Imagen: Gato de embarcación en el HMAS Encounter. Wikimedia Commons

Relatos sobre gatos han existido muchos, unos más afortunados que otros, pero tan sólo uno ha logrado sobrevivir conviviendo con el ejército nazi, luego con el ejército británico, “pasarse” toda una Guerra Mundial, sobrevivir a tres hundimientos de barcos militares y finalmente retirarse con honores para finalizar sus último años de vida en Belfast. Esta la historia de Oscar, también conocido como el insumergible Sam.

Seguro que muchos os preguntaréis la razón de que Oscar acabase “con honores”, por eso antes de narrar los acontecimientos que tuvieron lugar el siglo pasado tenemos que hablar de un concepto que también se remonta a muchísimos siglos atrás. Al igual que los perros en los conflictos han sido de gran ayuda en el campo de batalla, los gatos han tenido un gran protagonismo en muchísimas embarcaciones. Los denominados gatos de navío o de embarcaciones como parte de la tripulación.

Felinos como grumetes

Imagen: Winston Churchill con un gato de embarcación. Wikimedia Commons

Se calcula que la domesticación de los gatos data en torno a hace 9.500 años y que la práctica de tomar gatos a bordo de embarcaciones y buques comenzó un tiempo después. Por ejemplo desde los antiguos egipcios, quienes hicieron uso de los felinos para atrapar pájaros a lo largo de las orillas del Nilo. Más tarde llegaría el uso más común a bordo de barcos comerciales con el fin de combatir roedores. Las ratas y los ratones a bordo de un barco pueden causar daños de todo tipo: a la propia tecnología de la embarcación, a la comida, daños económicos en la mercancía, fuentes de enfermedades…

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Por tanto se piensa que precisamente esta actividad fue una de las razones de la la propagación de los gatos en todo el mundo, llegando a prácticamente todos los rincones del planeta, o al menos hasta donde llegaban las rutas comerciales navieras. Además hay que sumarle que a lo largo de la historia el propio animal ha sido considerado un dios en diferentes culturas, una reputación que iba acompañada de aptitudes propias de deidades, animales mágicos que se creía que podrían mantener protegido a las embarcaciones ante el mal tiempo.

Imagen: el capitán A. J. Hailey con un gato de embarcación. Wikimedia Commons

Así que el concepto fue pasando de cultura en cultura, de siglo a siglo, como característica común. Primero y como decimos por el comercio, pero más tarde en la propia exploración del hombre y finalmente también en los conflictos bélicos, en el interior de los buques de guerra. La capacidad natural de los gatos para adaptarse al nuevo entorno los hacía únicos para este tipo de servicios en los barcos. Obviamente también, en esos largos períodos en la mar los gatos también ofrecían compañía y sensación de hogar o incluso camaradería entre los marineros, especialmente en los extensos tiempos de guerra.

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Y aunque han existido un pequeño reducto de grandes gatos de navío a los que la historia les tiene guardado un lugar especial. De todos ellos sobresale la leyenda de Oscar el gato. Todo comenzaría en la Segunda Guerra Mundial.

El gato insumergible

Imagen: Wikimedia Commons

El relato de este gato está íntimamente ligada a la de los barcos donde sirvió. De ahí su historia. Así que vamos a resumir las etapas de guerra en las tres megaconstrucciones donde estuvo, comenzando por su “etapa nazi”.

Oscar no era Oscar al principio, era simplemente un gato negro y blanco que comenzó su “carrera” como felino de navíos en la flota del régimen nazi, la Kriegsmarine (Marina de guerra en alemán). Estamos ante la armada del III Reich entre 1935 y 1945. Estos navíos no sólo formaron parte de la Segunda Guerra Mundial, también participaron en la Guerra Civil española y tendrían a Hitler como comandante en jefe, quién ejerció su autoridad a través del Oberkommando der Marine (Alto Mando de la Marina).

En el caso de Oscar, su aventura comenzaría en el Bismarck, uno de los dos acorazados de la clase Bismarck de la marina de guerra alemana (Kriegsmarine). Una inmensidad que junto a su gemelo Tirpitz fue el acorazado más grande jamás construido por el ejército nazi. El acorazado fue lanzado el 14 de febrero de 1939 con Oscar en su interior. Medía 241 metros de longitud y pesaba 41.700 toneladas.

Imagen: Bismarck. Wikimedia Commons

El dueño de Oscar formaba parte de la marina en el acorazado, razón por la que incluyó al felino para que pudiera ayudar en labores de control de roedores. Bismarck solo estuvo en servicio ocho meses y participó en una única operación ofensiva en mayo de 1941. Obviamente el gato no sabía donde se estaba metiendo, pero se encontraba en el interior del barco que entraría de lleno en la conocida como la batalla del Estrecho de Dinamarca, un conflicto en altamar donde el acorazado hundió el orgullo de la Royal Navy británica, el crucero de batalla HMS Hood y dejó seriamente dañado al acorazado HMS Prince of Wales.

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Por el contrario, esta batalla también desencadenó serios daños en el navío, principalmente por el impacto de tres proyectiles por los que sufrió una importante pérdida de combustible en un tanque dañado. Dos días después y tras una intensa búsqueda por parte de los británicos, el Bismarck fue atacado por aviones torpederos que destrozaron los timones, dejando el barco inmanejable.

Al día siguiente el acorazado fue atacado nuevamente, en este caso por el fuego intenso de los buques británicos, lo que derivó en el hundimiento del barco. Se calcula que sobrevivieron al mismo alrededor de un centenar de alemanes de los más de 2.000 que había en tripulación. Oscar evidentemente formaba parte del pequeño reducto de supervivientes. Horas más tarde y según el relato de los ingleses, Oscar fue encontrado por los británicos flotando en una tabla de los restos del navío.

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El gato fue encontrado por un contingente perteneciente al HMS Cossack, uno de los 16 destructores que prestaron servicio en la Marina Real Británica en la Segunda Guerra Mundial. Este fue el momento en el que la tripulación del Cossack nombró a la nueva mascota “Oscar”. También fue el momento en la historia del animal que pasó de bando, de los nazis cambió a las fuerzas aliadas, aunque como veremos, su suerte no cambió en exceso.

Imagen: HMS Cossack. Wikimedia Commons

Como decíamos, el HMS Cossack fue un destructor, unos de los 27 construidos de la clase Tribal. Oscar estaría a bordo en el barco los siguientes meses mientras el navío llevaba a cabo tareas de escolta de convoyes en el Mediterráneo y el Atlántico norte. Durante esta época el gato vive una etapa como “marinero” apacible hasta la noche del 23 de octubre de 1941. Ese día el Cossack escoltaba al convoy HG75 de Gibraltar al Reino Unido cuando un torpedo del submarino alemán U-563 impacta sobre el barco.

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Alrededor de 150 tripulantes mueren en el acto. El barco se incendia y se parte en dos destruyendo su puente de mando. Parte de la tripulación se salva gracias a la ayuda del destructor HMS Legion. Cossack se intenta remolcar durante días pero a pesar de los esfuerzos se acaba hundiendo el 27 de octubre al oeste de Gibraltar.

Quizá porque la situación le era familiar, quizá la fortuna una vez más, el caso es que Oscar acaba una vez más aferrado a un pedazo del destructor flotante. En este caso nadie le rescata, la marea lleva a Oscar a orillas de Gibraltar. Una vez en tierra, los ingleses que formaron parte del acorazado se percatan de que se trata efectivamente de Oscar, no dan crédito que sea el mismo gato que fue rescatado del hundimiento del navío alemán y ahora del propio navío de los aliados. Es en este momento de la historia cuando los británicos nombran a este héroe de guerra el “insumergible Sam”.

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Ya sea por la creencia de que a Oscar aún le quedan varios vidas o simplemente porque el gato parecía que había nacido con una flor, el felino es trasladado al portaaviones HMS Ark Royal de la Royal Navy británica que sirvió en la Segunda Guerra Mundial.

Imagen: HMS Ark Royal. Wikimedia Commons

Diseñado en 1934, estamos ante el primer barco en el que los hangares y la cubierta de vuelo eran una parte integral del casco en lugar de un elemento añadido. Ironías del destino para el animal, el mismo portaaviones había sido parte fundamental en la destrucción del Bismarck alemán en el que comenzó su aventura, desde el HMS salió uno de los aviones que logró impactar con el barco alemán.

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Oscar vive aquí sus mejores días, en una megaestructura que durante meses sobrevive a varios conatos de accidente así como numerosos ataques aéreos, razón por la que se ganó en el tiempo el apelativo del barco con suerte. Aún así, parecía claro que si Sam estaba a bordo la suerte debía cambiar en algún momento.

Ocurrió el 13 de noviembre de 1941, momento en el que el submarino alemán U 81 torpedea el portaaviones. El disparo impactó de lleno en la megaestructura y aunque se intenta salvar en un primer momento, el Ark Royal tuvo que ser abandonado 12 horas después del ataque. Los aviones que portaba tampoco pudieron despegar y la tripulación fue transferida a los destructores HMS Legion y HMS Lightning. Dos horas más tarde el portaaviones se hundía con un único muerto a causa del impacto del torpedo.

Sam finalmente cambia su destino, acaba entre los supervivientes sin la necesidad de “remar” a la deriva bajo los restos de uno de “sus” barcos. La pérdida del Ark Royal sería también el final de la carrera del gato como felino a bordo de los navíos.

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Lo trasladan en un primer momento a las oficinas del gobernador de Gibraltar como todo un héroe de guerra y viviendo como una gran mascota. Lo podemos imaginar pasando sus días cazando ratones en el edificio. Más tarde sería enviado de vuelta al Reino unido, donde al parecer vivió el resto de sus días junto a uno de los soldados que sirvió en la guerra en una casa a orillas del mar en Belfast.

Sam moriría en 1955. O eso dicen, porque como en muchos de los relatos de guerra, hay quien dice que la historia de Sam el insumergible o del gato Oscar no puede ser real en su totalidad. El gato tiene su propio cuadro bajo el título de Oscar, the Bismarck’s Cat en el National Maritime Museum, en Greenwich. Pero también se dice que resulta ciertamente difícil que tras el hundimiento del Bismarck y el número reducido de supervivientes, Oscar fuera uno de ellos.

En cualquier caso también parece razonable pensar que un soldado británico se tomó el tiempo para salvar al gato. Y de ser cierto estaríamos ante la prueba irrefutable de que el gato tiene más vidas que el hombre.

Imagen: Oscar, the Bismarck’s Cat en el National Maritime Museum

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