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Si apagamos un televisor durante un período prolongado, cuando volvemos a encenderlo este habrá perdido todos los canales que anteriormente tenía registrados. Esta teoría, aplicable en algunos aparatos de los 60 y 70, podría ser válida. Aplicado a la mente humana los resultados pueden ser desastrosos. Esto fue lo que ocurrió en la década de los 70 en un clínica psiquiátrica que prometía el fin de las adicciones. Murieron decenas de pacientes.

Lo ocurrido en esas fechas tiene a un nombre como protagonista, el doctor australiano Harry Richard Bailey. El hombre llevó a cabo durante la década de los 60 y los 70 una combinación de terapias mortíferas en pacientes bajo un slogan difícil de rechazar: prometía acabar con cualquier adicción a las drogas y enfermedades mentales con la inducción de los pacientes a un “sueño profundo”.

Bailey y las terapias del sueño profundo

Imagen: ShutterB / Shutterstock

Harry Bailey nacía el 29 de octubre de 1922 en la ciudad de Picton (Australia). Al comenzar sus estudios universitarios se inscribió en ciencias en la Universidad de Sidney, aunque no acabaría los estudios y comenzaría a trabajar como ayudante en una farmacia. De allí saltaría a Reino Unido para formarse en psiquiatría volviendo finalmente a Australia para concluir su formación en el estudio de la terapia electroconvulsiva (TEC) y la atención quirúrgica y farmacológica.

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En 1952 Bailey pasa a ser director adjunto de psiquiatría en una clínica pública. Diez años después, en 1962, comenzaría su etapa con las terapias para curar adicciones. El hombre pasa a ser el jefe de psiquiatría en el Hospital privado Chelmsford, al noroeste de Sidney. Un trabajo que llevaría a cabo hasta el año 1979, un año antes de que el escándalo saltara en los medios de comunicación.

Tras una larga investigación se descubre que durante esas dos décadas y bajo su cuidado, habían muerto 26 pacientes dentro del hospital, siendo la última de ellas el 12 de agosto de 1977. No fueron los únicos fallecidos, pero fue el comienzo de una larga investigación que destapó la “fórmula mágica” que prometía Bailey, una mezcla explosiva de terapia del sueño profundo junto al TEC.

Las terapias y los curanderos

Imagen: Máquina de terapia electroconvulsiva. Wikimedia Commons

Cuando hablamos de terapia electroconvulsiva (o de electrochoque) estamos ante un tratamiento psiquiátrico donde se inducen convulsiones a través de la electricidad. Comenzó a usarse en los años 30 y suele ser aplicada bajo casos de gran depresión, esquizofrenia o catatonia cuando otros tratamientos no han respondido.

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El TEC parte de tres variables fundamentales para su aplicación: la colocación de electrodos, las propiedades electrofísicas de la estimulación y la duración de la estimulación. Por tanto y debido a sus efectos (puede producir amnesia), estamos ante un tratamiento de segunda línea cuando no se responde a los medicamentos (primera línea si se requiere intervención inmediata médica). También estamos obviamente ante una terapia donde es fundamental el consentimiento del paciente.

Esta fue precisamente una de las fórmulas que Bailey estudió y luego quiso poner en marcha junto a la conocida como Deep Sleep, la terapia del sueño profundo que el psiquiatra aplicó. Esta terapia del sueño profundo es un tratamiento psiquiátrico en el que se usan medicamentos para mantener a los pacientes inconscientes por un período de días o semanas.

La inducción del sueño para propósitos psiquiátricos se remonta a comienzos del siglo XX con el doctor Neil Macleod. Este propuso el uso de compuestos de bromuro como “cura de sueño” y se extendió rápidamente en manicomios, principalmente porque eran más baratos y fáciles de fabricar que el cloral y producían un efecto más potente. Un cóctel muy peligroso que luego fue adoptado por otros médicos aunque finalmente se abandonó por considerarse demasiado tóxico.

Más tarde, en 1915, fue Giuseppe Epifanio el que llevó a cabo el intento de terapias de sueño inducido a través de barbitúricos en una clínica de Italia, aunque sus resultados no tuvieron gran impacto. Una época, hasta mediados del siglo XX, donde también se practicó la denominada como “electronarcosis” para trastornos psiquiátricos, en este caso implicando en el proceso que la corriente pasara a través del cerebro para inducir a un sueño profundo.

Luego llegaría la famosa “cura de sueño” introducida por el psiquiatra suizo Jacob Klaesi. El hombre recogió en su trabajo Ueber die therapeutische An wendung der Dauernarkose mittels Somnifen bei Schizophrenen un método para el tratamiento de trastornos psicóticos a través de inyecciones donde mezclaba dos barbitúricos comercializados para mantener a los pacientes en un estado de narcosis continua durante una semana. Este método fue utilizado hasta los 60, momento en el que aparece Bailey en Chelmsford.

Chelmsford, banco de pruebas del horror

Trazando esta línea en el tiempo de las diferentes terapias, llegamos a esa fecha de 1962. Baley estaba convencido de que la combinación de la terapia del sueño profundo junto a dosis de TEC podría liberar a los adictos de su adicción así como un gran número de enfermedades mentales.

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Según el hombre, un cóctel de barbitúricos dejaba a los pacientes en un estado de coma que duraría hasta 39 días como máximo, tiempo durante el que el psiquiatra administraba TEC a los mismos. Bailey basaba esta invención de tratamiento con la desconexión que sufría un televisor tras un tiempo desconectado. De la misma forma y según su teoría, el cerebro “apagado” durante un período prolongado de tiempo permitiría “desaprender” los hábitos que llevaron a la adición, depresión o trastornos psiquiátricos a los pacientes.

El hombre además describía como referencias a su postulado a los psiquiatras con los que había trabajado en Reino Unido, los cuales aseguraba que habían utilizado parte de sus métodos en algún momento, aunque más tarde se encontró que todo era mentira a excepción de un uso similar en un grupo experimental de ex soldados traumatizados. En cualquier caso nada que ver con las terapias a las que sometió entre el 62 y el 79 con alrededor de 1.127 pacientes.

Se destapa el horror

Imagen: Anki Hoglund / Shutterstock

En 1980 dos documentales de televisión destapan lo que había estado ocurriendo en el interior del Hospital Chelmsford. Dos años después, en 1982, el Hospital cierra. En los programas se descubre que entre los afectados estuvo la estrella australiana, el compositor Stevie Wright, quién había acudido para ser tratado por su adicción a la metadona.

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Junto a los programas de televisión el medio Sydney Morning Herald cubrió con amplios reportajes el horror que se vivió durante dos décadas. El trabajo del medio recogía el fracaso y mala gestión que existió ante las quejas de familiares durante este tiempo. Los medios de comunicaciones fueron los que obligaron a las autoridades a abrir una investigación y nombrar una comisión para la misma.

En 1985 la investigación destapa los resultados en relación al tratamiento de Bailey en Chelmsford. Unos documentos donde se explica con todo detalle, no sólo las prácticas que llevaron a la muerte a muchos pacientes, también las condiciones deplorables, el fraude, la mala conducta y la negligencia médica en la que se incurrió.

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Más tarde se publicaría el libro de Toni Lamond, una artista australiana que también pasó por el Hospital de Bailey en 1970. En su libro First Half Lamond describía en un pasaje lo que ocurrió una vez fue admitida. Había entrado por su adicción a las drogas después de que un amigo le recomendara la terapia de Bailey:

En mi caso me dieron una habitación semi-privada. De camino a ella vi varias camas a lo largo de los pasillos con los pacientes dormidos. El paciente en la otra cama de mi habitación también estaba dormido. En aquel momento no pensé nada de él. A pesar de que era mediodía, el silencio era inquietante para un hospital que parecía estar lleno a rebosar. Me dieron un puñado de pastillas y lo siguiente que recuerdo fue el Dr. Bailey de pie junto a la cama preguntando cómo me sentía. Le dije que había tenido una buena noche de sueño. Se rió y me informó que habían pasado diez días y, lo que es más, que había cogido algo de peso. Cuando salí del hospital esta vez sí me di cuenta de que los otros pacientes a los que había visto al principio todavía estaban dormidos...

Se calcula que durante la época en la que Harry Bailey estuvo practicando estas terapias murieron un total de 85 pacientes conectados con las mismas. De ellos, 26 fallecieron en el interior del Hospital y 19 se suicidaron más tarde. En cuanto a Bailey, antes de ser procesado se suicidó el 8 de septiembre de 1985 tras la ingesta de barbitúricos. Lo hacía dejando la siguiente nota:

Que se sepa que los cienciólogos y las fuerzas de la locura han ganado.


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