Las drogas y la ciencia. A lo largo de la historia una ha servido a la otra. Mientras que con una se experimentaba, con la otra se analizaban dichos experimentos. Trabajos con animales dignos de elogio, experimentos nobles que han ayudado a entender un poco más nuestro planeta…

Y luego está la historia de Tusko.

Monos, ratones, arañas, cabras, vacas, cerdos, perros y hasta delfines han pasado por los diferentes laboratorios de esos locos científicos que han intentado buscar una explicación sobre lo que ocurre alrededor de nosotros. Pero al igual que muchos de ellos han servido para dar salida y respuestas a muchas preguntas, otros, quizá los menos, siguen siendo hoy un misterio que escapa a la razón.

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Lo ocurrido a comienzos de los 60 es, posiblemente, el mayor y más controvertido experimento que jamás se ha llevado a cabo con los animales. Una historia que daba comienzo una calurosa mañana de 1962.

Tusko era un elefante que llevaba una vida de lo más pacífica en el zoológico de Oklahoma. La rutina diaria de este simpático elefante comenzaba con un buen baño diario al que le seguía todo un día entero de juegos con su pareja Judy. Eran tan adorables que pasaban por ser una de las grandes atracciones del público, quiénes se quedaban embelesados con sus juegos desde el otro lado de la valla.

Pero el viernes 3 de agosto de 1963 todo cambió. Tusko se había levantado risueño en su granero y podemos estar seguros de que jamás podría prever lo que ese día le tenía reservado. El adorable animal estaba a punto de convertirse en el primer elefante que recibía una dosis de LSD. Peor aún, ese día se convertiría en el receptor de la mayor dosis de la droga administrada a cualquier criatura en el planeta.

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Un registro que aún hoy se mantiene vigente.

El LSD antes de Tusko

Dilatación de las pupilas, una de las reacciones físicas del LSD. Wikimedia Commons

Esta idea macabra fue obra de dos médicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Oklahoma, Louis West y Chester Pierce, junto al director del Zoo Warren Thomas. Eran los 60 como se suele decir, y los tres hombres quedaron impresionados por los efectos del LSD hasta tal punto, que buscaban aprender más sobre sus propiedades farmacológicas. Así, en un esfuerzo por expandir las fronteras del conocimiento psiquiátrico, los tres tipos trasladaron sus imaginaciones a los elefantes.

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No eran los únicos interesados en el LSD. En aquel momento había una gran cantidad de investigación sobre la droga por diferentes razones. Los médicos estaban fascinados por el LSD debido al poderoso efecto que tenía en los pacientes. Parecía una droga maravilla, capaz de aumentar la conciencia de los pacientes, en muchos casos para facilitar la recuperación de recuerdos y en general como medida capaz de alterar completamente los patrones de comportamiento.

Incluso hubo informes que decían que el LSD era capaz de curar el alcoholismo de la noche a la mañana. Fue una época donde se llegó a rumorear que podría tener un efecto similar sobre la propia esquizofrenia. Pasaron los años y a mediados de los 60 los médicos comenzaron a preocuparse más por los peligros de la droga, en buena medida debido a su creciente popularidad entre la juventud y como elemento mitificado de la contracultura. Esto fue precisamente lo que llevó al gobierno de Estados Unidos a prohibir su uso.

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Pero no fueron únicamente los científicos quienes “probaron” sus usos de manera pública. La CIA también se mostró extremadamente curiosa acerca de las aplicaciones militares de la droga. En este caso los estudios partían de la siguiente premisa: ¿podría el LSD ser utilizado como un agente debilitante en una hipotética guerra química? ¿y cómo herramienta de lavado de cerebro?

Estructura LSD. Wikimedia Commons

Para obtener respuestas a estas preguntas la agencia canalizó grandes sumas de dinero a investigadores de toda América. De hecho, la mayoría de los profesionales que trabajaban en las ciencias del comportamiento recibían dinero de la CIA, aunque muchos lo ignoraban porque la agencia distribuía fondos a través de varias organizaciones pantalla. Nunca se pudo comprobar que tras el experimento con elefantes y LCD estaba la CIA, pero desde luego, coincide en el tiempo con los esfuerzos por su estudio.

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Y por último estaban los psiquiatras, quienes estaban interesados en la droga porque sus efectos parecían imitar los síntomas de la enfermedad mental. Según los profesionales podía producir lo que denominaron “modelo de psicosis”. De hecho el LSD fue probado por varios médicos con el fin de obtener un sentido más íntimo y cercano de lo que los pacientes estaban experimentando, razón por la que obviamente, los animales pasaron a formar parte de estas pruebas con la esperanza de que pudieran simular (experimentalmente) la enfermedad mental y examinar el fenómeno de una manera más controlada. Desde esta perspectiva, darle a un elefante LSD era el resultado lógico para tales estudios.

Sin embargo, los tres intrépidos investigadores que eligieron a Tusko estaban particularmente interesados en los elefantes por razones adicionales. La primera, por el gran tamaño del cerebro del animal, lo que ofrecía un análogo más cercano a un cerebro humano. En segundo lugar, los elefantes machos experimentan episodios periódicos de locura conocidos como musth. Cuando entran en este estado los machos se vuelven muy agresivos y secretan temporalmente un extraño fluido pegajoso entre sus ojos y oídos.

West, Pierce y Thomas razonaron que si el LSD desencadena realmente una locura temporal, entonces podría ser capaz de causar que un elefante entrara en musth. Y si esto sucedía, los tres tendrían una poderosa validación de la capacidad del LSD para producir un “modelo de psicosis”. Y dentro de esta surrealista teoría, lo mejor de todo es que podrían verificar la aparición de musth si aparecía ese fluido pegajoso.

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Esta y no otra fue la razón científica que se ofreció para llevar a cabo el experimento. Claro que existían muchas dudas, la primera y quizás más perturbadora de todas es una que posiblemente te estés imaginando:

¿Cómo demonios actuará un elefante con ácido?

El viaje de Tusko

Elefante en el desierto. Getty

Como decíamos, la mañana del 3 de agosto ya estaba fijada. Ese día los experimentadores estaban listos. Thomas había organizado la “sesión” de Tusko, un elefante macho indio de 14 años. La compañía farmacéutica Sandoz había proporcionado el LSD y sólo faltaba una cosa, un detalle bastante importante: averiguar la cantidad apropiada de LSD para Tusko. Y es que, por si había alguna duda, nunca antes se había dado LSD a un elefante.

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Hablamos de uno de los medicamentos más potentes conocidos por la ciencia médica. Con 25 microgramos, menos que el peso de un grano de arena, una persona puede estar bajo los efectos medio día. Quizá por ello pensaron que un elefante necesitaría más que una persona, tal vez mucho más, y lo que tenían claro es que no querían arriesgarse a quedarse corto. Thomas había trabajado con elefantes en África y sabía que podían ser extremadamente resistentes al efecto de las drogas, así que finalmente se arriesgan y tiran por lo alto: Tusko iba a tomar una dosis de 297 miligramos, dicho de otra forma, tres mil veces el nivel de una dosis humana.

Entonces los hombres sacan fuera del granero a Tusko. Eran aproximadamente las 08:00 de la mañana. Thomas le dispara al animal una jeringuilla en el trasero. Lo que se pudo escuchar a continuación fue una especie de pequeño rugido por parte del elefante. Acto seguido comenzó a correr como si no hubiera mañana. El elefante estaba sobreexcitado, su inquietud aumentaba por momentos, luego comenzó a perder el control de sus movimientos. Su compañera Judy se acercó y trató de mantenerlo en pie.

Pero de repente, Tusko cae derribado, pierde el control y se da de bruces contra el suelo. Los ojos del elefante están perdidos, el animal empieza a temblar, su lengua comienza a tornarse en un extraño color azulado. Tusko parecía que estaba teniendo una convulsión.

Portadas al día siguiente del experimento

Había muy pocas dudas de que algo había salido mal. Los investigadores se dieron cuenta y tomaron medidas rápidamente para intentar contrarrestar el LSD. Le administraron 2.800 miligramos de un antipsicótico, clorhidrato de promazina. En un primer momento aliviaron la violencia de las convulsiones, pero no por mucho tiempo. Ochenta minutos después el elefante estaba todavía tendido y jadeando en el suelo. Desesperados y sin saber qué hacer, los investigadores le inyectaron un barbitúrico, pentobarbital sódico, pero no sirvió de nada.

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Unos minutos después lo perdían. Musko moría delante de los tres tipos.

Es muy posible que en ese preciso momento se miraran entre ellos y se preguntarn algo parecido a: “¿cómo hemos llegado a esta situación? o ¿qué hacemos aquí?”. Desde luego, la muerte de Tusko no estaba en los planes de ninguno. Se suponía que un elefante de LSD debía correr un poco, quizás mover la trompa unas cuantas veces y, con suerte, secretar ese líquido que indicaba que el animal entraba en musth y que los reconocería como grandes científicos. Además, ni siquiera tendría resaca. En cambio, los tres tipos tenían delante de ellos a un elefante muerto y un montón de preguntas que hacer.

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Después de varios exabruptos los tres intentaron razonar. ¿Podría ser que el LSD se había concentrado en alguna parte del cuerpo, aumentando su toxicidad?¿habría dado la jeringuilla con alguna vena?, o la mejor de todas, ¿serán los elefantes alérgicos al LSD? La realidad es que la autopsia realizada más tarde reveló que Tusko murió de asfixia, sus músculos de la garganta se habían hinchado hasta el punto que no pudo respirar. En un artículo publicado unos meses más tarde en Science simplemente señalaron que:

Parece que el elefante es muy sensible a los efectos del LSD.

Elefante adulto y su cría. Getty

Obviamente la noticia corrió como la pólvora y comenzaron a llegar los medios al zoológico, todos preguntando y tratando de averiguar los detalles. Esto dio pie a todo tipo de titulares sensacionalistas. Sin embargo, gran parte de los reportajes eran una mezcla de realidad y otra inventada, no se sabía qué información venía de los investigadores y qué parte fue la imaginación de los medios.

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Tanto Associated Press como el Daily Oklahoman afirmaron que los investigadores habían tomado anteriormente LSD. AP hablaba de que West tomó una dosis el jueves, lo que podría indicar que para el viernes uno de los investigadores llegó bajo los efectos, lo que arrojaría al experimento una nueva luz aún más psicodélica. En cambio el Daily Oklahoman, cuyo reportero había tenido acceso a los experimentadores, afirmó que tanto West como Pierce habían tomado LSD antes del experimento, aunque sin aclarar si se trataba de un día antes o un año.

Nunca se sabrá, pero lo cierto es que los tres filmaron todo el experimento, aunque la película permanece escondida en un archivo de la UCLA donde West trabajó más tarde. Nunca se ha hecho accesible al público, pero los que la han visto siempre han dicho que los tres investigadores parecen estar perfectamente sobrios durante el experimento.

En cuanto a las duras críticas que recibió el experimento, Thomas se defendió diciendo que no debía considerarse un fracaso. El hombre decía que, después de todo, habían aprendido que el LSD era letal para los elefantes. Una información potencialmente útil, ya que:

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Tal vez el LSD pueda servir como una manera efectiva para destruir las grandes manadas en aquellos países donde los elefantes sean un problema.

Poco más que añadir. Para Thomas no fue suficiente con el pobre Tusko bañado en la mayor cantidad de ácido que un organismo ha registrado en la historia. Para defender su experimento el hombre se imaginaba manadas enteras de elefantes vagando por la sabana africana mientras se les bombardea con LSD para que acaben falleciendo.

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Para la comunidad científica todo el experimento fue una auténtica vergüenza, aunque curiosamente los tres investigadores se convirtieron en unas pequeñas celebridades dentro de la contracultura, los tipos que “habían dado LSD a un elefante”. Y cuando el capítulo de la historia de los elefantes con ácido parecía que iba a quedar como una anécdota de mal gusto, aparece en escena Ronald Siegel para subir la apuesta. En vez de un elefante, dos.

Siegel, profesor en la facultad de UCLA, conoció en el 69 a West cuando este comenzó a trabajar allí. Estaba tan interesado en el trabajo anterior de West que en 1982 se decidió a refutar las teorías del primer experimento. Básicamente, el hombre sabía lo que NO tenía que hacer. Obtuvo acceso a dos elefantes (un macho y una hembra) que vivían en un sitio no revelado y en lugar de jeringuillas puso el LSD en el agua de los animales.

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Para asegurarse de que tendrían sed les dejó sin agua durante 12 horas, lo que también aseguraría una entrada más gradual de la droga en sus sistemas. Probó con dos dosis diferentes. Una dosis baja de 0,003 mg/kg y una dosis alta de 0.1 mg/kg. ¿Qué ocurrió?

Que los animales no murieron, lo que ya fue noticia. Muchos animales exhiben un comportamiento extraño e inusual bajo la influencia del LSD. Las arañas tejen telas muy regulares, las cabras caminan en patrones geométricos predecibles y los gatos, algunos, adoptan una postura propia de un canguro.

Estos elefantes, los primeros en probar la droga sin contar a Tusko, no hicieron nada extraño. La dosis baja los dejó prácticamente igual. En la dosis alta los elefantes mostraron un comportamiento algo más agresivo para luego volverse más lentos. Tras 24 horas, ambos animales volvieron a la normalidad. El experimento de Siegel señalaba que, efectivamente, el LSD no inducía a un estado de musth como creían los tres investigadores.

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Tras este último experimento la literatura científica cerró para siempre este capítulo de la historia. Nunca más se experimentó con elefantes con LSD, o al menos, nunca más por la ciencia.