Foto: Cycling Man / Flickr, bajo licencia Creative Commons

Cuando vuelas, tu organismo se somete a una dosis de radiación más alta de lo habitual por cortesía del viento solar y de los rayos cósmicos. Un equipo de científicos ha descubierto una nueva fuente de radiación cuyo origen aún no está muy claro y que llega a duplicar los niveles normales.

Hasta ahora, se sabía que la radiación que recibimos durante un vuelo depende de la actividad solar y de la latitud por la que viajamos. Los niveles de radiación aumentan cuánto más nos acercamos a los polos, y disminuyen al aproximarse al ecuador. En cualquier caso, esta radiación no debería preocuparnos a menos que viajemos varias veces al día a altas latitudes. Si no hay actividad solar fuera de lo normal, un vuelo de 12 horas y media a elevadas latitudes equivale a un examen de rayos X. Si volamos a latitudes medias o bajas (lo más normal en vuelos transoceánicos) tendríamos que pasar unas 25 o 100 horas en el aire respectivamente para igualar la dosis. Este vídeo del CDC explica con detalle las dosis de radiación y su procedencia.

La cuestión es que esa no es toda la radiación que recibimos. Un equipo de investigadores dirigidos por W. Kent Tobiska ha descubierto que hay zonas en las que la radiación se dispara. Los datos provienen de un programa de la NASA llamado ARMAS (siglas en inglés de Medición Automática de Radiación para la Seguridad Aeroespacial) que lleva ya 247 vuelos de investigación entre 2013 y 2017. En algunos de estos vuelos, pasar por estas nubes de partículas cargadas dobló la dosis normal que reciben los pasajeros durante ese vuelo concreto.

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El problema de estas nubes de radiación es que no tienen una ubicación concreta, sino que aparecen y desaparecen en diferentes puntos. La hipótesis de Tobiska y su equipo es que se deben a filtraciones de partículas cargadas provenientes de la magnetosfera.

Representación artística de los cinturones de Van Allen. GIF: Wikipedia

Las partículas de viento solar o los rayos cósmicos quedan atrapadas en una serie de regiones de la magnetosfera llamadas cinturones de Van Allen. Tobiska y su equipo cree que ocasionalmente las tormentas solares rompen la contención de los cinturones de Van Allen y provocan filtraciones puntuales de radiación que llegan hasta las capas altas de la atmósfera. Esta radiación interactúa con los átomos de nitrógeno y oxígeno formando estas nubes de alta radiación.

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El descubrimiento no es especialmente preocupante para el viajero ocasional, pero sí que puede suponer un riesgo añadido para los profesionales del aire. Si la hipótesis se confirma, se podría poner en órbita un satélite que permita monitorizar la formación de estas nubes en tiempo real. La idea sería poder crear un mapa del tiempo de la radiación para que los pilotos puedan incorporar estos datos en sus cartas de navegación y esquivar las nubes como esquivan las tormentas convencionales. [Space Weather vía Science Alert]