Imagen: Taiga siberiana. Oprea George / Shutterstock

El mismo año del inicio de la misión Pioneer Venus, del nacimiento del primer bebé probeta o del estreno en los cines de Grease, un equipo de geólogos rusos llevan a cabo una expedición con la que acabarían retrocediendo varios siglos en el tiempo. Entre la inmensidad helada de los bosques y el desierto de la taiga de Siberia, en una zona alejada de cualquier contacto humano, perciben una especie de jardín y algo parecido a una casa. Tras pensarlo un buen rato deciden acercarse no si antes cargar las armas. Lo que se iban a encontrar es un caso insólito de supervivencia extrema.

Para entender lo que el equipo de científicos estaba a punto de encontrar conviene hablar de la región en la que se encontraban. De hecho la aventura de este grupo de geólogos comenzaba varios días antes, en aquello que podemos llamar civilización. Desde allí partieron con la idea de tomar datos de aquellas zonas donde el hombre apenas ha tenido contacto debido al clima y condiciones extremas para la vida humana. De esta forma llegaron a la Taiga Siberiana.

Taiga Siberiana

Imagen: Invierno en la traiga siberiana. Vladimir K. / Shutterstock

Ya de por sí la propia Siberia es una lugar de extremos. La parte asiática oriental de Rusia es una región que se extiende desde los montes Urales en el oeste hasta el océano Pacífico en el este. Siberia también representa aproximadamente el 76% del territorio de Rusia, pero con una densidad de población muy baja, siendo el hogar de poco menos del 30% de la población de Rusia.

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Geográficamente, la taiga (bosque en ruso) se sitúa justo al norte de Rusia y Siberia. Una zona del planeta cuyas temperaturas van de los 19 °C en verano a los -30 °C en invierno. Aún hoy, el desierto de Siberia sigue siendo uno de los más aislados del planeta, principalmente y como vemos, por el clima extremadamente frío y duro, lo que ha ahuyentado a la mayoría de habitantes de las zonas limítrofes.

Una visita a los lugares más recónditos de la taiga supone pasar por colinas empinadas y grandes dificultades de acceso por los terrenos. Este es otro detalle para que muchos de sus enclaves ni siquiera hayan sido explorados, imagínense entonces vivir. Una vegetación marcada por pinos y abedules, la mayoría inalterados durante siglos, donde conviven en su mayoría zorros y osos deambulando a la caza durante el día y la noche.

Imagen: Árbol caído en la taiga. Aleksei M. / Shutterstock

De este a oeste, desde el Océano Atlántico a través del continente hacia el Mediterráneo, extendiéndose hacia el norte hasta la frontera del Ártico en Mongolia. Y su extensión es inmensa. Se calcula que la taiga siberiana es el desierto casi deshabitado más grande de la Tierra, tierra estéril escasamente poblada por algunas ciudades y pueblos que contienen unos pocos miles de personas en su conjunto.

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Así que cuando este grupo de científicos se adentraron en sus bosques, lo último que esperaban encontrarse es con una persona por la zona.

El encuentro con los Lykov

Imagen: Ubicación de los Lykov

Ese día el grupo estaba inspeccionando una zona que entrañaba una gran dificultad a pie. Fueron enviados como parte de una expedición de exploración de la parte más profunda de la región, una zona de bosques, razón por la que viajaban en helicóptero.

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Allí, desde lo alto de la taiga, uno de los geólogos divisó algo inusual, una especie de claro con jardín, una evidencia de vida humana en medio de la nada. Les parecía increíble, sobre todo teniendo en cuenta que la población más cercana se encontraba a más de 250 kilómetros. Deciden aterrizar y adentrarse en el bosque.

Los geólogos habían pensado que, sea lo que sea, debían acceder hasta el punto e investigar de que se trataba. Cuando ya pueden divisar el jardín deciden sacar algo de comida, piensan que quizás estaban hambrientos si eran un grupo de personas, además podrían notar que sus intenciones eran buenas. También y por si acaso, cargan las pistolas con las que habían comenzado la expedición.

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Cuanto más se acercaban más evidencias encontraban de que allí había alguien. A lo lejos pueden ver como sale humo de una especie de cabaña, por el camino encuentran una especie de bastón de madera, luego pasan por un pequeño puente de troncos sobre un arroyo que daba a la pequeña extensión.

Imagen: Cabaña de los Likov. DailyMail

Ya estaban en el jardín, se acercan a la cabaña con precaución. No se oye nada, silencio. El primero de los geólogos llega hasta la puerta, se acerca para tocar y justo en ese momento comienza a abrirse. Los geólogos dan un paso atrás y aparece en escena un anciano de barba larga descuidada, descalzo, con la ropa envejecida y hecha jirones.

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Cuando al anciano se encuentra de frente al equipo de científicos su mirada es una mezcla de incredulidad y miedo. A pesar de que la escena parecía ser lo último que creía encontrar esa mañana, el anciano les dice en voz baja al grupo de visitantes:

Bueno, ya que han viajado hasta aquí, también podrían entrar.

Al pasar a la pequeña cabaña, lo que vieron les sorprendió. No era ni mucho menos lo que uno puede entender por una “casa”. La vivienda, construida a partir de madera de árboles, era diminuta, muy sucia, llena de basura en su interior y restos de todo tipo de materiales, probablemente recolectados del bosque y alrededores.

Un vistazo rápido al conjunto les dio la primera pista. Era una cabaña-habitación que debía ser de una familia de unas cinco personas. En el interior estaba el anciano junto a cuatro jóvenes, presuntamente sus hijos. Dos ellos, los más pequeños, comenzaron a llorar descontroladamente cuando percibieron que estaban ante otros seres humanos totalmente desconocidos para ellos.

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Los geólogos entonces se fijan en la figura de las dos chicas. Una de ellas entra en un ataque de histeria y comienza a gritar en voz alta:

¡Esto es por nuestros pecados, todo es por nuestros pecados!

La otra se mantuvo en la penumbra de una esquina mientras se fue moviendo hacia atrás hasta quedar en posición arrodillada. Los geólogos aciertan a verle la cara y la chica tiene el miedo en los ojos, está aterrorizada por la escena de lo que tiene delante. Los geólogos se miran y lo tienen claro, debían salir de allí lo más rápido posible.

La historia de los Lykov

Imagen: Karp y Agafia. DailyMail

Este primer encuentro de los geólogos con esta extraña familia daría pie a muchos más que acabarían conformando la insólita historia de los Lykov. Al parecer, Karp Lykov, el anciano, había vivido en el pasado en una zona poblada de Rusia. El hombre fue miembro de una secta fundamentalista ortodoxa conocida como los Viejos Creyentes, denominación debido a que su adoración no había cambiado desde el S.XVII.

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Se trataba de cristianos partidarios de la liturgia y cánones eclesiásticos que no aceptaron la reforma de Nikon en 1654, fecha desde la cual fueron cruelmente perseguidos bajo el reinado de Pedro el Grande de Rusia, considerándolos como el anticristo. Los Viejos Creyentes tenían también una serie de particularidades: eran conservadores de una moral estricta, partidarios de la prohibición del alcohol y el tabaco y de la prohibición de rasurarse la barba. Para evitar lo que a su parecer fue la profanación de la fe, muchos de los viejos creyentes escaparon a las regiones remotas de Rusia o incluso algunos llegaron a quemarse vivos con sus familias.

Karp fue de los primeros en huir cuando hicieron su aparición los soviéticos. Pensó que lo mejor era retirarse a las ciudades poco pobladas que salpicaban Siberia. Así, un día de 1936 y mientras trabajaba en los campos cerca de un pueblo junto a su hermano, el hombre narró a los geólogos cómo fue testigo directo del asesinato de su hermano a manos de un guardia comunista, quién se acercó a ambos y sin mediar palabra le disparó un tiro en la frente. A Karp lo dejó con vida y el hombre lo tuvo claro. Agarró a su familia, por aquel entonces su esposa Akulina y sus dos hijos, Savin y Natalia, y desapareció de la faz de la tierra adentrándose en la taiga siberiana.

Imagen: Los Lykov con los geólogos. DailyMail

Con el tiempo Karp y Akulina tuvieron otras dos hijos en la naturaleza salvaje de los bosques de la taiga, Dmitry y Agafia, quienes antes de ver al equipo de científicos jamás habían visto a otro ser humano que no fuera un miembro de los Likov. Hasta entonces, todo lo que habían aprendido los cuatro hijos llegó por sus padres. Ellos les habían enseñado a leer y escribir con la ayuda del único libro que se llevaron, una vieja Biblia de Karp.

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Esto quiere decir que los geólogos estaban ante una familia que desde 1936 jamás supo nada más de lo que aconteció en el planeta. Era 1978 y habían pasado tantas cosas desde entonces que parecía un sueño estar delante de estas personas. Nunca hasta entonces supieron que hubo una escalofriante Segunda Guerra Mundial a no mucho de allí, mucho menos de la tensión que se vivía con la Guerra Fría.

Karp contaría que cada miembro de la familia tuvo que aprender a valerse por sí mismos haciendo uso de los recursos que se encontraban en la zona. A medida que los niños fueron creciendo se hicieron cazadores y recolectores. Dmitry por ejemplo aprendió a matar animales sin la necesidad de una pistola o un arco. El chico había aprendido una técnica rudimentaria mediante la excavación de trampas o simplemente persiguiendo a los animales hasta el agotamiento.

El momento más trágico para la familia llegó en el año 1961 cuando murió Akulina. Desde ese momento habían sobrevivido el padre y los cuatro hijos solos. Una historia que los geólogos no acertaban a describir: terrible, increíble, insólita…

Imagen: Karp con los geólogos. DailyMail

En cualquier caso lo que sí tenían claro era que ese primer encuentro con otros humanos podría ser traumático para los jóvenes. Por esa razón los científicos idearon una manera de mantener la comunicación mientras les permitían su espacio. Los geólogos se retiraron de la cabaña y establecieron un campamento en las cercanías, no muy lejos de la cabaña.

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Al poco tiempo la curiosidad pudo con los Likov y se acercaron, aunque con miedo, a la zona donde estaba el equipo. En un primer momento se negaban a todo lo que les ofrecían los geólogos, (ropa, comida… ). Karp les contó una anécdota para que lo entendieran: los chicos nunca habían visto pan, mucho menos probado, por tanto no sabían lo que les estaban ofreciendo.

Pasaron los días y pronto comenzaron a convivir todos juntos como un grupo. Fue el momento, ya con las defensas bajas, de que los geólogos empezaran a contar historias del mundo más allá de la inmensidad de la taiga, de todo lo que se habían perdido. A su vez, la familia les mostraba a los geólogos los trucos para sobrevivir en esas condiciones extremas, llegando a enseñarles cómo hacer crecer los cultivos en condiciones tan duras.

Imagen: Agafia y Natalia. DailyMail

Al final pasaron los días y las semanas se convirtieron en meses. Los geólogos continuaron inspeccionando la zona durante varios años coexistiendo con la familia. El grupo iba y venía, de la civilización a la taiga y viceversa, y en muchas ocasiones trataron de convencer a la familia de regresar, pero ellos siempre se negaron.

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Pasaron los años y en otoño de 1981 tres de los cuatro hijos (Dmitry, Natalia y Savin) fallecieron con pocos días de diferencia por neumonía. Los geólogos se habían ofrecido a transportar a los enfermos de la familia a un hospital pero la familia rechazó la oferta.

Tras la muerte de los chicos, el equipo trató de convencer a Karp (ya con 80 años) de que era el momento de regresar junto a su hija menor Agafia y quizá vivir con algún pariente cercano en el pueblo. Se volvieron a negar. El 16 de febrero de 1988 Karp Likov fallecía mientras dormía dejando como único miembro de la familia a Agafia. Con la ayuda de los geólogos enterró a su padre en las laderas de la montaña y regresó a la cabaña. Allí, en la taiga siberiana, a más de 250 kilómetros de la civilización, vive desde entonces la última Likov. Con 73 años es la última superviviente de una historia insólita.


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