Con Darth Vader como uno de los grandes villanos de la historia del cine, el legado al que se enfrentaba el nuevo Kylo Ren era enorme. Ese legado es también una parte importante de lo que hace a Kylo Ren tan fascinante: es todo lo que Anakin Skywalker debió haber sido en las precuelas.

Aviso: absolutamente todo lo que leas a continuación es un spoiler si no has visto Star Wars: The Force Awakens. Así que si es el caso evita leer después de estas líneas y anda a ver la película, que la Fuerza te acompañe.

Las películas de Star Wars siempre han tenido villanos fríos, calculadores y con control absoluto de sus emociones. Vader, el emperador, Dooku, Maul: todos los Sith siempre han actuado con una precisión escalofriante. Sin embargo, Kylo Ren es de todo menos preciso. Es temerario, crudo, hosco y lleno de emoción. Es algo que ya se había explorado anteriormente en el universo expandido de Star Wars con cómics y películas, pero nunca en las películas.

Kylo Ren aúlla y pierde la cabeza en el momento en el que las cosas no salen según lo esperado. Cuando descubre que la Primera Orden falla en su intento de capturar a BB-8 en Jakku, enciende su sable de luz y arremete contra la consola de control más cercana. Cuando Rey escapa de su confinamiento en la base Starkiller destruye una habitación entera lleno de ira (un momento muy cómico, cuando dos stormtroopers cercanos deciden darse la vuelta). Imagen via Beck-Solo

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Kylo Ren alberga un amargo resentimiento por las exceptivas que recayeron sobre él en su antigua vida como Ben Solo, Jedi en entrenamiento e hijo de leyendas. Incluso su sable de luz en sí es inestable y lleno de enfado, titilando con chispas y calor, como su dueño.

Así que cuando pienso en el otro villano a ese nivel de enfado de las otras películas de Star Wars, lo que más se le parece es ese Vader ahogando al Almirante Ozzel por sacar a la flota del Imperio del hiperespacio antes de tiempo en El Imperio Contraataca. Incluso ahí, la ira de Vader es contenida, le quita la vida a Ozzel de manera calmada mientras le dice a a Piett que acaba de obtener un ascenso. No se parece en nada a la confusión de Kylo, algo que lo hace impredecible y atemorizante cada vez que aparece en escena. Los conflictos internos de Kylo son más fáciles de distinguir desde fuera, y eso es lo que lo hace uno de los villanos de Star Wars más emocionales, y por tanto llamativos, de Star Wars.

¿Es lo que se supone que el lado Oscuro debe ser, verdad? Ira. Odio. Sufrimiento. Pero, por encima de todos ellos, pasión. No pasión en términos románticos (aunque puede ser),sino en el sentido de la fuerza, de la amplificación, de tus emociones. En la idea original de George Lucas, los Jedi iban a ser monjes guerreros, hábiles y con control sobre sus emociones. El poder lo ganan gracias a ese control. Son los Sith los que se dejan llevar por la pasión y buscan el poder a base de arrastrarse a sí mismos en ese remolino de emociones. Están enfadados con el mundo, con el legado que se les ha otorgado, porque eso es lo que los hace poderosos.

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Casi suena como cierto Skywalker, ¿verdad?

En realidad, cuando piensas sobre ello, sobre el papel al menos el joven Anakin de El Ataque de los Clones y La Venganza de los Sith tiene mucho en común con la angustia de su nieto. El joven Anakin se mueve entre la luz y la oscuridad, comprometido por sus sentimientos hacia otras personas. Una persona muy enfadada con la vida, con la gente que lo rodea, porque siente una mezcla de traición y abandono que finalmente acaba solidificando en una decisión que nunca más podrá revertir.

Pero “sobre el papel” y “en la película” son dos conceptos distintos, el Anakin que vemos en las prediales es infamemente llorón y patético, en lugar del mar de emociones que se supone que debe ser. Debido a esa mezcla fatal que supuso la pobre actuación de Hayden Christensen, y el intento estéril de George Lucas tanto como guionista como director, los momentos de emoción pura que en principio son los responsables de hacer resonar la caída de Anakin, y hacérselo sentir a la audiencia, nunca terminan de llegar. El viaje emocional de Anakin en las precuelas simplemente no funciona porque hay muy poca emoción real y creíble en él.

Pensando en esos grandes momentos: la muerte de Shmi Skywalker, la confesión de Anakin a Padmé cuando extermina a los Tusken, la muerte de Mace Windu, el enfrentamiento con Obi-Wan en Mustafar, ninguno de ellos acaba de convencer. Una actuación sin más aquí, una línea torpe allá, y todo el arco argumental de Anakin se queda completamente plano. Se supone que debe ser un joven apasionado y tempestuoso cuyas emociones son demasiado intensas como para poder controlarse con la disciplina Jedi.

En La Venganza de los Sith, deberíamos ver uno de los momentos más oscuros en su vida, pero lo único que vemos es a Anakin quejarse sobre por qué no es un Maestro Jedi, o ser enviado a cazar a Grievous. Lo más cercano que llegamos a sentir de un conflicto verdaderamente emocional es el momento en el que se viene abajo en el Templo Jedi, solo y separado de Padmé, probablemente la escena más efectiva de toda la película que sin embargo no puede hacer nada para compensar los errores en el resto.

Nunca acabamos de sentir el conflicto de Anakin, o su resentimiento contra las normas estáticas de los Jedis. Apenas lo vemos. Su caída hacia el Lado Oscuro es apenas un mero trámite, algo que sabemos que va a ocurrir porque es Darth Vader en la trilogía original. Se relega al material auxiliar de la serie animada de Las Guerras Clon para rellenar todos esos huecos. Ahí sí se hace un trabajo importante con Anakin, llegando al punto en el que se muestra su lento descenso con ira y con sadismo.

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Comparemos los dos “puntos de no retorno” para ambos jóvenes villanos: Kylo asesinando a su padre Han, y la marcha asesina de Anakin en el Templo Jedi. Para Kylo Ren es un momento doloroso mientras otorga a su padre un discurso grandilocuente sobre lo duro que se le hace estar dividido entre la Luz y la Oscuridad sólo para retorcerlo todo en el último momento y utilizar la devoción que le profesa su progenitor para acercarse a él y matarlo. Eso sella su descenso a la oscuridad.

La marcha en el Templo Jedi es... bueno, digamos que es una marcha. Nunca vemos la reacción Anakin, ni vemos que sienta algo, ni siquiera entendemos del todo por qué lo hace (más allá del hecho de que Palpatine le pide que lo haga). Simplemente enciende su láser en frente de los padawans. No hay conexión personal con la audiencia ahí para que entienda, incluso para que se sorprenda, como ocurre con el giro inesperado de Kylo. No hay angustia. Para un hombre que en principio es arrastrado por sus emociones (el amor por su mujer y la necesidad de mantenerla a salvo) es un momento tan estéril que resulta doloroso. El momento bruto que se supone ha de propulsar a Anakin de joven y prometedor Jedi a un poderoso Sith nunca llega, y cuando ves la crudeza de cada momento en el que Kylo Ren está en pantalla en The Force Awakens, su ausencia de las precuelas se hace todavía más aparente.

Hay algo ciertamente irónico en el hecho detrás de que el último deseo de Kylo Ren es llegar a ser el hombre que piensa que su abuelo fue. Como alguien que ha visto y disfrutado de The Force Awakens para mí Kylo Ren es ya mucho una versión muchísimo más interesante, y por tanto más trágica, del hombre que se convertiría en Darth Vader de lo que Anakin Skywalker algún día fue.

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