Imagen: Carlos Zahumenszky/Gizmodo en Español

El actual sistema editorial científico, hoy por hoy un administrador necesario, podría estar haciendo daño a la libre circulación de la misma. Con la ciencia en venta, cada vez a un precio más caro, el oligopolio editorial cada vez se asemeja más a una mafia, con los científicos como principales víctimas.

Un sistema win/win

Anualmente se publican cerca de 2.5 millones de publicaciones científicas. Buena parte de ellas se subvencionan con fondos públicos, pero sólo un 20% se encontrará libre para consultarse después. El resto estará bloqueado previo pago en alguna revista. Eso es así, en principio, hasta para los propios científicos.

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Ocurre porque, lógicamente, publicar un estudio científico no consiste en hacer una investigación según unos criterios personales, redactarla y ponerla en Internet. El proceso es más complicado. Los artículos siempre pasan por revisiones por pares —también denominada arbitraje, un método para validar trabajos escritos antes de publicarse donde se deja abierto el trabajo al escrutinio, y frecuentemente a la anotación o modificación, por otros científicos expertos en el campo particular de la publicación—. Los que no lo hagan, no contarán con la credibilidad suficiente.

Este es el principal argumento, y probablemente el único que hay, para mantener en funcionamiento a la industria editorial como está hasta la fecha: aseguran el funcionamiento de verificación. El problema es que a menudo se llevan no un porcentaje, sino la práctica totalidad del premio por ello.

Tanto los autores como los revisores de los artículos trabajan por amor a la ciencia. Los revisores trabajan gratis para las revistas. Y en el caso de los autores de la investigación, incluso pueden llegar a pagar por ser revisados y, por tanto, optar a ser publicados.

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La ciencia progresa gracias a este sistema que hermana de alguna manera al propio proceso científico, al menos a la hora de contrastar hipótesis. El círculo se cierra dentro de la propia rama y un profesional experto evalúa la veracidad del trabajo de otro. Aquí es donde surge la primera particularidad: el sistema es un win-win para las revistas. Tanto los autores como los revisores de los artículos trabajan gratis. Dicho de otra forma: el autor y su corrector no cobran nada, pero su artículo es vendido por la revista a 40 dólares la copia.

A vueltas con el factor de impacto

¿Por qué permitir eso? El truco está en que la visibilidad de un paper depende en buena medida del factor de impacto de la revista que lo publica. Este índice tiene una influencia enorme, pero controvertida, en cuanto a la forma en que las publicaciones científicas de investigación son percibidas y evaluadas. Esto quiere decir que todo científico desea publicar en alguna de las revistas más punteras, para ello, creará el contenido de la forma que a la revista más le puede interesar. En caso contrario, se arriesga a que su trabajo sea rechazado.

“Mis primeros cuatro artículos en revistas con índice de impacto se publicaron en el año 1994, y fueron aceptados de forma directa (no me exigieron ningún cambio). Tampoco lo hicieron en ninguno de mis diez primeros artículos. Cambió con las siguientes decenas, en la mayoría me exigieron cambios menores (a veces mayores), incluso me han rechazado varios. Algunos los he enviado a otra revista donde han sido aceptados y otros los he olvidado en un cajón” — Francisco R. Villatoro.

En realidad, según varias fuentes consultadas por Gizmodo en Español, llega un punto en el que el estudio o trabajo se torna secundario y las modificaciones exigidas giran entorna a: el tipo de letra, reformulaciones para cumplir funciones de marketing y nimiedades variadas que consiguen que un paper, tan caro para el consumidor final, ni siquiera se pueda entender bien por la infinidad de requisitos de diseño.

Sobrevivir en el ecosistema científico

En esta situación, ¿por qué publicar? La realidad es que, para sobrevivir en el ecosistema científico, el profesional de la ciencia lo necesita. Es lo que le da reconocimiento y le permite obtener las subvenciones necesarias para seguir trabajando. Para ser alguien reconocido en la ciencia, ha de publicar trabajos que la comunidad pueda apreciar (la comunidad lo apreciará más según la revista donde publique) y, a su vez, para publicar ha de hacerlo como la editorial quiere. Es un círculo vicioso donde la editorial vende el hacer y el consumir la ciencia. La editorial es, en realidad, el centro de todo.

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Irónicamente, aún en esta situación, resulta difícil que los científicos se animen a hablar de forma crítica del asunto. Hace poco cuatro premios nobeles publicaban un vídeo hablando del problema, pero no deja de ser notable que, para poder llegara a ese Nobel, los cuatro utilizaron el actual sistema de publicación científica.

Francisco R. Villatoro, profesor en la UMA, informático, físico y doctor en matemáticas amplía: “Publicando se ganan méritos que sirven para promocionar, o para lograr pequeños suplementos económicos (como los famosos sexenios). Además, para solicitar proyectos de investigación y recibir financiación es necesario demostrar una buena capacidad para publicar artículos”.

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En cuanto al pagar por publicar (pay per publish) y a la publicación con acceso gratuito (open access), “yo me niego a hacerlo (no lo he hecho en ninguno de mis artículos); sin embargo, entiendo que haya quienes estén obligados a ello, o lo consideren relevante para su carrera investigadora. Todo científico desea publicar en The Lancet, Cell, Science o Nature; esto no me parece mal y no me parece un problema. Pero todos los años se publican más de dos millones de artículos en unas decenas de miles de revistas científicas. Más del 90% de dichos artículos y de dichas revistas son prescindibles para el progreso de la ciencia. Pero  las grandes editoriales las necesitan para ganar dinero”.

Cinco editoriales: Reed-Elsevier, Taylor & Francis, Wiley-Blackwell, Springer y Sage, controlan más del 50% de todas las publicaciones desde 2006. La consolidación de la industria ha sido desde entonces centro del debate, especialmente en relación a los grandes márgenes de ganancia de los principales editores. Márgenes de ganancia de aproximadamente 22 mil millones de euros en ingresos y beneficios del 40%—.

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Aunque no es una comparación directa, sirve para hacerse una idea: ese margen de beneficios es mayor del que tienen Apple, Google o Amazon.

¿Quién hace ciencia y quién la compra?

Los propios científicos necesitan publicaciones de otros para trabajar en sus propios proyectos, así que son el principal cliente y proveedor. Idealmente, los científicos son los que alimentan todo el sistema y las editoriales sólo administran.

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Normalmente, estos no suelen comprar artículos a título personal sino que se negocian licencias para que las universidades o los centros de investigación, en las que trabajan o son estudiantes, puedan acceder. La realidad, sin embargo, es que el acceso papers de manera pirata es un fenómeno que ocurre en todo el mundo y de manera generalizada. Llegados a ese punto, la duda es obvia: ¿Compensa mantener a las editoriales?

El 5 de enero de 2016, un artículo revisado por pares y publicado en la revista PLoS ONE tuvo que ser retirado. El documento exploraba el vínculo entre la arquitectura biomecánica de la mano y su capacidad para coordinar los movimientos, pero en el proceso los investigadores usaban términos con mensajes creacionistas y religiosos. Afirmaban que “la coordinación de la mano indica el misterio de la invención del Creador”, o que “el diseño fue dado por el Creador para realizar multitud de tareas diarias de una manera cómoda”, entre otras frases.

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Evidentemente, esto provocó estupor en la comunidad científica pues la mención a un “creador” debería haber hecho sonar las alarmas de los revisores. Los mismos revisores que para cuestiones de marketing son tan estrictos y que hacen a más de un investigador claudicar a la hora publicar su trabajo. En cambio, varios expertos “leyeron” el artículo y recomendaron la publicación sin consultar o enmendar los pasajes.

Por supuesto, es solo un caso, pero también existen casos de revisiones falsas que han acabado en verdadera polémica. Las personas pueden fallar, lógicamente, pero como ejemplos vienen a confirmar que el sistema con el que trabajan las editoriales, en el que ellas actúan de juez, testigo y verdugo, es desde luego lucrativo, pero no perfecto.

El otro lado de la ciencia

En relación al pirateo de artículos científicos, cada día se descargan más de 150 mil artículos por vías alternativas. Sci-hub, el mayor repositorio pirata de ciencia, registró 28 millones de eventos de solicitudes de descarga desde el 1 de septiembre de 2015 hasta el 29 de febrero de 2016.

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Más de 2,6 millones de solicitudes procedían de Irán, 3,4 millones de la India y 4,4 millones de China. No es cosa de países pobres o lejanos, en los Estados Unidos y Europa los usuarios de Sci-Hub se concentran donde los investigadores académicos son más numerosos. Por ejemplo, en los últimos 6 meses 74.000 solicitudes vinieron de direcciones IP en la ciudad de Nueva York, hogar de múltiples universidades e instituciones científicas.

Los artículos abarcan todos los temas, desde los experimentos de física publicados hace décadas hasta los últimos avances en biotecnología. Alguien en Nuuk, Groenlandia, está leyendo sobre la mejor manera de proporcionar tratamiento contra el cáncer a las poblaciones indígenas. Alguien en Benghazi está investigando un método para transmitir datos entre computadoras. Alguien cerca de la ciudad de Sabha está profundizando en la dinámica de fluidos. La lista es innumerable.

Sci-hub es, por supuesto, ilegal. Alexandra Elbakyan, la ciudadana rusa creadora, está en busca y captura en los EEUU y no puede pisar sus tierras sin ser detenida.

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La historia tras Sci-Hub es la imaginable: Elbakyan, una típica estudiante de postgrado de ciencias, nació en Kazajstán cuando la Unión Soviética estaba empezando a desmoronarse. Para su tesis tenía que consultar una treintena de estudios. Todos eran de pago, con el acostumbrado precio medio de 40 dólares la copia, y era demasiado para ella. Ocurrió lo que ocurre cuando cualquier pirata informático encuentra algo bloqueado pero que necesita. A día de hoy, su discurso es más robinhoodiano con afirmaciones como: “Es cierto: robo a los editores para dárselo a los científicos”.

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Evidentemente, la ilegalidad de su página deja poco posible debate sobre la web en sí misma, pero la opinión de la comunidad sobre la moralidad de usarla es variable.

“Se trata de algo ilegal y punible, luego es amoral en todos los sentidos.  Pero el oligopolio de las editoriales de revistas científicas es alegal. Es decir, existen leyes antimonopolio, pero no existen leyes antioligopolio, al menos en los grandes países industrializados. En mi opinión, los gobiernos deberían tomar cartas en el asunto de este oligopolio, apoyando las iniciativas en su contra. La ciencia es de todos y el oligopolio nos está estafando a todos” — Francisco R. Villatoro.

“Me siento muy identificada con la filosofía de que no se debe traficar con la ciencia, pero ¿qué deberían hacer los investigadores que no tienen posibilidad legal para acceder a las novedades de su sector? La ciencia es un bien universal y cualquier ciudadano, con independencia de sus circunstancias, debería tener acceso al conocimiento. Por tanto, creo que parte de la solución pasa por lograr una verdadera ciencia abierta, que conlleve un cambio de filosofía en todos los agentes implicados” — Lydia Gil, Social Investigación en el Institut Català d’Arqueologia Clàssica (ICAC)

El sistema de las editoriales científicas es enorme y tremendamente lucrativo, y es evidente que la balanza de beneficios para el progreso general de la ciencia y sus investigadores versus ingresos de las editoriales no está equilibrada. Además, ni siquiera el resultado es perfecto. Para colmo, en cuanto a la piratería, nos encontramos con una doble respuesta, piratear la ciencia está mal, pero posiblemente bloquearla también lo esté.

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Villatoro afirma que tal vez la solución pase por que “los gobiernos valoren la ciencia como algo importante, como un patrimonio de toda la humanidad”. Y que para ello “deben legislar con leyes antioligopolio específicas que permitan a todo el mundo disfrutar de la producción científica. Tener casi un 40% de beneficios debería ser ilegal y los gobiernos deberían tomar cartas en el asunto”.

La respuesta correcta no es fácil, pero lo que sí queda claro es que la ciencia y sus profesionales se están encontrando oprimidos por un sistema editorial imperfecto. De la ciencia depende el progreso de la humanidad, y debe pertenecer a los científicos, no los editores. Ojalá algún día sea así.