Cada año, el CES nos obsequia con tres o cuatro grandes ideas enterradas bajo una montaña de dispositivos cuya mayor novedad es que hacen algo técnicamente discutible y que nadie parece haber pedido, pero que vamos a tener que comprar de todos modos. Esta locura debe terminar.

El ejemplo de los televisores

Fijémonos por un momento en los televisores. Desde hace unos 10 años, los fabricantes emprendieron una carrera a tumba abierta por hacer la pantalla más fina del mercado. A medio camino, se dieron cuenta de que ese objetivo tenía un problema: no hay forma de meter unos altavoces decentes en ese formato. Algún cráneo privilegiado descubrió que era la excusa perfecta para vendernos barras de sonido y sistemas de sonido posicional. Negocio redondo.

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Después llegó el 3D, primero con gafas, y después sin ellas porque eran incómodas y gastaban pilas. La moda pasó sin pena ni gloria. Pero pronto le sucedió una nueva: la televisión conectada. Los que llevamos años con un PC conectado al televisor abríamos mucho los ojos mientras intentábamos comprender por qué los fabricantes trataban de emular eso mismo, pero con el software más horroroso y restringido posible.

Alcanzados ya los límites de la delgadez, las conexiones que nadie quiere y las gafas que marean, las marcas se fijaron en el iMax y descubrieron la curva. ¿Es mejor un televisor curvo? Probablemente sí, si mide varios metros, como una pantalla de iMax, pero no estoy tan seguro de que eso sea aplicable a un salón atestado de personas que intentan ver el partido de fútbol con un ángulo aceptable.

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Cuando alguien cayó en la cuenta de que los televisores curvos son complicados de colgar en la pared y problemáticos para familias numerosas, llegó la nueva e increíble innovación de 2015: los televisores que pasan de plano a curvo mediante un motorcito. Esperemos que a alguien se le ocurra una nueva innovación para cuando las partes mecánicas de estos motores, como las de las impresoras, hagan lo que suelen hacer con el tiempo, que es desgastarse y romperse.

Crear problemas nuevos no es innovar

Los televisores no son el único feudo en el que el absurdo campa a sus anchas. Todos los sectores tecnológicos tienen el suyo. La guerra de los megapíxeles en las cámaras, la superficies táctiles en los ratones, el gigantismo en las pantallas de móvil... Cuando casi no queden móviles de un tamaño aceptable para el bolsillo será cuando el péndulo vuelva a caer y se pongan de moda pequeños otra vez.

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El último grito son los móviles modulares con componentes que se pueden actualizar (y vender) por separado. ¡Han descubierto lo mismo que los fabricantes de PC descubrieron en los 90! ¿Te gusta darle la vuelta al móvil para sacarte fotos? Pues le ponemos más cámaras, o incluso le ponemos cámaras a las cámaras. Mientras tanto, las lavadoras son tan perfectas y lavan tan bien que la única carta que les quedaba para reinventar la rueda era meter una lavadora más pequeña dentro y ponerles puertas a las puertas de los frigoríficos.

Guardemos un segundo de silencio en homenaje a este señor:

Por supuesto, ninguna compañía lanza un producto para que fracase. Lo que mueve esta industria, como a cualquier otra, es la prueba y el error. El sector tecnológico, sin embargo, tal vez empujado por la presión de renovarse constantemente, sufre este problema más que ninguno. Hay que mostrar el futuro, innovar, innovar e innovar hasta que nos duela, ser siempre los primeros, inventar lo que a nadie se le ha ocurrido antes, aunque sea bastante discutible a la luz del más somero análisis.

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El proceso de innovar, tan sano en cualquier otro sector, se convierte aquí en una máquina de generar errores y problemas año tras año. Por supuesto, esto también es muy conveniente, porque un clavo saca otro clavo, y lo que en enero era innovación y en junio se volvió problema, al siguiente enero se "cura" con otra innovación.

El papel de las ferias

¿Hay alguna forma de moderar este insano proceso de prueba y error a costa del bolsillo de los consumidores y la salud mental de los ingenieros? Se nos ocurre una: romper la periodicidad de las ferias. Eventos anuales como el CES o la IFA han sido durante años un motor para la innovación, pero en el mercado global en el que vivimos, y en el que todas las marcas compiten con todas, quizá no es tan necesario celebrar cuatro concursos de belleza forzosos al año.

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Bastante tienen ya las grandes marcas de electrónica compitiendo unas con otras como para encima tener que mostrar sus mejores galas todos los años varias veces. Es hora de relajarse y de dejar de celebrar feria tras feria de tecnología. Quizá con una cada dos años sea suficiente. Si esto sigue así, no va a quedar ninguna compañía que aguante el ritmo, ni presupuesto familiar que pueda con un televisor nuevo todos los años.

Fotos: AP Images

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