Tras formular la teoría de la relatividad general y mientras buscaba una teoría del todo, Albert Einstein se embarcó en la creación de un frigorífico. Es una de las historias menos conocidas del físico, quizá porque nunca llegó a nada.

A sus 47 años, el hombre que nos enseñó cómo se curva el espaciotiempo ya era famoso en todo el mundo. Los académicos estaban fascinados por su estrafalaria matemática y los periódicos hablaban con interés sobre su afable apariencia. Pero, lejos de disfrutar del éxito y la fama, Einstein lo estaba pasando mal: tenía problemas con su segunda esposa Elsa y empezaba a sufrir el antisemitismo palpitante en Alemania por parte de la prensa nazi. Frustrado también en su búsqueda de una teoría del todo, el físico encontró un hobby como inventor.

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En 1926, Albert Einstein leyó que una familia alemana había muerto envenenada por los gases tóxicos que desprendía su nevera. La historia lo conmovió hasta tal punto que decidió acudir a un joven Leó Szilárd —recién graduado en la Universidad de Berlín— para crear un nuevo tipo de nevera. Como las actuales, las neveras de aquella época usaban un fluido refrigerante que circulaba por un circuito de tuberías para absorber el calor del interior del electrodoméstico y soltarlo en el exterior. El problema era que el circuito contaba con varias partes móviles que se desgastaban y, una vez dañadas, dejaban escapar gases tóxicos.

Einstein y Szilárd sabían que las neveras serían más seguras con menos piezas, así que reemplazaron la parte del circuito que condensaba y evaporaba el refrigerante con una bomba de compresión sin partes mecánicas móviles. Los físicos patentaron una nevera que funcionaba con un campo electromagnético para mover mercurio, que a su vez actuaba como pistón para comprimir el gas.

Si bien el invento no carecía de inconvenientes (por ejemplo, el mercurio hacía mucho ruido al moverse), en 1927 la compañía sueca Electrolux compró una de las patentes de Einstein y Szilárd por el equivalente a 10.000 dólares actuales. En 1932, los laboratorios de AEG ya contaban con varios prototipos de la nevera.

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Eso sirvió de poco cuando Adolf Hitler llegó al gobierno. En medio del caos y la inestabilidad, Albert Einstein y Leó Szilárd fueron forzados a exiliarse a Estados Unidos y AEG tuvo que cerrar su investigación en refrigeración. Apenas tres años más tarde, Szilárd patentó la bomba atómica y convenció a Einstein de advertir a Franklin D. Roosevelt sobre los peligros de la producción de armas nucleares por parte de los alemanes. De esa carta al presidente (de la que Einstein se arrepintió profundamente) nació el Proyecto Manhattan. Para la pareja de físicos ya no era momento de pensar en neveras. En cuanto a la industria de la refrigeración, llegó a una solución más sencilla: dejar de usar gases tóxicos.

[BBC, WIRED]