Se llamaba Miss Atomic Bomb y su imagen era de lo más perturbadora: una chica rubia alta con las manos arriba en señal de victoria que aparentaba estar desnuda, aunque tapada por una nube de hongos que le cubría el cuerpo. Ella era realmente Lee A. Merlin y formó parte del esplendor nuclear de los años 50.

Aquellos que hayan estado en Las Vegas de turismo habrán pasado muy posiblemente por Fremont y Strip, las dos grandes calles de la ciudad del juego que el cine se ha encargado de convertirlas en icónicas con sus enormes luces e imágenes parpadeantes para atraer a los turistas.

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Pero hace 50 años esas mismas calles reclamaban otro tipo de luz, una posiblemente más grande y mortal, una que era capaz de atraer a las grandes multitudes. Nos referimos a las ráfagas de las bombas atómicas.

Entre 1950 y 1960 la población de las Vegas creció hasta un 161%. Y sí, en parte debido a la floreciente industria de los casinos. Pero también e igual de importante por esa figura icónica que representaba Miss Atomic Bomb. Las Vegas era la oportunidad única de vislumbrar las pruebas nucleares reales en persona.

Detonando bombas nucleares en Nevada

Prueba atómica en Nevada el 22 de abril de 1952. AP

Ocurrió el 27 de enero de 1951. Ese día se probó una bomba atómica de 1 kilotón de TNT sobre Frenchman Flat. De hecho, muchas de las imágenes representativas de la era nuclear proceden del emplazamiento de pruebas de Nevada. Aquel día y con esa bomba se daba por inaugurada una reserva del Departamento de Energía de los Estados Unidos.

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La zona se encontraba en el condado de Nye, Nevada, a unos 105 kilómetros de Las Vegas. Un espacio que ocupaba aproximadamente 3.500 km² de desierto y terreno montañoso. No era cualquier cosa, hablamos de unas instalaciones que contaban con 1.100 edificios, 10 helipuertos o 2 pistas de aterrizaje. Pero quizás más importante que todo eso, aquellas nubes atómicas de las pruebas se podían divisar perfectamente a más de 100 kilómetros de su radio, incluida (y de forma privilegiada por su situación) la ciudad de Las Vegas.

Maniquíes en Nevada en las ciudades fantasma para estudiar los efectos. AP

De aquella primera explosión se dijo que fue tan grande que el flash se pudo ver en San Francisco. Durante las cuatro décadas siguientes el Departamento de Energía de los Estados Unidos realizó hasta 925 ensayos nucleares (la mayoría de ellos subterráneos). De hecho, el sitio se ganó el apodo de “el lugar más bombardeado en la Tierra”.

Las pruebas de la Guerra Fría revelaron el notable poder de estas armas. El gobierno empleó a una gran cantidad de fotógrafos, productores y directores de cine para llevar a cabo una crónica “amable” de las pruebas. Este material, producido y editado en el Lookout Mountain Laboratory de Los Ángeles, mostraba la violencia de las explosiones, las cuales se grababan a fuego en el imaginario colectivo del público gracias a los infames videos que instruían en los años 50.

Por ejemplo, sabemos que la explosión no es la única parte mortal de una detonación nuclear. Pero en aquel entonces habían folletos de la Comisión de Energía Atómica que le decía a los que vivían cerca del sitio de pruebas de Nevada que los niveles de radiación emitidos eran “ligeramente más altos que la radiación normal que experimentaban cada día en cualquier lugar donde vivieran”.

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Los folletos que les daban a los niños de las escuela también decían que las consecuencias eran simplemente pequeños “inconvenientes”. Por supuesto, esto no era completamente cierto. El caso es que mientras el mundo temblaba de miedo ante estas explosiones, a 100 kilómetros al suroeste del campo de pruebas los residentes de Las Vegas reaccionaron de la manera que uno esperaría en la época: tratando de vender el concepto nuclear para su beneficio.

Las Vegas, la ciudad del juego y las pruebas nucleares

Las Vegas, Fremont Street (1960). Wikimedia Commons

Las Vegas todavía estaba en su infancia en 1951. La población de la ciudad había explotado debido a la construcción de la represa Hoover con miles de trabajadores que buscaban gastar su dinero ganado bebiendo y jugando. En diciembre de 1946 abrió el mítico Hotel Flamingo para atender a esta multitud.

En aquel entonces Las Vegas era una ciudad con una población de menos de 25.000 habitantes que estaba buscando un impulso económico. En los días posteriores a la primera bomba detonada la Cámara de Comercio de Las Vegas promovió las explosiones como una atracción única de Las Vegas, llegando a entregar calendarios con publicidad que incluía los tiempos de la detonación y los mejores lugares para ver las explosiones.

Observando los tests en el desierto. Wikimedia Commons

Siguiendo el entusiasmo de la Cámara de Comercio los hoteles comenzaron a vender sus azoteas y suites de ático orientadas hacia el norte como lugares perfectos para ver la nube de hongos, la más famosa fue la Sky Room en el Desert Inn con sus vistas panorámicas.

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No quedó ahí. Las Vegas se transformó en la “Atomic City”, con cócteles atómicos, peinados nucleares y juegos atómicos. Incluso había un tipo que actuaba tocando rock and roll todas las noches que era considerado como el único cantante estadounidense con energía atómica. Y sí, aquel tipo no era otro que Elvis Presley.

Fotógrafos desde Las Vegas tomando imágenes. Getty

Así fue como apareció la figura de Miss Atomic Bomb en 1957, la cual fue etiquetada por muchos como la chica apocalíptica. Su figura se hizo famosa cuando el fotógrafo Don English la retrató. La chica se convirtió en la encarnación misma de este extraño período de la historia de Las Vegas, de esa dicotomía entre la destrucción desenfrenada y la alegría despreocupada de la época. Una época que incluso tuvo su propio slogan idealizando las detonaciones:

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Ellas iluminaran el cielo. Y la noche se convertirá en día.

Miss Atomic Bomb. Las Vegas Sun

La ciudad había capitalizado el espectáculo atómico. En una época marcada por los horrores de Hiroshima, la paranoia de la radiación y la denominada como la “amenaza roja” y la incertidumbre sobre lo que podía pasara cualquier día, hablar del apocalipsis era algo normal. Y Las Vegas mezcló como nadie ese temor a la guerra nuclear con la perversa oportunidad “lúdica” de ser testigo de los preparativos para ese momento.

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Finalmente el 5 de agosto de 1963 la parafernalia llegaba a su fin. Llegaba el Tratado de prohibición parcial de ensayos nucleares. Lo firmaban 113 países (incluyendo a Estados Unidos) donde se prohibían las pruebas de detonaciones de armas nucleares con la excepción de realizarlas bajo tierra.

Para entonces Las Vegas había crecido como nunca. Hasta un 161% que, ahora sí, dejaba de lado la moda atómica para centrarse únicamente en las ruletas. [Smithsonian, ScientificAmerican, Wikipedia, TIME, Atlantic]