Sentado frente al hombre que todos temían, en 1809 se produjo una batalla que resultaría inaudita para la época. Mucho antes de que el hombre soñara con conceptos como la IA y de que las máquinas amenazaran con cambiar la vida del ser humano, un autómata se enfrentó al mismísimo Napoléon Bonaparte en una partida de ajedrez. Y la máquina ganó al histórico personaje. Al igual que lo hizo con Benjamin Franklin. Esta fue su increíble historia.

Se llamaba El Turco y ocurrió hace varios siglos, en una época donde los autómatas estaban “de moda”. Su relato, su verdadero relato, es tan fascinante que quedó registrado para los anales de la historia. Y es que El Turco, como pueden imaginar, no era realmente El Turco.

Presentando la leyenda: los primeros autómatas

Imagen: Autorretrato de Kempelen. Wikimedia Commons

A comienzos de la década de 1770 surge el nombre de un inventor y escritor húngaro, Wolfgang von Kempelen. El hombre fue consejero de la corte de Viena, aunque también era reconocido por sus grandes dotes como excelente ajedrecista. De hecho, el mismo Kempelen se vanagloriaba de jugar a menudo con la emperatriz de Austria María Teresa.

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Kempelen era originario de Bratislava (antes Reino de Hungría, hoy Eslovaquia). Había nacido en el seno de una familia noble católica húngara cuyo padre fue consejero de la Cámara Imperial. Kempele se hizo famoso con una serie de inventos anteriores, así que cuando se corrió la voz de que había construido a un autómata que podía ganar a cualquier humano al ajedrez, la noticia creó una gran expectación.

La puesta de largo del Turco tuvo lugar en Viena, en la corte de la emperatriz María Teresa. En una sala expectante Von Kempelen comenzó su demostración del funcionamiento del autómata. Primero mediante la apertura de las puertas y los cajones de un pequeño armario donde se apreciaba al final la luz de una vela. En su interior había todo un engranaje y maquinaria parecidas a las de un reloj. Desde luego, parecía una máquina de lo más compleja. Posteriormente Kempelen cerró el armario, cogió una pieza de ajedrez y la movió a otra casilla.

Imagen: el Turco. Wikimedia Commons

El juego comenzó con el Turco moviendo la cabeza de un lado a otro para inspeccionar el tablero, por tanto daba la sensación de que estaba decidiendo cual sería su primer movimiento. Luego movió su brazo izquierdo, extendió los dedos y cogió una pieza de ajedrez para moverla a otra casilla.

Lo cierto es que por aquellas fechas lo que estaban viendo en la sala real era relativamente estándar. Los autómatas, máquinas que imitaban la figura y los movimientos de un ser animado (equivalentes tecnológicos en la actualidad al concepto de robots autónomos), se habían desarrollado muchos siglos atrás. Históricamente los primeros autómatas se remontaban a la Prehistoria, pasando por la Grecia clásica (estatuas con movimiento gracias a las energías hidráulicas), Edad Media y, sobre todo, en el S.XVIII, con la llamada época de esplendor.

Imagen: El “pato” de Vaucanson

La razón principal se debe a los avances en materia de relojería. Además se añade que los trabajos adquieren un componente de carácter científico donde se ponía de relieve la obsesión por intentar reproducir lo más fielmente posible los movimientos (y comportamientos) de los seres vivos. Así llegaron personajes como Jacques de Vaucanson, un magnífico relojero que además tenía conocimientos de música, anatomía y mecánica. El resultado: su famoso pato con aparato digestivo, más de 400 piezas móviles con las que el autómata era capaz de batir las alas, comer, y lo más importante, realizar la digestión imitando con todo detalle el comportamiento del ave. Evidentemente era un engaño y su mecanismo no “comía” lo mismo que “defecaba”, pero el truco era realmente increíble y fue la primera gran pieza de autómata, la más lograda.

Tras Vacanson llegaría Friedrich von Knauss, el creador de uno de los primeros autómatas escritores y sin ninguna duda la lanzadera para el trabajo del gran Pierre Jaquet-Droz, posiblemente el mejor y más conocido creador de autómatas de la historia. Tres serían sus trabajos más famosos: La pianista, El dibujante y El escritor, siendo el último el más difícil, compuesto por más de 6 mil piezas y con la capacidad de escribir utilizando pluma gracias a una rueda donde se seleccionaban los caracteres uno a uno, de manera que se podían escribir pequeños textos a razón de 40 palabras de longitud.

Imagen: los autómatas de Pierre Jaquet-Droz. Wikimedia Commons

Existieron muchos más en el gran siglo de los autómatas pero los descritos valen como perfectos ejemplos anteriores a la aparición del Turco. Los autómatas, tanto en forma de animales mecánicos como humanoides de lo más expresivos, deleitaban a realeza y plebeyos, y El Turco, por su repercusión, iba a tener un lugar especial en la historia.

El Turco contra el mundo

Imagen: el Turco desde otra perspectiva. Wikimedia Commons

Si lo comparamos con muchas de las máquinas magistrales descritas anteriormente, la obra de Kempelen, con una especie de maniquí con turbante sentado frente a un escritorio y con un rostro inexpresivo de madera tallada y movimientos espasmódicos en sus extremidades (brazos), era un producto inferior. Pero lo importante en la pieza era su capacidad para jugar al ajedrez. El Turco era bueno, muy bueno. Tanto, que hasta aquella fecha jamás se había pensado que una máquina pudiera ser capaz de “pensar” y ganar a un humano.

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El Turco no era únicamente un experto en la ejecución de una tarea repetitiva, el autómata respondía con habilidad al comportamiento impredecible de los seres humanos. Dicho de otra forma, lo increíble e inaudito en la pieza era que parecía estar funcionando de manera autónoma, guiado por su propio sentido de la racionalidad (y la razón). Si el oponente humano trataba de engañarle, tal y como lo hizo el mismísimo Napoleón en su momento, el Turco era capaz de regañar y mover la pieza de ajedrez a su posición original anterior. No sólo eso, en el caso de que se repitiera el intento de engaño, el Turco deslizaba su brazo sobre el tablero esparciendo las fichas por el suelo en señal de desaprobación.

Obviamente detrás del autómata había “truco”, pero la naturaleza del engaño fue tan increíble que durante décadas nadie supo descifrarlo. Tras esa primera demostración en 1770, la cual sorprendió a María Teresa y sus asistentes, Kempelen dejaría por un tiempo al autómata. No sería hasta la muerte de la misma María Teresa cuando se volvió saber de él. El hijo de esta y sucesor al trono, el emperador José II, recordó la pieza que tanto había entusiasmado a su madre y preguntó por él a Kempelen.

Imagen: reconstrucción del Turco de la década de los 80. Wikimedia Commons

Así fue como a partir de 1783 el hombre comienza una gira con el Turco, un tour por recomendación de José II. En París fue una sensación y los espectadores no daban crédito a lo que estaban viendo. Todo aquel que desafiaba al autómata a una partida acababa perdiendo. Fue una época de grandes encuentros, como la histórica partida que enfrentó a la máquina con Benjamin Franklin, quien como Napoleón, intentó un movimiento ilegal, ante el que nuestro autómata se mostró “enfadado” y respondió tirando las piezas del ajedrez.

La gira llevó a Kempelen y el Turco por Inglaterra y Alemania durante el año siguiente. Allí fue cuando la gente comenzó a especular sobre el funcionamiento y naturaleza de la máquina. Algunos, como el autor británico Philip Thicknesse, llegaron a indignarse ante la idea de que el Turco fuera una creación puramente mecánica cuyo juego estaba libre de la influencia humana. El hombre llegó a decir que:

Un autómata pueda mover las piezas de ajedrez correctamente como consecuencia del movimiento anterior de un desconocido es completamente imposible.

Thicknesse, como muchos contemporáneos, jamás pensó que Kempelen lo estaba dirigiendo desde la distancia a través de imanes potentes y cuerdas o quizá con una especie de control remoto. Como otros pensadores se negaba a lo que veía con un enfoque cercano a la navaja de Ockham (la explicación más sencilla suele ser la más probable) y por tanto pensaba que “probablemente había un niño de 10 años oculto bajo la maquinaria”... a lo que habría que añadir que un superdotado para el ajedrez.

Imagen: Anuncio de exhibición de 1818. Wikimedia Commons

La idea de Thicknesse, la de un joven escondido en el interior de la máquina, fue la que más se reprodujo durante aquellos años. A veces la teoría variaba con el tamaño del menor o con el posicionamiento del mismo en el interior del autómata. Pero lo cierto también es que todas estas teorías volvían a ser rebatidas por Kempelen, abriendo una vez más el pequeño armario y exponiendo el interior, con los cajones y el brillo de una vela al fondo donde se podía observar el engranaje, demostrando así la imposibilidad de un ser humano en el interior.

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A su capacidad para ganar al ajedrez había que sumarle dos desafíos que Kempelen añadió en la gira. Por un lado el autómata era capaz de resolver el llamado Problema del Caballo. Se trataba de un antiguo problema matemático donde se pide que, teniendo un tablero con X número de casillas y un caballo de ajedrez, y colocando este último en una posición cualquiera aleatoria, el caballo debía pasar por todas las casillas de una sola vez. El Turco lo resolvía de una vez con suma facilidad.

Imagen: problema del Caballo. Wikimedia Commons

El segundo desafío era la capacidad del autómata para responder a las preguntas de los espectadores a través de un tablero con letras. Increíble, más aún teniendo en cuenta que la máquina podía hacerlo en varios idiomas.

Años después, en 1804, el creador del autómata fallece. Kempelen moría con 70 años de edad y el Turco pasa a tener varios dueños. Se trata de una etapa donde la máquina pasará por varias manos hasta llegar a Johann Mäzel, un mecánico e inventor alemán que guardaría el secreto detrás del Turco.

Con Maezel llegó la famosa partida de ajedrez (vídeo de arriba) que enfrentó al autómata con el más grande de los estrategas en el campo de batalla, Napoleón Bonaparte. Ocurrió en el año 1809, durante la campaña de la batalla de Wagram. Napoleón jugaba con blancas y cedió ante la destreza de la máquina, no sin antes intentar algún movimiento ilegal que el autómata le reprochó.

Maezel se llevó la máquina de gira por Estados Unidos, otro éxito rotundo que se extendería una década. De Estados Unidos viajó a Cuba, momento en el que fallece el secretario de Maezel y se suspende repentinamente la gira. ¿Sería el secretario, un maestro reconocido del ajedrez, el hombre que manejaba al autómata? Lo cierto es que tras suspender la gira Maezel se perdió en el mapa de la isla. Pasados unos meses fue encontrado muerto en el interior de su camarote de regreso a Estados Unidos.

Sin embargo, el secreto del Turco se mantuvo hasta sus últimos días. De Maezel pasó a ser propiedad de un amigo, este a su vez acabó vendiéndolo para acabar en el Museo de Peale. El 5 de julio de 1854, 85 años después de su creación, el Turco acabó destruido tras un gran incendio.

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Sólo así se supo la verdad. Tras el incendio y después de décadas de asombrar al mundo, el hijo del amigo de Maezel que lo heredó tras su muerte acabó revelando el secreto mejor guardado. Una publicación en la revista de ajedrez The Chess Monthly en 1857 ponía fin al misterio.

Imagen: mecanismo del autómata. Wikimedia Commons

Como se habrán imaginado, la verdad era más simple que muchas de las elucubraciones que se hicieron. El Turco era una ilusión mecánica que funcionaba a través de un operador encubierto, una persona que controlaba cada movimiento desde un compartimento en el interior de la mesa. Esa persona tiraba de las palancas para “mover” el brazo del autómata mientras hacía un seguimiento de las jugadas. Cuando Kempelen o alguno de los dueños por los que pasó el autómata abría la parte delantera a la vista del público, ninguno de los cajones o compartimentos llegaban hasta la parte posterior. Ese hueco que quedaba era precisamente donde se encontraba un tablero de ajedrez secundario que el operador usaba para seguir el juego. El fondo del tablero principal tenía un resorte y cada pieza tenía un imán, lo que permitía al operador saber qué pieza se había movido y dónde.

Imagen: el “truco” del Turco. Wikimedia Commons

La fama del autómata originó numerosas réplicas con el mismo truco o ligeras variaciones. Sin duda de las mejores, si no la mejor, fue El Ajedrecista del inventor español Leonardo Torres Quevedo. La obra de Quevedo es considerada por muchos como el primer juego por computadora de la historia, pero su relato merece un apartado aparte.

En cuanto al Turco, aunque la máquina se basaba en última instancia en el comportamiento de un humano (junto a un poco de “magia” de la época), su mecánica tan convincente fue motivo de asombro y preocupación. Fue la primera vez en la historia que el hombre se dio cuenta de las implicaciones que podrían tener las máquinas. En los albores de la llamada Primera Revolución Industrial, el autómata planteó preguntas tan inquietantes como la naturaleza de la automatización o la posibilidad de crear máquinas capaces de pensar.

No sólo eso, el Turco acabó planteando la más inquietante y perturbadora de las cuestiones, una que aún hoy nos hacemos sin saber la respuesta: la posibilidad de las máquinas pudieran ser capaces un día de sustituir el intelecto humano.