Imagen: ABC News

El número de padres que no vacunan a sus hijos sigue creciendo, a pesar de las advertencias de la OMS, por una falsa asociación con el autismo. Kristen O’Meara fue una de esas madres antivacunas hasta que sus tres hijas cayeron enfermas durante tres semanas por un simple rotavirus.

“Estoy frustrada por la cantidad de información errónea que me encontré cuando emprendí este viaje”, escribe Kristen en un artículo del New York Post titulado Yo era una chiflada antivacunas... hasta que me pasó esto.

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O’Meara es una maestra, entonces madre de una niña de cinco años y dos gemelas de tres, que vive a las afueras de Chicago. Cuando nacieron sus hijas decidió no vacunarlas. Había leído en libros y webs sobre una conexión entre las vacunas y el aumento de alergias, asma y déficit de atención, y se había llevado “un susto de muerte” con la investigación de Andrew Wakefield (ya desacreditada) sobre la triple vírica y el autismo.

“Puse a mis hijas en riesgo”, admitió Kristen en una entrevista para Good Morning America. “Repasé todo lo que podía encontrar sobre por qué las vacunas pueden ser perjudiciales, acabé muy convencida”, añadió. El problema, a pesar de la buena intención de una madre que quiere a sus hijas, es que Kristen O’Meara estaba obviando la información respaldada por estudios científicos y revistas de prestigio para reforzar sus propias creencias, lo que se conoce como sesgo de confirmación. “Debería haberme tomado más tiempo para investigar ambos lados”.

Un año después, las niñas están completamente vacunadas y Kristen, aunque no puede evitar cierta culpabilidad, se siente agradecida de haber cambiado de opinión. Por el camino perdió a su mejor amiga, otra “chiflada” del movimiento antivacunas que dejó de hablarle. Pero O’Meara dice estar orgullosa de su decisión, por el bien de sus hijas.

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