En la mañana del 28 de julio de 1945, la joven de 19 años Betty Lou se había levantado como cualquier día de la semana. Ese día había llegado pronto al trabajo, era ascensorista del Empire State, y nada hacía presagiar que en unos segundos cambiaría su vida. Casi a la misma hora que llegaba al edificio el Teniente William Smith pone en marcha su bombardero B-25 a varios kilómetros del icónico edificio. El relato de lo que ocurrió en las siguientes horas acabó con Betty Lou batiendo un récord Guiness que aún hoy perdura: nadie ha podido sobrevivir a una caída de más de 70 pisos en el interior de un ascensor… a excepción de la propia Lou.

Era sábado pero tanto Lou como William debían trabajar. En el caso de Betty por la particularidad del espacio, abierto por aquellas fechas prácticamente todos los días del año, razón por la que Betty trabajaba por turnos durante la semana. William en cambio fue algo diferente. En cualquier caso esta historia no deja de ser un cúmulo de fatalidades, quizá el azar para algunos, donde la figura del teniente es esencial, sin él nada habría pasado. Por eso empezamos con él.

El bombardero y el rascacielos

Imagen: Empire State. Wikimedia Commons

Como decíamos, era sábado 28 de julio de 1945. Ese día el piloto de la Army Air Corps estadounidense, el Teniente Coronel William Smith, se encuentra tratando de arrancar su bombardero B-25 con el que iniciar un vuelo que le llevaría al aeropuerto de Newark. Allí debía recoger a su superior.

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La mañana había amanecido con una niebla constante que estaba dificultando el vuelo de William, además iba en aumento y se estaba convirtiendo en una ruta peligrosa. De camino a Newark el piloto aparece sobre el aeropuerto municipal de Nueva York (hoy el aeropuerto de La Guardia), exactamente y en este punto, a unos 40 km al este de su destino.

El Teniente Coronel hace uso de la radio para solicitar un informe meteorológico. La torre de control del aeropuerto le informa de la situación de extrema y pobre visibilidad sobre la ciudad de Nueva York y le insta a que tome tierra cuanto antes. William contacta con los militares y recibe el visto bueno para continuar el vuelo. Se lo comunica a la torre de control del aeropuerto y el operador de la torre le responde lo siguiente:

Coronel, desde donde estoy sentado ni siquiera puedo ver la parte superior del Empire State Building. Debería aterrizar.

A pesar de los consejos de la torre el Coronel continúa su ruta y se adentra junto a otros dos tripulantes que lo acompañaban en la niebla espesa que cubría Manhattan. No pasarían más de unos minutos cuando Williams comienza a pensar que quizá no ha sido tan buena idea. El piloto pasa a estar desorientado rápidamente, incapaz de ver la tierra o los edificios que se encontraban bajo el avión.

Imagen: Flota de B-25. Wikimedia Commons

Al poco tiempo está completamente perdido, no encuentra el camino a seguir. En este punto hay que remarcar que, a pesar de las regulaciones que prohibían sobrevolar sobre Manhattan por debajo de los 600 metros, el Coronel había tomado la decisión de descender por debajo de los 300 metros (y sobre una superficie como Manhattan y sus rascacielos). La decisión tenía como fin salir de la espesa niebla que no le dejaba ver donde se encontraba.

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Cuando el avión sale del espesor su visibilidad había mejorado bastante. Ahora nuestro hombre era capaz de percibir las siluetas de los rascacielos, muchos de ellos sobrepasando la altura sobre la que volaba el B-25… y uno en especial lo tenían justo delante de ellos, el New York Central Building.

Williams reacciona rápidamente y ladea el avión enérgicamente, gira el bombardero pesado hasta los límites tratando de evitar la fatal colisión. El avión consigue pasar a duras pena el edificio por el lado oeste, casi rozándolo. La situación no ha cambiado e incluso se torna más peligrosa, ahora tiene ante sí decenas de rascacielos en primera línea, acierta a distinguir entre la niebla una fila de enormes sombras en la trayectoria del avión. El Coronel trata de ganar altura mientras se abre paso a través de las megaestructuras fantasmales que pueblan Manhattan, cada movimiento es una maniobra arriesgada y extrema.

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Y es en ese preciso momento, en su intento por ascender, cuando surge del espesor el edificio del Empire State delante de sus narices. La primera reacción de Williams es ladear bruscamente el avión. El acto reflejo del piloto es echarse hacia atrás lo más fuerte que puede, pero el bombardero carecía de la capacidad de maniobra para esquivar la gran torre que se cierne sobre él. Son las 09:49 y en milésimas de segundo las toneladas de peso del B-25 se estrellan contra el piso 79 del rascacielos.

Dentro del Empire State

Imagen: Restos del B-25 incrustado en el Empire State. Wikimedia Commons

Ese día y a esa hora se encontraban en el interior del edificio un numeroso grupo de trabajadores preparando una conferencia que tendría lugar horas más tarde. Allí en sus oficinas tiene lugar el tremendo impacto que los engulle en la explosión cargada de combustible. La propia quema de gasolina viaja a través de los pasillos, las escaleras y los huecos del ascensor, llegando a hasta los cuatros pisos inferiores del lugar de impacto.

Los medios contarían historias tremendas, como la de un publicista que trabajaba en las oficinas y fue impulsado por una ventana a raíz de la explosión. En el mismo piso, 10 trabajadores fueron atrapados en el infierno en el que se había convertido el rascacielos.

Imagen: Estado del edificio tras el accidente. Getty

En los alrededores, como recordamos después del 11S, una nube de fuego y escombros cubría la zona, sobre todo las estructuras más cercanas a la zona de impacto. Uno de los motores del bombardero había penetrado en el edificio por el lado de impacto, deslizado por toda la planta y finalmente había caído por el lado opuesto del mismo. El otro motor en cambio afectaría a una de las trabajadoras que se encontraban en el edificio, a Betty Lou Oliver, pero con ella iremos más tarde.

Imagen: Periodistas cubriendo el accidente. Wikimedia Commons

Ese día muchos de los supervivientes narraron a los medios la situación que vivieron y lo afortunados que fueron. Catalina O´Connor, quién estaba en las oficinas en el momento del accidentes, contaría lo siguiente:

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El avión explotó dentro del edificio. Me dio la sensación de que fueron cinco o seis segundos, yo estaba de pie tambaleándome y tratando de mantenerme en pie mientras tres cuartas partes de la oficina donde me encontraba se consumieron instantáneamente en una nube de llamas. Recuerdo que un hombre estaba de pie en el epicentro de todo. Podía verlo. Era un compañero de trabajo, Joe Fontana. Todo su cuerpo estaba en llamas y yo solo podía decirle, “vamos Joe, vamos”.

Imagen: Estado del edificio tras el accidente. Getty

Otra mujer, Doris Pope, quién también se encontraba en el interior del edificio en ese momento, llegó a creer tras la explosión que se trataba de la Segunda Guerra Mundial llegando a suelo estadounidense:

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Estábamos a punto de tomar un café cuando oímos un ruido terrible y el edificio empezó a temblar… cuando miramos por la ventana del tercer piso vimos como comenzaban a caer escombros a la calle. Lo primero que pensamos fue que Nueva York estaba siendo bombardeada.

Y no sólo en el interior del edificio. Helen Hurwitt, una trabajadora en una oficina de la misma calle del rascacielos, también daba su versión relatando:

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Mi marido y yo estábamos en un edificio justo enfrente del Empire State… teníamos unos ventanales grandes desde los que pudimos ver todo. De repente oímos un ruido espantoso y corrimos a las ventanas. Nos quedamos horrorizados cuando vimos la escena: un bombardero en lo alto del rascacielos con la mitad del cuerpo dentro y la otra mitad fuera.

Betty Lou Oliver

Cuando el B-25 impactó con el edificio Betty se encontraba en un ascensor con las puertas abiertas una planta más arriba, en el piso 80. El impacto produjo que la mujer fuera lanzada violentamente del ascensor sufriendo quemaduras graves junto a fracturas en varias zonas. Según ella misma relató después:

Acababa de empezar mi jornada y estaba en el piso 80, después de un ruido tremendo sentí como si una enorme maquinaria, un gran bloque de algo se empotrara sobre el ascensor.

Cuando llegaron los primeros auxilios no había tiempo que perder y deciden bajarla junto a otra compañera herida a través del mismo ascensor, aparentemente en buen estado. Y es aquí donde surge el segundo motor del avión de Williams. Este se había montado en un hueco del ascensor y había cortado parte de los cables.

Imagen: Perspectiva del bombardero tras el impacto. Getty

Por tanto los cables que quedaban estaban debilitados y a punto de romperse sin que nadie se diese cuenta. Betty y la compañera, una vez dentro, presionan el botón y las puertas se cierran. Justo en ese momento los cables restantes se desprenden y el ascensor se precipita con ambas en su interior.

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Cuando el ascensor desciende en caída libre todos dan por muertas a ambas. Sorpresa, porque cuando los bomberos consiguen abrir el mismo las encuentran vivas. ¿Cómo? La investigación oficial argumentó que un cúmulo de casualidades lograron el milagro. Al parecer, el sistema hidráulico de frenado de emergencia había ralentizado el cubículo ligeramente. Además, se había creado una especie de colchón a través del cúmulo de cientos de metros de cables rotos enrollados que se habían desprendido tras el accidente, acumulándose en la parte inferior del eje. También se argumenta que es probable que la propia compresión de aire podría haber ayudado a frenar la caída.

Imagen: Betty Lou tras el accidente. Boweryboyshistory

Por desgracia la compañera de Betty Lou murió poco después a causa de las heridas. Betty en cambio se convirtió en una mujer cuyo récord Guiness sigue vigente. Se trata de la persona que ha sobrevivido a la caída más grande registrada desde un ascensor, de unos 300 metros.

Ese día murieron en total 14 hombres y mujeres en el accidente y 26 resultaron heridas. Uno de ellos fue el propio Teniente Coronel William Smith y sus dos tripulantes (a quienes no encontraron hasta dos días después). Otros 9 trabajadores de las oficinas fallecieron por el fuego junto a la mujer en el ascensor. Joe Fontana, el hombre en llamas que relataba Catalina, finalmente se las arregló para salir con vida, aunque moriría días después en el hospital debido a las quemaduras.

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El impacto dejó un agujero enorme en la cara norte del Empire State. La investigación posterior demostró que la integridad estructural del edificio no se vio comprometida por el accidente, aunque el coste de reparación de los daños superó el millón de dólares de la época.

En cuanto a Betty Lou, la mujer que superó una caída libre en el interior de un ascensor desde más allá del piso 70, se convirtió en toda una heroína. No sólo eso. A los cinco meses y cuando aún no estaba recuperada del todo de las heridas, regresó al ascensor ya arreglado y en su interior subió hasta la planta 80.


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