¿Recuerdan que hace diez años el director Michael Bay tomó las simples caricaturas de los Transformers de los 80 y los convirtió en ultracomplejos y brillantes seres llenos de partes móviles sin sentido? Bien, lo que Bay hizo con los Transformers ochenteros es lo que acaba de hacer con la quinta película de la franquicia, El último caballero.

El último caballero está tan recargada de historias, tiene tanta información inservible agolpada en cada escena, que no hay espacio para nada más. No hay espacio para el matiz, para el desarrollo de personajes, para la lógica, el entusiasmo o incluso para la emoción verdadera (aunque Bay no se ha destacado nunca por poner ninguna de estas cosas en cámara, al menos en las películas de Transformers). La película es una recargada e incesante sinfonía explicativa con más momentos malos que buenos. Y está ejecutada con tal exceso de seriedad que incluso cuando intenta brindar momentos más ligeros casi siempre fracasa.

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Pero las películas de Transformers no se caracterizan por la potencia de sus historias; solo buscan ser películas de acción enormes y sin sentido, ¿cierto? La cuestión es que, aparentemente, todos los involucrados olvidaron ese detalle. Sujétense:

Sí, incluyeron un dragón en la película. De hecho, dos.

En la antigua Inglaterra, el mago Merlín encuentra una nave Transformer y pide su ayuda para salvar a su pueblo. Ese descubrimiento y el posterior vínculo con los Transformers cambia el curso de la historia, la cual ha ido desarrollándose con la significativa ayuda de los Transformers. Sin embargo, esta participación ha permanecido oculta por generaciones gracias a un grupo secreto llamado los Witwiccans.

Mientras tanto, Optimus Prime viaja a su planeta natal, Cybertron, para encontrar a su creadora, la malvada Quintessa, que desea revivir su planeta succionando la vida de la Tierra. Para hacerlo, necesitará convertir a Optimus Prime en un villano y obligarlo a recuperar un antiguo báculo —el báculo que los Transformers le dieron a Merlín hace varias centurias—. Por cierto, este báculo solo puede ser encontrado y empuñado por el último pariente vivo de Merlín, una profesora de Oxford llamada Viviane (interpretada por Laura Haddock).

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Los Witwiccans están en la búsqueda de Viviane para recuperar el báculo, al tiempo que Cybertron, con Quintessa y Prime a bordo, desciende lentamente hacia la Tierra. Mientras tanto, el resto de los Autobots deben ayudar a los Witwiccans, detener a Quintessa, a Prime, a Cybertron y también pelear contra Megatron, que también está del lado de los chicos malos.

Esa es la cara de desconcierto de alguien que se ve en medio de la entrampada historia de Transformers.

¿Olvido algo? De hecho, sí (y mucho). La descripción que acabo de hacer de la trama básica ni siquiera menciona a la estrella de la película, Cade Yeager (interpretado por Mark Wahlberg), a la joven nueva heroína (interpretada por Isabela Moner), a los actores de reparto como Anthony Hopkins (como el líder de los Witwiccans), Jerrod Carmichael (el asistente de Cade), John Turturro (retomando su papel de las tres primeras películas), Josh Duhamel (también de nuevo en su papel de las películas anteriores, pero esta vez como un espía), Tony Hale (como un nerd del Laboratorio de Propulsión a Reacción de la NASA), Glenn Morshower (en su papel de militar), entre muchos otros. Tampoco he mencionado a la mayoría de los Decepticons de las películas anteriores, otros Autobots de la saga, nuevos Autobots como Hot Rod, Sqweeks, un raro personaje de mayordomo llamado Cogman, o los nuevos Decepticons, que son tan rápidamente introducidos y eliminados de la película que prácticamente es como si no estuviesen allí.

Hay también una historia de amor, una subtrama padre-hija, una nueva agencia gubernamental anti-Transformers, Dinobots, Dinobots bebés, el monumento Stonehenge, misteriosos cuernos creciendo fuera de la Tierra, un cliffhanger que aperece a mitad de los créditos finales… y la lista sigue y sigue.

De alguna manera, todo esto y más está condensado en una película que, con dos horas y 26 minutos incluyendo los créditos, es la segunda película de Transformers más corta que Bay ha hecho. Sin embargo, créeme si te digo que no se siente como si lo fuese.

Isabela Moner con algunos Dinobots bebés. No se preocupen, no juegan un rol importante en la película.

Usualmente, no desperdiciaría cientos de palabras de una reseña haciendo una lista de lavandería de las diversas tramas de la película, pero en eso consiste prácticamente todo El último caballero. El tiempo de pantalla restante está reservado para la locura azarosa. Por ejemplo, en un punto Cogman, quien se encuentra debajo del agua en un antiguo submarino con Viviane y Cade (por cierto, olvidé decirles acerca del submarino y las cosas bajo del mar), se dispara como un torpedo para capturar un pescado con tal de que los humanos puedan tener una cena romántica, justo en medio de una gran escena de acción. También está la agencia gubernamental anti-Transformer, que hace un trato con Megatron, y le devuelve a muchos de sus aliados que mantenía prisioneros. Esto podría sonar en parte razonable, excepto por el hecho de que son presentados nuevamente en una larga secuencia del tipo Escuadrón Suicida, incluso con sus nombres escritos en la pantalla. Se siente completamente fuera de lugar, en especial cuando caes en la cuenta de que son completamente irrelevantes para la trama (al igual que Megatron)

Actores galardonados como Turturro lucen completamente forzados en la historia y absolutamente superfluos. El tiempo y el espacio, por otro lado, está en gran medida desatendido, pues los personajes van de Chicago a Dakota del Norte en minutos y Cybertron se estrella con la luna sin ninguna consecuencia. Los personajes, en ocasiones, desaparecen por horas. Todo esto deja enormes huecos en la trama, y hay también referencias a las películas anteriores que te desconectarán el cerebro un buen rato.

Megatron exigiendo algo para... algo. No queda claro.

El último caballero es un disparate. Y cuando crees que ya no puede ser más disparatada, surge el tercer acto. Las películas de Transformers de Michael Bay han sido siempre conocidas por sus inmensas escenas finales de acción, y las de El último caballero son las más grandes hasta la fecha. La mayoría de personajes que hemos mencionado se juntan en una escena que incluye planetas cayendo, gravedad cero, paracaidismo, helicópteros volando fuera de naves espaciales, muchísima acción robot contra robot, un dragón de tres cabezas, y más. Después de dos horas de dolor de cabeza tratando de darle unidad a la historia, fue realmente agradable apagar esa parte de mi proceso mental y solo disfrutar la impresionante carnicería que nos ofrece Michael Bay. De hecho, hay algunos momentos que son genuinamente impresionantes. Con todo, este final épico pierde su gravedad porque todo lo que le precede descuida el mantenernos emocionalmente inmersos.

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No se confundan: Transformers: El último caballero no es una buena película. De hecho, es más bien el equivalente a cinco malas películas agrupadas en una. Si hay algo bueno que decir sobre la película es que su inmensa ambición, extensión y epílogo son… dignas de mención. Ojalá se hubiesen eliminado 60 o 90 minutos de la “historia”, de manera tal que la película se hubiese sentido más encauzada y digerible para llevarnos a disfrutar plenamente de ese increíble tercer acto. En vez de eso, el final es solo una dulce aunque disparatada cereza encima de un helado de sinsentido.