Tristan Roberts sostiene el vial de ADN que está a punto de inyectarse. Foto: Ford Fisher

Tristan Roberts está sentado entre otros dos hombres en el sofá de un apartamento en Washington DC, con las hojas de un árbol meciéndose entre las cortinas a sus espaldas. El escenario es tan mundano que no adelanta lo que va a suceder a continuación.

En la mesa elíptica frente al trío hay una botella de agua oxigenada, varios viales y jeringuillas. Roberts está a punto de inyectarse una terapia génica experimental contra el virus del SIDA. Es una terapia experimental diseñada por los tres biohackers que nunca ha sido probada en seres humanos.

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“No puedes parar estas cosas, ni regularlas” explica Roberts a la cámara minutos antes de inyectarse en el abdomen. “...pero puedes crear un entorno en el que haya transparencia”, añade.

Roberts y sus amigos han hecho streaming de toda esta imprudencia en la página de Facebook Live de un amigo con una pequeña startup. Desde esa página, 160 almas incluyéndome a mí asistíamos asombrados al momento en el que Roberts modificaba genéticamente su organismo un lunes por la mañana desde un apartamento en Washington.

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Roberts es un programador de 27 años que se describe a sí mismo como “nómada”. También es probablemente la primera persona que se aplica terapia génica en un streaming de Internet. Hace seis años, Roberts fue diagnosticado con VIH. Hasta hace cosa de dos años, su salud se mantuvo más o menos estable gracias a la medicación, pero odiaba los efectos secundarios que deja. Después de asistir a un campamento de tres meses de tecnologías límite en Chile, Roberts tuvo un conflicto con su aseguradora que le hizo mucho más complicado tener acceso a su medicación, así que decidió comenzar a controlar su infección por medios naturales como la alimentación.

Fue entonces cuando se encontró con Ascendence Biomedical, una misteriosa firma de biotecnología de origen transhumanista que estaba buscando voluntarios que estuviesen dispuestos a participar en un experimento y después publicar los resultados de forma gratuita en Internet.

Roberts se convirtió en el primer voluntario para inyectarse con un gen llamado N6 que se supone que hará que su organismo produzca un anticuerpo que combate el VIH. El anticuerpo no es ninguna ocurrencia. Un estudio del Instituto Nacional de la Salud descubrió que es extremadamente versátil a la hora de destruir la mayor parte de cepas del VIH en laboratorio y, en teoría, impedir que el virus destruya las defensas del organismo.

El anticuerpo fue hallado en un paciente que dio positivo en VIH pero que lo producía de manera natural, con lo que desarrolló una inmunidad a la enfermedad. Actualmente hay una vacuna basada en el N6 en la segunda fase de estudios clínicos. Los investigadores confían en que el gen conducirá eventualmente a una vacuna efectiva contra el SIDA, pero aún no se ha probado en seres humanos.

Ascendence se asoció con estos tres biohackers que diseñaron un plásmido capaz de almacenar el N6 y llevarlo hasta las células. Inyectándose ese compuesto, Roberts confía en alterar su organismo para que produzca anticuerpos que combatan el VIH.

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“Todo el proceso de hacer investigación genética es simplemente mezclar líquidos y esperar”, explica Machiavelli Davis, otro de los biohackers implicado en el proyecto. “El resto del trabajo se hace completamente por ordenador”.

Hablé con Roberts durante una hora tras la inyección, y sus ánimos estaban altos: “Me siento muy animado, pero prefiero no poner todas mis manzanas emocionales en la misma cesta. Al fin y al cabo hay muchas probabilidades de que esto no funcione”.

El caso de Roberts no es ni mucho menos el único. A día de hoy se pueden comprar suministros de laboratorio en muchos lugares, y hay páginas web que venden ADN a medida. Ambas cosas han hecho florecer una comunidad de biohackers que no se limitan a hacer cerveza que brilla en la oscuridad. Están alterando genéticamente sus organismos.

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En Estados Unidos, la FDA no suele intervenir cuando un individuo se dedia a hacer experimentos con su propio cuerpo, aunque obviamente no anima a que nadie se meta en este tipo de experimentos. En cuanto a Ascendence, su CEO, Aaron Traywick, explica: “Aunque nuestros tratamientos y tecnologías no están disponibles en el mercado, sí que pueden encontrarse a través de laboratorios de investigación. Sin embargo, no recomendamos a nadie que haga lo que está punto de hacerse aquí” añade durante el Livestream.

Hank Greely es bioeticista en Stanford y explica que, aunque la FDA no intervenga, el contenido del vídeo es muy preocupante. Si realmente se ha inyectado una vacuna casera, espero que no le haga daño. Si se lo hace, al menos será candidato a un premio Darwin.

Eleonore Pauwels es experta en políticas de ciencia en el Centro Wilson y tacha el vídeo de aterrador y fascinante a la vez. Aunque no es estrictamente ilegal, a Pauwels le preocupa que este tipo de experimentos animen a otros a ponerlos en marcha en una especie de efecto bola de nieve:

¿Qué tipo de modificaciones pueden hacer otros usuarios en este tipo de experimentos? ¿Cómo sabemos que estas pruebas no pueden acabar afectando a grupos vulnerables como los niños? ¿Qué pasa si una persona sin conocimientos trata de imitar la prueba? Si pasa algo, ¿a quién se culpa? ¿Quién es éticamente responsable?

Es muy improbable que la vacuna que Roberts se ha inyectado funcione. Para empezar, la dosis es muy pequeña, y sin ensayos clínicos es muy difícil saber cómo interactuarán los anticuerpos con el sistema inmune. Roberts reconoció que antes de la prueba se inyectó una mínima dosis para comprobar que no despertaba reacciones alérgicas.

“No estoy seguro al 100%”, comenta Roberts. “Esto es completamente nuevo, pero creo que hay la suficiente base teórica científica y confío en la honestidad del experimento. En el peor de los casos quizá tenga que someterme a una liposucción en el abdomen y estaré bien”.

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Greely no está tan convencido. La principal preocupación de este especialista de Stanford es el hecho de que haya una compañía implicada:

El hecho de que haya una empresa implicada lo cambia todo. Ver al CEO de la empresa que provee el compuesto diciendo en el streaming que no recomienda a nadie hacer lo que están a punto de hacer allí, y al mismo tiempo enseñar el tratamiento en un vídeo es algo que no me inspira la más mínima confianza.

El gran sueño de Traywick, por su parte, es financiar pruebas clínicas transparentes que comenzarán el año que viene en lugares como Sudáfrica. Su intención es precisamente criticar el actual sistema de desarrollo de fármacos haciendo públicos los resultados online. También quiere facilitar a otros las herramientas para que experimenten por sí mismos. En enero confía en poder vender los compuestos a bajo coste. La misma vacuna que se ha inyectado Roberts costará 100 dólares cuando su desarrollo ha costado cerca de 5.000.

Sabemos que habrá una demanda por parte de personas como Tristan que quieren experimentar con ellos mismos y no nos sentimos cómodos restringiendo ese acceso. Creemos que el enfoque científico e inteligente de Tristan a la hora de registrar los resultados de esta terapia servirá de modelo para otros que deseen hacer lo mismo y al mismo tiempo asegurará la total transparencia del proceso.

En el vídeo, sin embargo, no queda muy claro si Roberts realmente entiende a lo que se está sometiendo. En un momento se refiere al ADN como ARN. En otro, Davis le corrige sobre el funcionamiento de la vacuna que estáa punto de administrarse. Tras la inyección, Roberts me dijo:

En algún momento tiene que haber un ser humano que la pruebe por primera vez. Creo que hacerlo en público y de manera transparente es lo mejor que podemos hacer. Siempre va a haber errores y contratiempos, pero es mejor que sean en abierto a esconderlos bajo la alfombra.