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Una mañana de 1963 Ron Smith, natural de Connecticut, se levanta por la mañana a comprar en el supermercado. Cuando sale de su casa se encuentra en el suelo de la calle una carta con sello dirigida a los amigos del partido nazi. La carta tenía dirección y parecía que se le había caído al cartero en algún momento. Smith la recoge y se dirige hacia al super. Por el camino se encuentra con un vecino que le cuenta extrañado que se encontró en el suelo una carta, en este caso dirigida a los amigos del partido comunista con dirección incluida. Smith y su amigo no serían los únicos. Ese día muchos habitantes del pueblo estaban formando parte de un experimento sin saberlo.

Imagina que estas en tu barrio y que te encuentras una carta de este tipo. ¿Qué harías? ¿Y si fuera dirigida a la comunidad científica o a la investigación médica del cáncer? Sea cual sea tu respuesta, es muy posible que esté condicionada. Precisamente por ello se puso a prueba el experimento que se llamó las cartas perdidas.

Las cartas perdidas

Imagen: Preto Perola / Shutterstock

Esa mañana de 1963 muchos de los habitantes de la pequeña ciudad de New Haven, Connecticut, se enfrentaron al dilema de las cartas. Todas estaban repartidas estratégicamente por el pueblo, 400 cartas en el suelo con dirección y sello, dando la sensación a aquel que las encontrara que se le habían caído a alguien por el camino.

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Evidentemente, los transeúntes no tenían ni idea de lo que contenía cada una de las cartas, simplemente se habían caído, y a partir de ahí y tras ver a quién iban dirigidas, debían actuar según sus instintos.

En otro lado de la ciudad un grupo de estudiantes de Yale estaban reunidos tras haber madrugado. Ellos se habían recorrido las calles del pueblo para colocar deliberadamente las cartas por la ciudad: en las calles, en el interior de las cabinas de teléfonos, en la entrada a las tiendas e incluso en los cristales de los coches… cualquier sitio que fuera evidente que se iban a ver. También tuvieron en cuenta distribuirlas bien, de manera que fuera difícil que una persona encontrara dos.

De hecho, de ser así, se habrían dado cuenta de que, aunque los nombres de los destinatarios eran diferentes, la dirección era siempre la misma: P.O. Box 7147, 304 Columbus Avenue, New Haven 11, Connecticut.

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Y esa dirección llevaba ni más ni menos que a la casa que había alquilado el ideólogo de este curioso experimento: el psicólogo Stanley Milgram. Quince días después de distribuir los sobres, lotes de 100 cartas a cada uno de los cuatro destinatarios escritos, a Milgram le llegaron 25 del Partido Nazi, 25 del Partido Comunista, 72 para la Asociación de Investigación Médica y 71 para un nombre al azar de un supuesto ciudadano.

Imagen: Stanley Milgram. Famous Psychologists

Así que el psicólogo estaba contento con el resultado. La diferencia en el número de envíos indicaba que el experimento de las cartas perdidas podría utilizarse para cotejar las actitudes de la gente con las organizaciones particulares y/o para cuestiones privadas. Una técnica que Milgram ideó para examinar el prejuicio hacia los grupos socialmente indeseables para grandes masas. El psicólogo desarrolló esto para medir y averiguar cómo las personas pueden (o no) ayudar o ser partícipes a extraños que no están presentes, así como sus actitudes hacia los diferentes grupos.

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Hasta ese momento, los estudios tradicionales en este campo habían adoptado un enfoque de interrogar a las personas directamente o bien pidiéndoles que rellenaran cuestionarios. El problema con ello era que nunca se podía estar seguro de si la gente estaba respondiendo con la verdad. Especialmente cuando se trataba de temas polémicos, por tanto los resultados de este tipo de estudios rara vez reflejaban el estado real de las cosas, o al menos el pensamiento de muchos de los encuestados.

No era el caso de la prueba de Milgram. Su experimento con las cartas era preciso. La gente no tenía que mentir porque no tenían ni idea de que estaban participando en un experimento, por tanto podrían actuar conforme a su punto de vista real sin tener que ocultarlo.

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Según explicaba el psicólogo, a primera vista el método podría parecer tan sólo un truco para aquellos profesionales de la psicología más vagos y perezosos, dado que sólo tenían que dejar algunas cartas por ahí y luego esperar a que se devolvieran. En realidad y como explicaba Milgram, era un trabajo bastante sacrificado, principalmente porque para asegurar el experimento y para que produjera datos fiables, había que dejar cientos de cartas individualmente en lugares estratégicos.

Por ello Milgram intentó agilizar el procedimiento en los meses posteriores. En una ocasión el hombre condujo por la noche e iba lanzando las cartas por la ventana. El problema es que muchas se posaban en el suelo boca abajo, lo que podría repercutir en que la gente las tomara o no. En otra ocasión se subió a una avioneta durante el día y las lanzó desde las alturas sobre Worcester, Massachusetts, aunque con poco éxito. Muchas de las cartas aterrizaron en los tejados de las casas o en árboles o estanques.

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Lo que sí es cierto es que a partir de entonces la técnica de las cartas perdidas se ha empleado en cientos de experimentos. El propio Milgram realizó una variante con éxito para predecir el ganador de la carrera presidencial de 1964 en Estados Unidos. Una técnica que se adapta a la perfección para temas muy controvertidos, cualquier que estés pensando y del que es muy posible que no se hable en público.

Así que la próxima vez que te encuentres con una carta, un mensaje de texto en el móvil, un mensaje típico de Facebook en cadena que pide algo, un correo electrónico, o cualquier acción/respuesta que se te pida de manera inocente sin tener a otra persona delante, es posible que de acuerdes de Milgram. Por que es posible también que detrás de ese acto fortuito haya un principio de carta perdida.


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