Hacer una película sobre un videojuego en el que los protagonistas llevan hombreras del doble de tamaño de su cabeza no es nada fácil. No se puede decir que Duncan Jones y su equipo no lo hayan intentado. De hecho, lo han intentado tan fuerte que se han olvidado de lo primordial: los juegos en que se basa.

Como siempre, esta reseña está absolutamente libre de Spoilers. Puedes leer tranquilamente.

En 1994 llegó a mis manos un juego llamado Warcraft: Orcs & Humans. Desde entonces he jugado con auténtica devoción a todas y cada una de sus entregas y expansiones. A World of Warcraft entré en la versión Vanilla y, salvo por un período de desintoxicación que coincidió con Cataclysm y Mists of Pandaria, nunca he perdido Azeroth de vista.

Los escenarios son una auténtica maravilla.

En otras palabras, soy fan acérrimo de la saga desde sus comienzos, pero al mismo tiempo soy consciente de las limitaciones y los obstáculos que tiene un proyecto como Warcraft: El origen. Por eso mismo fui al cine armado de paciencia y comprensión, y con la mejor actitud posible. Quería creer que la película podía obrar el milagro de convertir una franquicia de videojuegos que cae con demasiada frecuencia en los excesos más ridículos en una buena película de fantasía épica.

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A la postre, ese es precisamente el principal problema de Warcraft, el origen, que se la han tomado tan en serio que han roto todos los lazos con su espíritu original, pero vayamos por partes.

Efectos visuales y ambientación

Técnicamente, Warcraft, el Origen es espectacular. Los puntillosos del CGI encontrarán multitud de detalles en los que cebarse aquí y allá, pero los efectos visuales hacen honor a su presupuesto (160 millones de dólares). Destacan especialmente los efectos de la magia, y los escenarios. Los nostálgicos de World of Warcraft encontrarán multitud de rincones que les harán exclamar: “¡Eh, yo he estado ahí!

Los orcos me parecen un tanto exagerados y demasiado masivos, pero el exceso estético siempre ha sido una constante en la saga. Técnicamente, la película se deja ver y es satisfactoria, que es lo que cuenta.

El problema, resumido en una escena

Nada más empezar la película, hay una escena muy breve que puedo contaros sin que me acuséis de spoilers. No tiene la menor importancia en cuanto a guión, pero es el ejemplo perfecto del problema que quiero ilustrar. La escena tiene lugar en Forjaz, la capital del reino de los enanos. Un mensajero llega corriendo, exhausto, con un pergamino en la mano. El enano que recoge la misiva contempla al esforzado mensajero y le dice: Ve a beber un poco de agua.

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Agua. Un enano diciéndole a otro que vaya a beber agua.

¿En serio, Blizzard?

Para alguien que no haya jugado nunca a ningún Warcraft, el comentario pasará completamente desapercibido, pero resulta que en el lore de los juegos, los enanos son auténticos entusiastas de la cerveza. No es una cuestión banal. Los comentarios sobre cerveza son constantes en el juego. Se hacen chistes sobre ello. Hay misiones que consisten en recuperar cerveza para enanos especialmente sedientos. Un enano ofreciendo a otro agua es tan probable y tan creible como un vulcaniano saludando a otro haciendo la peineta en vez de con el tradicional gesto de los dedos.

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El detalle no es grave, y una sola escena no hace mala toda una película, pero es una oportunidad perdida para colar un pequeño chiste o un guiño al espectador fiel a la saga. Y lo peor es que el comentario del agua sucede en los primeros minutos, y es solo la primera de una larga lista de oportunidades perdidas.

Exceso de solemnidad

Warcraft, el Origen es una película sin el más mínimo sentido del humor. Apenas hay momentos de relax, y no logro recordar ningún comentario que me hiciera sonreír. Los personajes van a juego con el guión. Todos están preocupados, con el ceño fruncido y la mirada pensativa. Es como si los guionistas hubiesen querido replicar el tono lúgubre de sagas como Juego de Tronos. El problema es que el juego en el que se basa nunca ha tenido ese tono ni en sus momentos más oscuros.

En los años que llevo jugando a World of Warcraft, mis mejores recuerdos son bastante absurdos. Recuerdo ridículas invasiones suicidas a Forjaz, a un grupo de héroes esperando en Cuevas de los lamentos a que el hechicero del grupo volviera porque tenía que acostar a su hija pequeña en el mundo real. Recuerdo reírme a carcajadas cuando toda mi hermandad celebró mi subida al nivel 58 con lo que ellos llamaban: “El baile del portal”. Recuerdo atraer a un robot enorme y muy enfadado al centro de un poblado desprevenido solo por liarla parda. Warcraft es eso. Es un ejército de gnomos con el pelo rosa, minotauros con túnicas azules sobre alfombras voladoras, misiones para recuperar el calimocho de las Tierras del Interior, y elfos borrachos bailando en calzoncillos en la plaza del pueblo.

Soy consciente de que nada de eso tiene cabida en una película si pretenden que el público general vaya a verla, pero se podía haber mantenido un término medio menos solemne. Al final, los juegos online son camaradería, risas, y buenos momentos, y Warcraft: el Origen, no tiene nada de eso. Todos los personajes parecen desesperados y tristes. Eso encaja en una película de fantasía épica sobre una guerra entre dos razas, pero que no la llamen Warcraft.

¿Qué esperar si nunca has jugado?

Warcraft: el Origen es un espectáculo competente aunque un poco falto de alma. Imagina algo parecido a El señor de los Anillos, pero con una estética mucho más exótica (armas enormes, escudos enormes, bastones enormes. Todo es desproporcionadamente grande y pintoresco) y magia en cantidades industriales. Como película entretenida para digerir palomitas cumple bien su cometido. No hagas demasiadas preguntas sobre el argumento. Es posible que tengas ganas de probar el juego después de verla.

¿Qué esperar si eres jugador habitual de Warcraft?

Ármate de paciencia y no pretendas buscar inconsistencias con los juegos porque las vas a encontrar por docenas sin mucho esfuerzo. Visualmente, Warcraft, el origen es una película espectacular y bastante competente. Quédate con eso y con los arrebatos de nostalgia que vas a sufrir viendo escenarios como la taberna de Ventormenta o el Bosque de Elwyn. Después de verla vas a querer volver a jugar, aunque solo sea por quitarte el mal sabor de boca.

Algunas ideas sueltas

  • El guión tiene momentos embarazosos, como si los personajes no supieran qué decir y acabaran diciendo cosas sin sentido. Puede tratarse del doblaje. Universal nos torturó otra vez con la versión doblada al español.
  • Se han empeñado mucho en decir que Warcraft: el origen se basa solo en el primer videojuego, no en los más recientes. Sin embargo, hay abundantes referencias a todo World of Warcraft.
  • Los guionistas intentan explicar tantas cosas del universo de juego que se hacen un lío considerable, especialmente en lo que respecta a la magia.
  • La película trata de ilustrar de manera muy, muy rara el hecho de que orcos y humanos no hablan el mismo idioma. Lo hace traduciendo unas frases sí, y otras no. No da muy buen resultado.
  • ¿Cómo se hurgan los orcos la nariz?... porque claramente no lo pueden hacer con los dedos.
  • Hablando de dedos, ¿por qué nadie se corta las uñas en esta película?
  • Sería estupendo que esta película sea el inicio de una saga, pero albergo serias dudas de que lo consiga.

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