Imagen: Peter y Margaret. BBC

Durante varios meses Margaret y Peter convivieron en la misma casa con aparente normalidad. Ella le enseñaba a Peter su lengua materna, el inglés, mientras que Peter le enseñaba a Margaret los entresijos de su condición. Vivían, comían, dormían y trabajaban juntos, incluso tuvieron algún pequeño escarceo sexual. Ocurre que Margaret era una investigadora tras un experimento. Porque Peter no era Peter, era un delfín.

Detrás de este polémico experimento se encontraba una de las figuras más controvertidas y transgresoras de la ciencia, un outsider que responde al nombre de John C. Lilly. Es muy posible que con Peter se sobrepasaran algunos límites éticos con los animales, por eso y para entender un poco mejor el contexto de la investigación que puso en marcha en 1965, vamos a comenzar por el principio.

John Lilly, el psiconauta en la bañera

Imagen: John Lilly. Doorof

John Cunninggham Lilly fue un famoso neurocientífico, psicoanalista, filósofo, escritor y psiconauta, término este último que define muy bien el modus operandi que escogió para llevar a cabo muchas de sus investigaciones: su cuerpo sería su laboratorio.

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Lilly se gradúa con el título de medicina en la Universidad de Pennsylvania en 1942. Su ecléctica carrera comenzó como científico convencional investigando para universidades y para el gobierno, aunque poco a poco el hombre comienza a interesarse por otras ramas y temas poco convencionales. Fue una época donde Lilly estuvo trabajando en investigaciones militares para las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos.

Llegados a la Segunda Guerra Mundial, Lilly acaba enfrascado en el estudio de la fisiología de los vuelos a gran altitud con el fin de medir la presión de los gases que se producen en las cabinas de los pilotos y con ello erradicar los posibles desvanecimientos. Tras la guerra, el hombre pasa al psicoanálisis en la Universidad de Pennsylvania, momento en el que comienza a investigar las estructuras físicas del cerebro y la conciencia.

En 1951 llega a publicar un documento donde muestra cómo podía mostrar patrones de actividad eléctrica cerebral en una pantalla de rayos catódicos por medio de electrodos que ideó especialmente para la inserción en un cerebro en funcionamiento.

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En 1953 comienza un nuevo trabajo de estudio de la neurofisiología y un año más tarde y con el deseo de aislar un cerebro de la estimulación externa, idea el primer tanque de aislamiento sensorial. Se trataba de un tanque a prueba de sonidos, insonorizado, con luz tenue y cuyo interior contenía agua salada tibia (a 37 ºC). Por tanto buscaba que los sujetos pudieran flotar durante largos períodos de tiempo bajo un aislamiento sensorial.

Imagen: Tanque de aislamiento moderno. Wikimedia Commons

Lilly fue el primero en actuar como sujeto de prueba en la investigación y tras las primeras pruebas se reformuló su concepción bajo el nombre de Restricted Environmental Stimulation Technique (R.E.S.T.). Más tarde pasa a tener como objeto de estudio mamíferos con cerebros grandes, momento en el que se fija en los delfines y lleva a cabo una instalación financiada a promover los estudios enfocados a la comunicación humana y los propios delfines en las Islas Vírgenes. Lilly y sus colaboradores comienzan a publicar papers con informes sobre la cualidad de los delfines para imitar los patrones del habla humana y sobre la posibilidad de comunicarnos con ellos.

Llegados a los 60, el hombre se introduce en las drogas psicodélicas como el LSD o la ketamina, una serie de experimentos donde ingiere las sustancias, bien a través de sus tanques de aislamiento, bien en compañía de los delfines. Y es en una de esas sesiones con los mamíferos donde comienza a desarrollar el experimento que tendría lugar unos años más tarde. Según el neurocientífico, a través de un tanque de aislamiento situado sobre una piscina con delfines pudo entrar en contacto con ellos, “formé parte de una conversación entre ellos”, llegó a decir.

Peter y Margaret

Imagen: Peter y Margaret. BBC

Margaret vivía en la isla caribeña de St. Thomas y contaría años más tarde que su primer acercamiento con el mundo de los delfines ocurrió a los 20 años. Durante la navidad de 1963 su hermano le menciona una especie de laboratorio secreto en el extremo oriental de la isla en la que están trabajando con delfines. Acaba consiguiendo la dirección y pide una visita a principios del año siguiente. Al llegar al centro se encuentra con Gregory Bateson, director del laboratorio, quién le invita a conocer las instalaciones y a los animales y le pregunta la razón de que hubiera acudido al centro:

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Bueno, he oído que tenía delfines y pensé en venir a ver si había algo que pudiera hacer o cualquier manera en la que podría ayudar aquí.

Bateson acaba comentándole a Howe que si quiere puede venir todos los días y escribir sobre lo que estaba viendo. A pesar de su falta de formación física, Howe acepta y resulta ser una excelente observadora con gran intuición en el comportamiento animal. Según explicaría Howe:

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Había tres delfines: Peter, Pamela y Sissy. Sissy era la más grande. Insistente, con voz alta, que en cierto modo era la moderadora. Pamela era muy tímida y temerosa. Y Peter era el joven. Estaba comenzando su edad sexual y era un poco travieso.

Margaret no lo sabía en ese momento pero se encontraba en las instalaciones que Lilly había montado en la isla dedicada a promover los estudios enfocados a la comunicación humana y los propios delfines. Con el tiempo Howe acaba trabajando en el centro llevando un programa diario de lecciones donde les animaba a hacer sonidos parecidos a los humanos.

Imagen: Peter y Margaret. BBC

Mientras más trabajaba con ellos, Margaret sentía que podría llegar a enseñarles nuestro lenguaje (en su caso el inglés). Había un problema según la nueva investigadora, una barrera que rompía esas casi doce horas diarias que compartía con los animales. Y es que al llegar la noche, cada uno de los miembros del equipo salían del centro hasta el día siguiente, dejando a los delfines solos.

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Margaret razonaba que si podía vivir con un delfín durante todo el día, reforzaría su interés en hacer sonidos parecidos a los humanos, de la misma forma que una madre hace con su hijo. El agua no debía ser un impedimento, así que se acerca a Lilly y le expone la idea de convivir con los animales todo el día.

Lilly le comenta que el tenía una idea similar desde hace bastante tiempo, así que bajo esta premisa comenzaba el experimento, todo ello bajo un contexto y una época en la que la teoría dominante a la hora de hablar del desarrollo del lenguaje humano postulaba que los niños aprenden a hablar a través del contacto constante y cercano con sus madres. De esta forma, Lilly intentó aplicar las misma idea a los delfines.

El proyecto se llevaría a cabo en las Islas Vírgenes (St. Thomas) y estaría financiado en parte por la NASA, en este caso y desde la perspectiva de la agencia, se trataba de ahondar más en las expectativas de comunicación entre especies, lo que de alguna forma generaba esperanzas para la búsqueda de vida extraterrestre. En cuanto a la elección de Peter y según explicaría Margaret:

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Elegí trabajar con Peter porque él no había tenido ninguna formación de sonidos similares a los humanos y los otros dos delfines si habían tenido.

El equipo pasa a crear una casa para el delfín y la mujer. Comienzan a impermeabilizar por completo las plantas superiores del laboratorio, por lo que en realidad podrían inundar las habitaciones interiores y un balcón exterior lo suficiente como para que Peter puede nadar y Margaret pueda desplazarse durante varios meses.

Margaret intentaría vivir con el delfín seis días a la semanas, durmiendo en una cama flotante improvisada en el centro de una habitación, mientras el séptimo día Peter volvería a la piscina de la planta baja con los dos delfines hembra, Sissy y Pamela.

Imagen: Peter y Margaret. BBC

Así fue como empezaron a compartir experiencias y vivencias en el interior de una casa parcialmente inundada. Ambos estaban constantemente interactuando entre sí: comían, dormían, trabajaban y jugaban juntos. Margaret también disponía de un escritorio flotante para apuntar sus notas, razón por la que Peter podía interrumpirla cuando quisiera. Las horas pasaban mientras jugaban con una pelota, Margaret le animaba a realizar ruidos “humanos” a Peter o bien le trataba de enseñar palabras sencillas en inglés. Según Margaret:

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Yo hablaba normalmente con una sola palabra, y hacía una inflexión, algo que él pudiera seguir. En eso era muy bueno, la enunciación no era buena.

Ocurre que a medida que pasaba el tiempo se hacía evidente que Peter no quería precisamente una madre, el delfín quería lo más parecido a una novia, una hembra a la que cortejar. Llegó un punto en el que Peter dejó de estar interesado por las lecciones y empezó a cortejar a la investigadora mordisqueando sus pies. Conforme más tiempo pasaban juntos este tipo de acciones eran más continuadas.

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Margaret, obviamente, no le correspondía, así que Peter comenzó a comportarse de manera más violenta. Fue una fase donde el delfín comenzó a usar su nariz y aletas para golpear las espinillas de Margaret, quién rápidamente comenzó a advertir pequeñas magulladuras. Durante un tiempo pasó a llevar botas de goma y una especie de escoba con la que traba de ahuyentar a Peter cada vez que se ponía violenta.

Nada de esto funcionó. La investigadora decide que Peter debe tener visitas “conyugales” con los otros delfines. Sin embargo el equipo de investigación empezó a preocuparse de que si Peter pasaba mucho tiempo con su especie, se olvidaría de todo lo que había aprendido sobre el ser humano.

Al poco tiempo Peter volvió a convivir en la casa con Margaret, y una vez más, trataba de cortejarla. Con una diferencia: en lugar de morder a su amiga, empezó a cortejarla frotándose suavemente sobre la pierna de la joven mientras le mostraba sus genitales. ¿Qué ocurrió? Que Margaret aceptó y comenzó a frotar la erección del delfín. Sin entrar en detalles y cómo expresaría Margaret más tarde, la “estrategia” devolvió el interés de Peter por las clases de idiomas:

No era sexual de mi parte, sensual tal vez. Se convirtió en una parte más de lo que estaba pasando, como un picor, solo hacía falta rascar para quitárselo de encima y seguir adelante. Me parece que eso estrechó el vínculo, no por la actividad sexual, sino que ya no había interrupciones. Y eso era todo. Yo estaba allí para conocer a Peter, y eso era parte de Peter.

Imagen: artículo de Hustler.

Andy Williamson, veterinario que cuidaba a los delfines en el centro, comentó en el documental The Girl Who Talked to Dolphins que se hizo para la BBC que “el delfín estaba locamente enamorado de ella”. Lo cierto es que a los 9 meses el experimento se paró. Medios como Hustler comenzaron a hablar del contenido sexual del mismo y la imagen de Lilly se fue deteriorando en la comunidad científica, sobre todo a raíz de que comenzara a experimentar con drogas psicodélicas (junto con los delfines).

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La financiación se paró y los delfines se enviaron a una sede en Miami en unas condiciones pésimas y prácticamente sin luz. Peter fue separado de Margaret y al poco tiempo murió. Según el propio Lilly, Peter había muerto de tristeza por la separación. Llamó a Margaret y le dijo que se había suicidado. Según Williamson:

Los delfines no son respiradores de aire automático como nosotros. Cada respiración es un esfuerzo consciente. Si la vida se vuelve demasiado insoportable, los delfines acaba de tomar un respiro y se hunden hasta el fondo. No toman la siguiente respiración. Margaret podía racionalizarlo, pero cuando se fue, su marcha pudo con Pedro, el amor de su vida se había ido.

Durante el tiempo que estuvieron juntos se llegaron a conseguir avances, como por ejemplo la imitación del delfín a las frases de su profesora, aunque en este caso se trataba de ruidos que duraban el mismo tiempo que la frase o palabra que había dicho Margaret. También se había descubierto que un ser humano podía satisfacer las necesidades sexuales de un delfín.

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En las décadas siguientes Lilly siguió estudiando las comunicaciones con los delfines. Jamás se volvió a tratar de enseñar a un delfín a hablar inglés.


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