Existen muchas historias sobre la Segunda Guerra Mundial, y la mayoría son conocidas por el gran público. Sin embargo, es muy posible que todavía existan relatos sorprendentes que muy pocos conocen sobre esta etapa oscura, como la de los Hibakusha.

Comenzó por la mañana muy temprano, el 6 de agosto de 1945. Militares japoneses se encontraban en las montañas al este de Hiroshima, Japón, y divisaron dos bombarderos B-29 estadounidenses volando en formación cerrada, seguidos de un tercer B-29, a unos pocos kilómetros de distancia.

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No estaban demasiado preocupados. El avión volaba inusualmente alto para un bombardeo. Las incursiones que habían devastado más de 60 ciudades japonesas desde marzo de 1945 operaban a una altitud mucho menor, e involucraban un gran número de bombarderos. De hecho, que recordaran, los únicos B-29 que volaron tan alto en el pasado habían estado en misiones de reconocimiento, nunca en misiones de ataque.

El Enola Gay. Wikimedia Commons

Poco después, los tres aviones cambiaron de rumbo y se dirigieron directamente a Hiroshima. Incluso así, los oficiales no se alarmaron. Era común que estos aviones se encontraran cerca de la ciudad antes de partir para bombardear otros objetivos. Hay que pensar que en esta última etapa de la guerra, el combustible, la munición, los aviones y los pilotos eran escasos en Japón. Los militares no podían darse el lujo de desperdiciar recursos persiguiendo un puñado de aviones. Por tanto, estos B-29 se acercaron a Hiroshima sin que nadie les molestara.

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Dos de los tres aviones eran inofensivos, llevaban equipamiento científico y de reconocimiento. Sin embargo, el último avión, el Enola Gay, tenía una de las misiones más letales de la guerra (y de la historia). Llevaba una bomba atómica, una con un poder a 18.000 toneladas de TNT, la bomba más grande que se haya usado jamás en la guerra.

A las 8:15 am, el Enola Gay lanzó la bomba sobre la ciudad. Su explosión destruyó gran parte de Hiroshima y mató a más de 75.000 personas, nada menos que el 30% de la población. Además, otras 70.000 morirían en unas semanas.

El señor Morimoto

Hiroshima y Nagasaki. Wikimedia Commons

Aunque en ese momento no se supo, hubo gente en la ciudad que tuvo mucha suerte. Entre ellos el señor Morimoto. Un experto en cometas que se encontraba ese día en la ciudad en misión secreta. Curioso, ya que Morimoto debía acudir a un encuentro donde se hablaría de la posibilidad de que las cometas pudieran usarse para proteger a la flota japonesa de un ataque de aviones estadounidenses.

Aquella mañana había visitado la casa de su primo, a poco más de 1 kilómetro de la zona cero cuando estalló la bomba. Más del 90% de las personas que estaban tan cerca murieron, pero Morimoto, su primo y el hijo de su primo, sobrevivieron. Según recordó a los medios:

Hubo algo así como un rayo, y junto con el flash la casa se derrumbó y quedamos atrapados bajo el techo y los escombros. Sin embargo, los tres estábamos vivos, sin dolor, a excepción de algunos hematomas por el techo caído, lo que de hecho nos impidió estar expuestos a la horrible explosión.

B-29 sobrehilando Osaka. Wikimedia Commons

Al igual que muchos supervivientes cuando se levantaron tras el impacto, supusieron que la explosión había estado cerca, tal vez causada por un tanque o una bomba que cayó cerca. Sea como fuere, al poco tiempo se dieron cuenta de que no era una bomba normal. Cada edificio dentro de un radio de 1 kilómetro de la explosión fue aplastado, y cada edificio dentro de un área más grande había sido destruido por el fuego.

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El señor Morimoto regresó al hotel donde se había alojado para ver si podía rescatar alguna de sus pertenencias. Allí descubrió que tres de sus colegas también habían sobrevivido: Shinji Kinoshita, T. Doi y Masao Komatsu. Los cuatro hombres pasaron la noche en las ruinas del hotel.

La noticia de la destrucción de Hiroshima se había extendido al resto de Japón, pero los supervivientes no tenían forma de comunicarse con los familiares que todavía estaban vivos. La bomba había golpeado todas las líneas telefónicas y telegráficas, así como las estaciones de radio. Así que los 4 hombres decidieron regresar a casa para más tarde abandonar la ciudad. En la tarde del 8 de agosto salieron en un tren en dirección a su ciudad natal: Nagasaki.

La segunda bomba

Hiroshima desde el aire. Wikimedia Commons

Llegaron el día que se arrojó una bomba atómica sobre la ciudad. No hay otros casos para comparar la mala suerte que pudieron tener Morimoto y el resto de sus compañeros. Sin duda, de película (de miedo).

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Aunque los trenes salieron de Hiroshima llenos de refugiados que huían, la mayoría de los pasajeros viajaron tan solo unas pocas paradas más allá de la ciudad antes de salir. Se estima que al menos 160 supervivientes de la bomba de Hiroshima viajaron a Nagasaki, estuvieron allí para la segunda explosión atómica y vivieron para contarlo. Una auténtica locura.

Sin embargo, hay un dato a tener en cuenta. Si bien podemos tildar de muy mala suerte estar cerca de la explosión de dos bombas atómicas en cuestión de horas, el azar quiso que muchos de los ciudadanos de Nagasaki que hablaron con los supervivientes de Hiroshima antes de que cayera la segunda bomba tuvieran la suerte de haberlo hecho.

Nagasaki antes y después de la bomba. Wikimedia Commons

Así aprendieron información valiosa que aumentó sus propias posibilidades de supervivencia.

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Por ejemplo, los supervivientes de Hiroshima sabían que un corto intervalo de tiempo separaba el destello cegador inicial de la luz de la onda expansiva destructiva que la seguía. Las personas cercanas a la zona cero tenían solo un segundo o dos para cubrirse antes de que golpeara dicha onda.

Las personas más alejadas tenían algo más de tiempo, no mucho más, pero unos pocos segundos eran suficientes para huir a un sótano o un refugio antiaéreo cercano, o al menos para agacharse por debajo del nivel de la ventana antes de que el cristal explotara en miles de pedazos y se transformaran en proyectiles .

Yamaguchi

Yamaguchi. Wikimedia Commons

El señor Yamaguchi fue otra de las personas que sobrevivió a las dos explosiones. Yamaguchi trabajaba como jefe de planta para Mitsubishi y fue uno de los supervivientes de Hiroshima que regresaba a Nagasaki.

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El hombre pudo compartir sus experiencias tras el primer impacto con sus trabajadores, haciendo hincapié en la importancia de alejarse de las ventanas tan pronto como vieran el destello.

Cuando el flash llegó poco después, muchos de sus trabajadores buscaron refugio detrás de escritorios y otros objetos resistentes. Aquel día, la planta donde trabajaba sufrió mínimas consecuencias. En cambio, en otras secciones hubo un gran número de heridos graves por los cristales.

Hibakusha contando sus historia. Wikimedia Commons

Todas estas personas, como Yamaguchi, Morimoto, Doi o Kinoshita, son los conocidos en el tiempo como nijyuu hibakusha. Su traducción viene a decir algo así como “personas doblemente afectadas por la bomba, pero supervivientes a ella”. Sus historias no se supieron durante mucho tiempo. En parte, porque muchos de ellos renunciaron a hacerlo público por el estigma asociado con ser un superviviente de una bomba atómica.

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Debido a que muchas veces sufrían de fatiga, malestar general y otras enfermedades causadas por la exposición a la radiación, los hibakusha sufrieron discriminación laboral e incluso aislamiento social, rechazados por personas que temían que su extraña enfermedad pudiera ser contagiosa.

Otra razón para el silencio de tantos hibakusha fue que, aunque tuvieron mucha suerte de haber sobrevivido a dos bombardeos atómicos, su experiencia fue tan traumática que simplemente decidieron no hablar de ella, al menos no públicamente.

En el año 2005 Yamaguchi se convirtió en la voz de aquellos que guardaron silencio. Su hijo murió de cáncer y su historia se hizo pública. Entonces comenzaron a salir a la luz el resto de relatos como el de Morimoto, quien todavía sigue vivo. Yamaguchi en cambio falleció cinco años después que su hijo. Murió de cáncer. [Wikipedia, To Hell and Back: The Last Train from Hiroshima, Wikipedia, The Guardian]