Imagen: Wassim LOUMI

Por regla general, prefiero que no me cuenten secretos. En el mejor de los casos sólo sirve para tener que guardarme algo que posiblemente quiero contar. Además y dependiendo de la importancia, podría tener que soportar el peso de saber algo demasiado “grande”. ¿Qué pasa con los secretos que no contamos?

De esto trata el trabajo que tiene al profesor Michael Slepian, de la Columbia Business School, como principal investigador. Un estudio donde su equipo ha descubierto que la carga de tener secretos puede afectar mucho más de lo que posiblemente hemos considerado.

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Para ser más específicos, el estudio indica que algunas personas pueden llegar a sentirse físicamente más pesadas cuando tienen un secreto, y ese “peso” extra puede llegar a desviar la forma de funcionar diariamente. Así lo explica el profesor:

La gente tiene esta curiosa manera de hablar de los secretos y cómo colocarlos. Nosotros encontramos que cuando la gente estaba pensando en sus secretos, actuaron como si estuvieran agobiados por el peso físico, y parecen tener un poderoso efecto incluso cuando no ocultan un secreto en el momento.

La vida y el “peso” de los secretos

Secrets. Wikimedia Commons

Para llevar a cabo el trabajo, los investigadores examinaron hasta 13.000 secretos de la vida real registrados en 10 estudios previos. Con ello trataron de averiguar los secretos que la gente guarda, qué es tener un secreto y por qué mantener un secreto es visto como una experiencia humana negativa.

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Lo que más les interesaba examinar era la supuesta suposición de que los secretos pueden ser perjudiciales para el bienestar físico y mental de una persona. De hecho, habían observado en investigaciones previas vinculaciones entre los secretos y la depresión, la ansiedad o la mala salud física.

Slepian partió de una pregunta: “¿Es el contenido de los secretos lo que lo hace tan angustioso, o el simple hecho de que los humanos respondemos terriblemente a mantenerlos escondidos?” Esos 13.000 secretos a examen se dividieron en 38 categorías comunes. Luego los presentaron a 2.000 participantes.

Las categorías implicaban cosas tan “humanas” como mentir, hacerle daño a alguien, consumir drogas, robar, violar la confianza de otra persona, la infidelidad sexual o la orientación sexual. Cuando se le preguntó a los participantes si guardaban secretos relacionados con cualquiera de estas categorías, los investigadores encontraron que una persona promedio guardaba 13 de los 38 secretos categorizados, y que además cinco de ellos nunca se lo habían contado a alguien ni tenían intención de contarlos en su vida.

Les Petits Secrets. Wikimedia Commons

De esta forma, el trabajo encontró que hay un 47 % de probabilidades de que uno de sus secretos involucre una violación de la confianza y un 60% de que implique una mentira. También encontró que hay un 33% de probabilidades de que se trate de un robo, una relación oculta o el descontento en el trabajo.

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Pero lo más inesperado llegó después. El equipo preguntó a los participantes con qué frecuencia pensaban en esos secretos en el último mes y cuántas veces se encontraban en situaciones que los obligaban a ocultar estos secretos.

¿El resultado? Los secretos eran mucho más propensos a aparecer cuando la gente estaba a solas con sus pensamientos que en situaciones sociales. Dicho de otra forma, pasamos más tiempo reflexionando sobre nuestros secretos en nuestro propio tiempo que activamente tratando de ocultarlos. Según Slepian:

No hay una escala moral para el contenido de los secretos. Un secreto convencionalmente grande que puede ser preocupante y que consume a una persona, para otra persona puede resultar superficial. Se hizo evidente que lo que realmente determina si estos efectos ocurren es la forma en la que la gente está preocupada por sus secretos.

Hasta la fecha, los estudiosos habían asumido que los secretos tienen sus efectos por culpa de la retención interpersonal. Nuestro trabajo sugiere que, cuando se trata de secretos, los actos de ocultación puede ser un impulsor menos potente de la salud y el bienestar disminuido de lo que se suponía.

Finalmente, el profesor y su equipo sugieren una idea para no volvernos “locos” con los secretos. Tal vez, lo mejor sea tratar de pensar en ellos como algo que tenemos, sin más, en lugar de pensar en ellos como algo que debemos mantener a escondidas. [Journal of Personality and Social Psychology vía New Yorker]