En menos de un mes hemos asistido a la llegada de dos nuevos smartphones cuya característica más destacable es que no son nuevos, sino tan sólo dos terminales de excepcional calidad a los que se ha despojado de la capa de software del fabricante para ofrecerlos con Android puro. Ambos debuts abren un montón de preguntas interesantes sobre cuál es el futuro para la plataforma y, sobre todo, si no estaremos ante el fin de las personalizaciones.

La personalización, esa lacra

Comenzaré poniendo mis cartas boca arriba. No me gustan las personalizaciones. Las he probado todas y no me gustan nada. Las capas que Samsung, LG, HTC, Sony u otros fabricantes se empeñan en instalar sobre Android me parecen la misma lacra que las aplicaciones que los fabricantes de ordenadores se empeñan en instalar sobre Windows en los equipos nuevos. En ambos casos son un lastre mal diseñado y peor implementado que es mejor desinstalar o eliminar por el bien del rendimiento del equipo.

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Hay que reconocer que estas capas de software a veces integran aplicaciones que sí suponen un plus, como el editor de imágenes del último HTC Sense. Por otra parte, muchos usuarios no dejan de encontrar un aliciente en una interfaz más vistosa y diferenciada y, a veces, más amistosa.

Con sus pros y contras, hay una característica innegable de las personalizaciones que ya es suficiente razón como para rechazarlas de plano. Las personalizaciones interfieren en la difusión de actualizaciones básicas del sistema operativo. No hace falta decir más. Un móvil personalizado se actualizará siempre más tarde o, en el peor de los casos pero no el más infrecuente, no lo hará nunca.

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Si Asus o Acer sacaran sus portátiles con un software que impidiera a Windows actualizarse correctamente estaríamos a las puertas de las taiwanesas con antorchas y guadañas. ¿Por qué los smartphones son distintos?

El negocio de la máscara

Huelga decir que el hecho de que las capas de software interfieran con las actualizaciones no es algo que preocupe mucho a fabricantes cuya política es renovar sus smartphones cada año. Lo ideal para ellos sería precisamente que los consumidores cambien de teléfono con cada nuevo lanzamiento.

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Las personalizaciones ocultan también otros intereses. Introducir software propio para gestionar cómo se conecta el usuario a internet permite dar prioridad a negocios de aplicaciones y servicios propios. Si controlo el canal puedo poner mis anuncios y venderte mis aplicaciones por encima de las de Android.

Demasiado caros

A día de hoy, hacerse con un Android puro es un matiz que sólo una minoría muy entendida valora. A la mayor parte de los consumidores no les importa demasiado si el terminal es más lento o más rápido, o si dispone de modo administrador o no con tal de que sea bonito y funcione.

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Los intereses de los fabricantes y el que la atención al sistema operativo sea aún algo poco extendido auguraba un largo camino hasta la universalización de Android. Sin embargo, y contra todo pronóstico, Google ha logrado infectar ya dos smartphones soberbios con su Android a pelo. El primero ha sido el mismísimo Samsung Galaxy S4. Hoy le ha seguido el no menos impresionante HTC One.

Ambos terminales tienen el mismo problema. Son demasiado caros (650 dólares el S IV y 600 el One). No me extrañaría que sean los propios fabricantes los que hayan querido mantener estos precios precisamente para no ceder terreno en su ecosistema de personalizaciones.

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La llegada de estos móviles Android puros no está reñida con que Google vaya a lanzar más terminales propios de la gama Nexus. Para mi gusto, el escenario ideal sería que cada consumidor pudiera elegir si quiere su smartphone sólo con el sistema operativo básico, o quiere añadirle personalizaciones, y que estas sean completamente independientes de la marca. En ese momento será cuando los fabricantes de teléfonos tengan que empezar a competir de verdad por el favor del público, y no a imponerles un software u otro. Como siempre, los consumidores serán quienes dicten sentencia al respecto.