todo lo existente, es decir, propiedades de aborto.

Moneda de plata con el silfio. Wikimedia C.

En su apogeo la tasa de natalidad en Roma disminuyó considerablemente a pesar de aumentar la esperanza de vida, la comida abundante o la ausencia de guerras o epidemias. Quizá este sea el dato por el que muchos historiadores dotan a la planta de su eficacia.

¿Funcionaba de verdad la planta milagrosa?

Sin embargo, hoy resulta imposible determinar si el silfio era realmente un método efectivo en ninguna de sus supuestas propiedades. Hacia el 50 d.C. el silfio había desaparecido de Cirene. La única planta que fue hallada en esta época fue enviada al emperador Nerón como obsequio. En cuanto a las causas de su extinción, no están del todo claras, aunque se apunta a la sobreexplotación y los cambios climáticos que se fueron dando en el norte de África, cada vez más árido y desértico.

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Sea como fuere, con su extinción se perdió una planta de leyenda que permite fantasear con la forma en la que hubiera cambiado la vida de haber resistido a los tiempos y a la avaricia del hombre. Los historiadores no pierden la oportunidad de considerar su final como una de las grandes equivocaciones ambientales tempranas en la historia de la humanidad.

Cuesta creer con los datos que tenemos hoy y con lo complicado que es todo lo relacionado con la planificación familiar y las hormonas, que una simple planta tuviera tales poderes. Tampoco podemos decir que no tuviera ciertos efectos, y de tenerlos, probablemente serían limitados (pero sí efectivos) y ni mucho menos seguros.

Aunque sólo se nos permita elucubrar, lo que sí podemos es fantasear con que hubo un tiempo donde la madre naturaleza permitió a la mujer gobernar su vida reproductiva con un control casi absoluto sin recurrir a la abstinencia. Un control natural que favorecía también el desenfreno sexual. Control que, paradójicamente, se perdió precisamente por esa irrefrenable búsqueda de sexo.