Si eres un tipo capaz de conseguir que los animales hagan cualquier cosa, incluso entrenar palomas para guiar misiles, probablemente el nacimiento de tu hija te ofrezca sorprendentes oportunidades para explorar nuevos caminos. Un científico llamado Skinner lo demostró de la más peculiar de las maneras.

Filósofo, psicólogo, inventor y autor estadounidense, la figura de Burrhus Frederic Skinner es probablemente una de las más controvertidas de la psicología. Pionero y fiel defensor del conductismo, el hombre escribió y propuso el uso extendido de técnicas psicológicas de modificación de conducta. Y lo hacía bajo la idea de mejorar la sociedad y la felicidad humana como una forma de ingeniería social.

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De hecho, lo ocurrido con su hija partió de una idea muy sencilla: mejorar la forma en la que se cuida a un bebé.

Los gadgets de Skinner

Frederic Skinner en Harvard. Wikimedia Commons

Frederic Skinner nació el 20 de marzo de 1904 en Pensilvania, Estados Unidos. Hijo de padre abogado, Skinner sufre la pérdida de su hermano pequeño debido a una hemorragia cerebral cuando cumplía la mayoría de edad. Desde muy joven sueña con ser escritor y tras su graduación pasa a formarse en Nueva York como escritor de ficción. Un sueño que se ve truncado por, como él mismo reconoció, “no poseer una perspectiva personal con la que escribir”.

La escritura le acabó llevando sin embargo a lo que sería su profesión. Skinner se interesaba por los comportamientos y las acciones de las personas, leía a Russell y a John Watson con devoción y acaba entrando en Harvard para estudiar psicología. Allí se doctora y acaba conociendo a la que sería su esposa, Yvonne Blue.

Pasan los años y Skinner y su esposa tienen a un primer niño. Una etapa dura, como escribiría Skinner, ya que el bebé le apartaba de su profesión y requería mucho trabajo. El psicólogo se solía quejar de la gran cantidad de ropa que había que lavar y de la limpieza y cuidados que necesitaba su hijo. Además, había un detalle que literalmente le estaba matando. Si no tenía cuidado cuando se inclinaba para sacar al niño de la cuna, Frederic se arriesgaba a torcerse la espalda, la cual ya le había dado varios avisos.

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Así que cuando su mujer se queda embarazada de su segundo hijo en 1943, el hombre decide poner remedio y hacer uso de su formación científica para reducir en la medida de lo posible el trabajo que acarreaba el cuidado del bebé. Skinner llegó a casa con un dispositivo mecánico para la niña, uno que a lo largo de los años se hizo más conocido, muy a su pesar, como la caja del bebé.

Caja de Skinner. Wikimedia Commons

Lo cierto es que la investigación psicológica de Skinner ya lo había preparado para fabricar gadgets. Más de 10 años antes, cuando aún era un estudiante de graduado en Harvard, el joven Skinner había inventado un dispositivo llamado “cámara de condicionamiento operante”, más conocido como la caja de Skinner. La caja en cuestión contenía un animal, normalmente una rata o una paloma. Cuando el animal apretaba una palanca recibía una recompensa, generalmente comida.

Skinner, quién era un firme defensor del conductismo (la misma escuela de John Watson y su experimento Little Albert). Usó esta caja para demostrar que al variar la frecuencia de las recompensas podía alterar dramáticamente el comportamiento de los animales, de manera que podrían hacer ellos solos prácticamente de todo. Un ejemplo: con una rata llamada Plinio consiguió que ésta pasara por hasta tres acciones antes de conseguir la recompensa.

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Más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, Skinner se embarcó en un proyecto aún más ambicioso: el entrenamiento de palomas para guiar misiles. Este consistía en adiestrar a las palomas para luego ser usadas en el campo de batalla como proyectiles suicidas. El hombre pensó que podría condicionar a las palomas para que picotearan y siguieran una figura determinada, en su caso un cuadrado o círculo.

Project Pigeon

La idea de Skinner era la de encerrar a las palomas junto a un panel que refleje la posición de un objetivo en el interior de un proyectil capaz de rectificar su trayectoria según el picoteo de la paloma. Dicho de otra forma, se trataba de diseñar una paloma que consiguiera un proyectil capaz de perseguir un blanco en movimiento.

Y lo extraño era que el sistema funcionaba, o al menos lo hacía igual de bien que cualquier otro sistema de guía electrónico de la época. En los entrenamientos llegaron a conseguir que las palomas reconocieran barcos, tanques y aviones. Pero finalmente la idea resultó demasiado extraña para los militares, quienes acabaron recortando fondos para el proyecto.

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Descorazonado por el tiempo que le había dedicado, Skinner pasa a enfocar todas sus energías creativas en la construcción casera que le haría la vida más sencilla. Esa caja de bebé que, en comparación con un misil guiado por palomas, debía ser un juego de niños.

Bebé en una caja

Deborah en la caja. BoingBoing. Detail from October 1945 issue of Ladies Home Journal

La idea era esencialmente una caja grande de casi dos metros de alto y alrededor de un metro de ancho. El bebé se sentaba en una especie de bandeja poco profunda, a un metro del suelo, mirando al mundo a través de una gran ventana de vidrio de seguridad que se podía deslizar hacia arriba y hacia abajo. La caja estaba equipada con un calentador, un humidificador y un filtro de aire que hacían circular aire caliente y fresco dentro de la cámara. Las paredes aisladas amortiguaban el ruido del mundo exterior para la pequeña Deborah.

Visto así, la unidad ofrecía muchas comodidades y ventajas en cuanto a seguridad. El interior climatizado significaba que el bebé no necesitaba ropa o mantas, tan sólo el cambio de pañales. De esta forma se acababa el problema del continuo lavado de ropa. La ventana protegía al bebé de los gérmenes e impedía que pudiera caerse.

El colchón consistía en una larga lona unida a unos rodillos, cuando se ensuciaba Skinner hacía uso de una palanca y salía la lona sucia mientras entraba otra limpia en su lugar. Y debido a que el dispositivo era lo bastante alto, el psicólogo y su mujer podían colocar o sacar al bebé sin dañarse la espalda. Skinner había logrado un invento muy práctico.

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Su hija Deborah se convirtió en el conejillo de indias del invento de Skinner durante nueve meses, tiempo en el que la niña disfrutó sana y feliz como cuenta Skinner en sus trabajos. De hecho y viendo el éxito que tenía su invento, el psicólogo decide enviar su trabajo académico a la popular revista femenina Ladies ‘Home Journal. Al llegar a la redacción los editores del medio reconocieron el invento como una rareza entretenida, así que publicaron el artículo con una ligera alteración. Ladies ‘Home Journal cambió el título de Skinner de “Baby Care Can be Modernized” a “Baby in a Box”.

Deborah en la caja junto a su madre. Getty

El psicólogo siempre culpó a este cambio editorial de la reacción pública que siguió a la publicación. Lo cierto es que no importó cuánto trató de convencer a la gente de los beneficios de su invento, los cuales estaban perfectamente explicados en su trabajo: el tiempo que le ahorraría a la madre y al padre y la mayor comodidad y seguridad del bebé. La caja fue diseñada para desarrollar la confianza del bebé, su comodidad, hacer que llorase menos, se enfermase menos... Y, lo que es más importante, el tiempo que la niña permanecía en ella era similar al que cualquier otro niño podía pasar en una cuna normal.

Pero la reacción de las masas permaneció uniforme, habían dictado sentencia. Entre los quejas públicas de medios y público se pedía la cabeza de un hombre “que ha puesto a un bebé en una caja”. Otros no reprimían su furia ante “la invención más ridícula y loca que se haya oído hablar, un bebé que vive en una caja” o “enjaular a un bebé como un animal para simplemente aliviar un poco la carga de trabajo de una madre… “. Incluso una escuela secundaria llegó a escribirle directamente acusándole de monstruo, otro medio en cambio lo veía como un asesino, “una caja de bebé como previo paso a una vitrina de congelación”.

La idea de que el invento era una especie de caja de Skinner gigante diseñada para condicionar a los bebés empezó a tomar forma. Los medios comenzaron a enlazar su trabajo anterior con animales y el propio Skinner tuvo que salir al paso y aclararlo. El hombre admitió que, dada la similitud entre los términos Baby Box y Skinner Box, “era natural suponer que estaba experimentando con nuestra hija como si fuera una rata o una paloma”.

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Obviamente éste no era el caso. De hecho y como apuntó en su trabajo, el tiempo que Deborah pasó en el invento fue más una prueba que un experimento. Skinner esperaba llevar a cabo un experimento formal en el que compararía diez bebés criados en el invento con diez bebés criados en cunas normales. Claro que este estudio jamás sucedió.

Dibujo de F. Skinner. Getty

Al contrario, la percepción de Deborah como el sujeto involuntario de un experimento humano en la caja de Skinner inspiró una serie de leyendas urbanas que emergieron durante los años 50 y 60. Rumores donde se llegaba a decir que, una ya adulta Deborah se había convertido en una psicópata, que había demandado a su padre y que poco después se había suicidado.

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La realidad fue bien distinta. Deborah habló hace unos años para desmentir todo en The Guardian. Ella creció bastante normal e incluso se convirtió en una artista de éxito en Londres. Aunque curiosamente y como señalan algunos críticos de arte, sus pinturas parecen representar visiones vista a través de “prismas de vidrio”, quizás reflexiones que recuerdan las vistas de las ventanas de los niños.

A decir verdad, no todas las reacciones fueron negativas al invento de Skinner. Una pequeña comunidad de entusiastas abrazó el concepto e incluso Skinner intentó poco después vender la idea para la creación de una versión comercial, aunque no tuvo suerte, quizás arrastrado por las críticas del pasado.

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Sea como fuere, el invento de Skinner era una idea decente, o al menos no había daño alguno en su concepto. Tan sólo sufrió de un problema de mala imagen producto de otro cáncer que se vuelve a reproducir una y otra vez a lo largo del tiempo. Y es que hace 70 años, mucho antes de esa era de la posverdad o de la viralización de las noticias falsas en las redes, un simple titular en los medios ya tenía el poder de moldear el pensamiento del público.