Colibrí de Ana, una especie común de la costa oeste de Norteamérica. Imagen: Universidad de Columbia Británica

¿Cómo puede un pájaro que alcanza los 90 km/h realizar cambios de rumbo casi inmediatos para evitar chocarse con las ramas de un árbol? Un equipo de biólogos ha resuelto el misterio del vuelo del colibrí. Los resultados podrían ser útiles para el desarrollo de nuevos sistemas de navegación.

Muchos insectos voladores, como las abejas y la mosca común, se guían usando un sencillo patrón visual: la velocidad a la que pasan lateralmente los objetos. Igual que cuando vas conduciendo por la carretera y sabes que las señales de tráfico pasan más rápido por tu lado que una ciudad que se ve a lo lejos. No es un sistema de navegación perfecto: los insectos tienen cierta tendencia a chocarse con las cosas. Las aves, en cambio, se chocan en contadas ocasiones.

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Los biólogos ya sospechaban que los pájaros habían evolucionado con un sistema de dirección de vuelo más sofisticado que los insectos, pero se habían realizado pocos estudios sobre el tema por la dificultad de meter un pájaro en un laboratorio y dejarlo volar libremente. Entonces un grupo de investigadores de la Universidad de Columbia Británica pensó en el colibrí. Los colibríes necesitan beber azúcar cada 10 o 15 minutos por su estilo de vuelo de gran consumo energético, así que los científicos pueden encerrarlo en una cámara y verlo ir y venir cientos de veces al día.

Para este experimento, el biólogo Roslyn Dakin y sus colegas utilizaron un colibrí de Ana, una especie común de la costa oeste de Norteamérica. Lo introdujeron en un túnel de cinco metros y medio de largo con un posadero en un extremo y un comedero en el otro. En las paredes del túnel proyectaron patrones fijos o en movimiento de diferentes tamaños y orientaciones. Y analizaron miles de vuelos entre el posadero y el comedero.

Para sorpresa de los científicos, el colibrí no se apartó de las paredes por los patrones de movimiento más rápidos: a diferencia de los insectos, era la velocidad de cambio del tamaño de los patrones lo que le hacía virar. Parece que los colibríes son capaces de utilizar las pequeñas diferencias en el ritmo de expansión de los objetos para determinar cuándo se están acercando demasiado a estos objetos y hacer correcciones de rumbo.

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En otras palabras, los colibríes saben que la rama del árbol que está a sólo unos centímetros de distancia se expande más rápido que la que está a varios metros, si se acerca a la misma velocidad. Lo más alucinante es que son capaces de calcularlo a velocidades endiabladas: durante el cortejo, los machos pueden alcanzar los 90 km/h y aun así frenar en un instante.

El siguiente paso para Dakin y su equipo es estudiar lo que ocurre en el cerebro del pájaro, “indagar en la idea de que esto podría ser más complejo a nivel neurológico”. Conocer más sobre el vuelo del colibrí podría servirnos para desarrollar mejores sistemas de navegación en drones y otros vehículos aéreos no tripulados.