Hasta el año 1939, momento en el que Adolf Butenandt y Leopold Ruzickam lograron el premio Nobel de Química por sus trabajos sobre las hormonas sexuales (llegando a aislar la testosterona), la búsqueda de la fuerza, de la eterna juventud o de la misma vitalidad sexual había pasado por investigaciones tan marcianas como la ingesta del pene de un rinoceronte, el de una foca o el trabajo del doctor Brown: nada menos que extracto de testículos del perro. ¿Había conseguido el elixir de la vida?

No fue el único, y quizá tampoco fue el caso más sonado de cuantos existieron en los albores del siglo pasado. Entre este grupo de “pioneros” que buscaron con ahínco las propiedades que harían de nuestra raza una estirpe única se dieron momentos como el protagonizado por Leo L. Stanley en 1918. Este señor llegó a trasplantar testículos de reos que habían sido ejecutados recientemente en la prisión de San Quintín (California). Los atributos iban a parar a otros reos compañeros de los fallecidos con el fin de buscar si existía una mejora en la potencia sexual.

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Lo cierto es que el “trabajo” de Stanley da para otra pieza (del terror) pero dos décadas antes de su conato para producir a esa bomba sexual, el doctor Charles-Édouard Brown ya había indagado sobre las posibilidades de extraer del sexo una fuente de la eterna juventud. Del sexo del perro.

El señor Brown y los testículos de los perros

Imagen: Charles-Édouard Brown-Séquard. Wikimedia Commons

Antes de que desarrollara este trabajo, el fisiólogo y neurólogo había sido reconocido en 1850 por ser el primero en describir el ahora llamado síndrome de Brown-Sequard. El hombre cultivó dos campos, el de la fisiología del sistema nervioso y la endocrinología, siendo en este último donde mostró, extirpando las cápsulas suprarrenales, la acción a distancia de los productos que se segregaban en ella.

De lo que no había duda es de que el señor Brown no ponía ningún reparo ni remilgos a la hora de poner en riesgo su propia vida o la integridad física por la causa de la medicina. Entre otras cosas, antes de llegar a su famoso trabajo, este excéntrico doctor ya había llevado a cabo experimentos inyectando su propia sangre en los cuerpos de hombres decapitados o ingerido vómito a partir de pacientes que tenían cólera.

Ninguno de ellos tuvo consecuencias tan trascendentales como aquel en el que se embarcó en 1889. Ese día, en el interior de su laboratorio en París, Brown tomó un mortero y molió los testículos de un cachorro de perro sano. Al resultado le añadió unas gotas de agua destilada, filtró el conjunto y luego pasó a inyectarse el extracto resultante en su brazo.

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El doctor Brown pensaba que la enfermedad en la vejez se podía atribuir en parte al deterioro del funcionamiento de los testículos. La razón, según Brown, era que los síntomas de la fragilidad asociada con el envejecimiento eran idénticas a las exhibidas por los eunucos en edades tempranas. No sólo eso, también creía que trastornos similares afectaban a los hombres que se masturbaban con demasiada frecuencia. Con este cóctel de creencias el médico apuntó una conclusión: que los testículos deben secretar una sustancia en la sangre que tenía un efecto energizante a lo largo de todo el cuerpo.

Imagen: Dim Dimich / Shutterstock

De la misma manera, Brown también tenía la certeza de que había algo que se podía hacer para luchar contra el envejecimiento, incluso al propio paso de los años que sufría el doctor. El médico contaba por aquel entonces con 72 años, y a menudo y según declaró, se veía obligado a tomar descansos de su trabajo en el laboratorio, una serie de dolencias que se juntaron a episodios de insomnio y un creciente estreñimiento. Sea como fuere, su esperanza residía en ese brebaje exótico, del cual esperaba que “detenga, o al menos retarde los cambios en la estructura del tejido que se asocia con el envejecimiento”.

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En los dos días siguientes repite la inyección y cuando termina el extracto de testículo de perro el hombre vuelve a repetir el experimento una segunda ocasión. Al terminar, Brown se imaginó que podía sentir el efecto de las inyecciones, incluso tras el segundo día del experimento. Como diría en su trabajo, descubrió que podía volver a subir largos tramos de escaleras sin descanso, que podía trabajar sin descanso en su laboratorio durante horas.

También y como especificó, el tratamiento le había dejado huella en la forma en la que “pasaba líquido”, en esencia hablaba de la relación con la distancia del chorro de orina de la que ahora era capaz de lanzar, cubriendo un espacio al que antes nunca había llegado. En este punto debemos y queremos pensar que se trataba de una de las “marcas” y mediciones más extrañas que jamás tuvo en vida, no en vano, añadió que había mejorado un 25% su mejor “actuación” del pasado.

Quince días después de iniciar el experimento, el 1 de junio de 1889, el hombre anunciaba sus resultados en una reunión de biólogos que tuvo lugar en París. De lo dicho aquel día una frase capturó la imaginación del público allí asistente. Aunque de forma tímida, nos podemos imaginar el poder al que se refería:

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Debo añadir que de los otros poderes, los cuales es cierto que no me habían abandonado por completo, pero indiscutiblemente se habían debilitado, también han mejorado notablemente.

Imagen: Así se anunciaba el elixir de Brown.

Tras la presentación, los periódicos llenaron páginas hablando del “elixir de la vida” de Brown. A estos se sumaron un gran número de interesados que comenzaron a ofrecer “variantes” del tratamiento como el nuevo “fármaco maravilla”. Tales tratamientos no tuvieron un gran recorrido, sobre todo tras un primer caso de envenenamiento en la sangre.

El propio Brown jamás ganó dinero a partir de su extracto de testículo de perro. Al contrario, dejó que los médicos tuvieran su brebaje de forma gratuita a cambio de tener los resultados y las historias clínicas de los pacientes que estaban siendo tratados con ella. Sin embargo no pudo evitar que su nombre fuera mal utilizado para promover todo tipo de medicamentos de dudoso resultado. Uno de ellos, el denominado Sequarine, se afirmaba que contenía la energía de un animal y que era eficaz ante todo, desde la anemia hasta la gripe.

Cuando hablábamos al comienzo del artículo de que esa búsqueda de la fuerza rejuvenecedora era ancestral, es totalmente cierto. Incluso aún hoy sigue vigente en algunos lugares del mundo el mercado de pene de rinoceronte. Con la vista atrás en el tiempo, la mayoría de estas búsquedas eran una mezcla de desinformación y fascinación.

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Hoy, la opinión general que se tiene hacia los signos de rejuvenecimiento que detectó Brown es que simplemente eran el resultado del efecto placebo. Y en cualquier caso, digamos que son imposibles de reproducir en nuestra sociedad actual. Con todo, su experimento, extremadamente duro, fue precursor de la terapia hormonal, la cual hoy en día es uno de los procedimientos médicos más comunes.

Brown no viviría para ver el nacimiento de este campo de la medicina. El hombre murió el 2 de abril de 1894 en París a los 76 años. Fallecía cinco años después de su famoso experimento.