La pregunta es la siguiente: ¿existe algún tipo de método poco conocido por el gran público con el que el cine puede llegar a manipular las emociones del espectador únicamente con la música? La respuesta corta es si. Una respuesta más desarrollada hablaría de toda una técnica con la que el séptimo arte nos ha estado “engañando” durante décadas.

Y es que desde la llegada del sonido al mundo del cine, el medio pudo integrar un nuevo elemento que le haría la vida mucho más fácil en términos de sugestión. Los sonidos físicos que infieren realidad a una escena, una melodía, un score casi imperceptible que acompaña a determinadas secuencias… hasta ahí todo parece más o menos dentro de lo “normal”, lo que el espectador “conoce”.

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Pero es que en la propia música o melodía de un film o en los sonidos que la acompañan, hay niveles, niveles no audibles con unas frecuencias que llegan a producir en el ser humano reacciones físicas naturales. Y es en este punto donde el desarrollo y estudios de las técnicas actuales han llegado a moldear nuestras propias emociones ante una película.

El cine, la banda sonora y las emociones en el ser humano

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En el año 2013 la BBC lanzó una delicia de programa en forma de 4 episodios bajo el título de The Music that Made the Movies. Una producción de la prestigiosa cadena británica que presentaba el compositor Neil Brand como hilo conductor de los avances y las técnicas de las bandas sonoras en el cine, de su importancia y el poder de sugestión sobre el público.

Brand recuerda en uno de los capítulos la figura de Max Steiner, el hombre que revolucionó en gran medida el arte del sonido en los films. Él fue el primer compositor en completar una banda sonora entera para una película. Lo hizo con King Kong en 1933 y el trabajo del artista logró que el espectador tuviera empatía con la bestia, el gorila, en gran medida gracias a la música de Steiner. era claramente el héroe atormentado ante la figura del hombre como el mal.

Brand apuntaría una serie de claves que se han repetido desde entonces. Desde el comienzo de la liturgia que significa enfrentarse a una película en el cine – la predisposición del ser humano a ser sorprendido, la luz oscura de la sala, la propia vivencia con extraños – hasta el primer encuentro con esa primera melodía, que dependiendo del género nos llevará por un viaje y climas muy diferente. Según explica Brand:

Desde siempre, el ser humano ha sido increíblemente bueno para interpretar los sonidos, somos así desde que nuestros antepasados en la prehistoria escuchaban una rama que se rompía y la interpretaban como el momento de huir ante una situación de peligro. Es algo muy físico, tenemos una comprensión profunda de lo que la música nos hace. La podemos sentir entrando en nuestros oídos a través de ondas sonoras y ser capaz de producir toda clase de reacciones físicas.

El ejemplo de Psicosis: respondemos a sonidos primarios

Foto: cover original de 1960 de Psicosis. Getty Images

Uno de los ejemplos más claros que podemos encontrar en el cine sonoro se daba en la Psicosis de Hitchcock en 1960. Se trata, posiblemente junto a la posterior Tiburón de Spielberg, de dos de las melodías que más han influido en el subconsciente del espectador. Y es que es muy probable que cuando hablemos de Psicosis o de Tiburón lo primero que recordemos sean esos acordes. Una melodía muy estudiada que con el tiempo ha dado paso al perfeccionamiento de la técnica.

En el caso de Psicosis, y especialmente en la escena de la ducha, el director fue pionero casi por accidente. Para ser más exactos la idea original fue obra del genial Bernard Herrmann, el compositor del film al que en un principio Hitchcock le había dicho que la secuencia y las escenas del motel debían prescindir de música.

No fue así evidentemente. Herrmann pediría expresamente a Hitchcock que le dejara incluir la pieza (The Murder) que había preparado, el director la escuchó y el resultado es historia del cine y de la música. Una banda sonora y una pieza icónica marcada por la simplicidad de una serie de notas donde chirrían los acordes de violes y violonchelos al compás de la escena.

Imagen: Notas de The Murder

¿Por qué triunfó de esta manera? ¿de dónde vienen esos escalofríos que produce? Han existido un gran número de estudios sobre la pieza de Herrmann. En primer lugar no difiere tanto de un tema de rock con unas bases distorsionas, y es precisamente aquí, al igual que lo hace el rock (por ejemplo), de donde viene la fuerza de estos temas, del mismo lugar de donde Steiner y Brand hablaban sobre el comienzo del sonido en el cine. El elemento primario.

En el año 2012 fue un equipo de investigadores de la Universidad de California los que se decidieron a dar el paso. La idea era tomar como ejemplo piezas como la de Psicosis, donde el protagonismo se lo llevan melodías claustrofóbicas, “no amables” en cualquier caso, y de cómo llegan a penetrar en nuestros sentidos consiguiendo una atracción irremediable hacia ellas.

Para ello compusieron piezas originales con sintetizadores, todas de alrededor de 10 segundos de máxima duración. Los voluntarios escuchaban primero unas melodías que comenzabas con sonidos evocadores que luego se interrumpían abruptamente con una gran distorsión. El resultado de las pruebas concluyó que todos los voluntarios definían la pieza distorsionada como más emocionante, aunque añadiendo que tenían una carga de emoción negativa. ¿Por qué? Esta fue la conclusión del estudio según el profesor de la UCLA Greg Bryant:

El trabajo muestra y explica hasta qué punto la distorsión del rock hace que nos emocionemos, saca nuestro lado salvaje o animal. La mayoría de compositores tienen este conocimiento primario e intuitivo de lo que suena oscuro u horrible. Estos sonidos son similares a los gritos de los animales en peligro y explotándolos nos predisponen a excitarnos.

Foto: Elesey / Shutterstock

No fue el único estudio en este sentido. En el año 2010, dos años antes de los resultados publicados por la UCLA, la propia Universidad de California publicaba un trabajo donde se encontraba que la sensibilidad del ser humano a sonidos de alarma no lineales (por ejemplo el que emite la marmota para advertir peligro por depredadores) han sido usados desde hace tiempo por los propios compositores para lograr generarnos angustia, inquietud o simplemente “ponernos nerviosos”.

Un año después, en el 2011, sería la Universidad McGill (Canadá) la que buscaría respuestas con un estudio sobre la mecánica neuronal como medio para explicar la razón por la que se nos pone literalmente la “piel de gallina” con grandes melodías y bandas sonoras. En el mismo determinan que no sólo se debe a lo puramente auditivo, entran factores como el propio sexo, la comida o incluso las drogas, todos estos estímulos eufóricos influyen para que las regiones de nuestro cerebro se activen e “iluminen” con la música.

Infrasonidos, el último “grito” para engañar a nuestros sentidos

Foto: Africa Studio / Shutterstock

El resumen de todos los trabajos y la experiencia adquirida desde que el cine es sonoro ha acabado desarrollando la última de las técnicas, posiblemente la más improbable por su propia definición. Hablamos de los infrasonidos.

Se trata de una onda acústica u onda sonora cuya frecuencia está por debajo del espectro audible del oído humano, esto es, aproximadamente 20 Hz (aunque siempre un poco más bajo de esta cifra). Por tanto estamos ante lo que supuestamente no podemos oír. ¿Entonces?

Lo que ocurre lo explicó en 1998 Vic Tandy, un ingeniero británico que publicaría su trabajo en la Universidad de Coventry. Y es que hay niveles en nuestro cerebro, rangos fuera de lo que entendemos como “audible”, que igualmente percibimos y nos genera estados o incluso emociones. Existen por tanto ciertas clases de ruidos a niveles muy profundos, sonidos que a su vez son utilizados por los compositores para saltarse las reglas lógicas en nuestro cerebro, una pieza que va directa a las emociones (más primarias).

Imagen: Frecuencia de infrasonido

Con ello son capaces de producir en el espectador miedo o terror, principalmente porque son ondas sonoras graves o vibraciones con una frecuencia más baja que las del espectro del oído humano. De alguna forma se trata de un juego del escondite donde el cerebro descubre estas ondas pero el oído no. No sólo eso, son capaces de producirnos una variedad de estados: desde ansiedad hasta miedo o tristeza.

Así que si un día estás viendo una película y te atrapa una de estas sensaciones aparentemente extraña porque no hay música o sonido “de fondo”, es probable que te encuentres ante la frecuencia del terror, el miedo del infrasonido que hasta hoy sólo sabía el compositor para producirte un gran desasosiego.

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