Si la historia la escriben los valientes, cuando hablamos de megaestructuras habría que separar dos tipos: los que las construyen y los que las ponen a prueba. En este último grupo habría que hablar de Robert Odlum en 1885, el primer hombre en saltar desde el puente de Brooklyn para demostrar que se podía sobrevivir.

Antes de hablar de los acontecimientos que se vivieron en esa fecha, habría que remontarse dos años antes, momento en el que se finalizaba una de las construcciones más míticas de Estados Unidos y fuente de mil y una historias. Un 24 de mayo de 1883 se abría al público el puente de Brooklyn.

Diseño y construcción de una obra titánica

Foto: apertura del puente en 1883

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Trece años (de 1870 a 1883), eso fue lo que tardaron en construir uno de los puentes más antiguos de Estados Unidos que uniría los distritos de Manhattan y Brooklyn de Nueva York. Esta fue también la razón de que originalmente se le llamara puente de Nueva York y Brooklyn, aunque finalmente se le conoce simplemente por uno de los distritos con los que linda.

Hablamos de una megaconstrucción que en su momento guardaba varios récords de la época. A su antigüedad habría que sumarle que en el momento de su apertura era el puente colgante más grande del mundo con unas medidas de 1.825 metros de largo y la luz entre pilas de 486,3 metros, lo que también significó que hasta la construcción del puente Forth (521 metros) tuviera el récord de luz. No sólo eso, también se trataba del primer puente suspendido a través de cables de acero.

Foto: Imagen del puente en 1899.

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Y es que este obra de la ingeniería, símbolo de la ciudad de Nueva York, tuvo un diseño muy especial por parte del ingeniero John Roebling (inventor del cable de alambre). A pesar de que no sería hasta el siglo XX cuando comenzarían a realizarse pruebas aerodinámicas, su estructura abierta confería al puente una estabilidad inusual a prueba de fuertes vientos. El ingeniero y su equipo habían conseguido calcular el número de cables metálicos que hacían de la obra hasta seis veces más resistente de lo que se pedía como norma en la época.

Con todo y como decíamos al comienzo, el mayor hito en su construcción fue la inclusión por primera vez del cable de acero. De esta forma, cuatro cables unirían ambas orillas (Manhattan y Brooklyn) bajo un material increíblemente resistente que hasta ese momento sólo se había utilizado en las construcciones de ferrocarriles, nunca en puentes, donde hasta ese momento se hacía uso del hierro. Para demostrar la capacidad y resistencia de lo conseguido, los libros de historia guardan otro pequeño hito en el puente: E. Farrington, maestro mecánico, llegó a cruzar el East River deslizándose a través del cable montado en una silla.

Imagen: representación del “viaje” de Farrington

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Así, un 24 de mayo de 1883 se abre por fin al público. Ese primer día los diarios reflejarían las cifras históricas: más de 1.800 vehículos y alrededor de 150.000 personas cruzaron ese día la obra que había costado 15 millones de dólares (el doble del presupuesto inicial) y en la que murieron 27 personas para su construcción.

Historias del puente de Brooklyn

Foto: Puente de Brooklyn en la actualidad. Getty

Desde el mismo momento de su inauguración, el puente se convirtió en emblema de la ciudad. También comenzaron a surgir las primeras anécdotas donde la estructura sería el personaje principal de todo tipo de historias con Nueva York como telón de fondo.

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Una de las más recordadas tuvo lugar a los pocos meses de su apertura. Un accidente de una mujer provocó el miedo y la estampida de cientos de transeúntes, lo que acabó en tragedia con la muerte de 12 personas que se precipitaron del puente. Lo acontecido desató la incertidumbre sobre la estabilidad y seguridad de la estructura.

Este acontecimiento iría relacionado con el siguiente que tendría como protagonista al mítico Phineas Taylor Barnum. Hablamos del que fuera empresario millonario y artista circense de Estados Unidos, conocido principalmente por fundar el Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus, por eso y porque se le atribuyó (erróneamente) la frase: “cada minuto nace un idiota”.

El caso es que el señor Barnum quiso poner a prueba y demostrar que el puente de Brooklyn era realmente fiable. No se le ocurrió una fórmula mejor que trasladar hasta la mismísima estructura 21 de los elefantes que tenía en el circo de su propiedad. Una manada de elefantes que cruzaron el puente de Brooklyn y que confirmarían, ahora sí, la total fiabilidad de la estructura.

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Este hecho permitió aclarar que las muertes anteriores y las venideras se debían única y exclusivamente a la altura desde la que podía caer una persona, esos 41 metros de altura desde los railes hasta el agua. Y es justo en este momento cuando hace su aparición Robert Emmet Odlum, nadador profesional y apasionado del riego (y las apuestas).

Robert Odlum: el profesor de natación amante del riesgo

Foto: representación de Robert Emmet Odlum. Wikimedia Commons

Robert Emmet Odlum nacía en Nueva York un 31 de agosto de 1851 y fue un profesor de natación en Estados Unidos (entre otras muchísimas cosas). Además, era el hermano de la famosa activista por los derechos de la mujer Charlotte Odlum Smith.

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La pasión por la natación la tuvo desde niño, lo que hizo que tras diversos trabajos de lo más variopintos (comerciante de té, conductor de ferrocarril o escritor pro-derechos de la mujer) se estableciera en Washington abriendo una escuela de natación en 1878.

Tres años después, en 1881 y según escribiría más tarde su madre en la biografía sobre su hijo “La vida y aventuras del profesor Robert Emmet Odlum”, el hombre busca nuevos retos y deja de lado la escuela. Entre sus nuevas “aventuras” se cuentan numerosos retos en mar abierto donde apostaba dinero retando a quién quisiera a carreras de natación. Luego pasaría a ser parte de la tripulación en el barco de excursiones Potomac donde llevaría a cabo exhibiciones mostrando sus habilidades como nadador y buceador. El 4 de julio de 1881 llevaría a cabo su primer gran salto. Lo haría lanzándose desde el puente de madera Occoquan Falls desde una altura de 27 metros. En julio de 1882 llegaría el segundo gran salto, en este caso desde el muelle Marshall Hall a una altura de 33 metros. Vuelve a salir ileso y su nombre comienza a ser leyenda.

Otra de sus gestas tuvo lugar un 10 de agosto de 1882, fecha en la que había cerrado su escuela de natación y trabajaba como profesor de natación en Virginia. Ese día nadaría 28 kilómetros de Old Point Confort a Ocean View, una ida y vuelta nadando la última media hora contra corriente.

Principio y fin de un salto épico

Foto: Pintores posan en los cables de suspensión del puente el 7 de octubre 1914

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Así llegamos hasta ese 19 de mayo de 1885. Tras una vida dedicada a la natación, el hombre decide ir más allá que ninguno antes. Su plan: ser la primera persona en saltar desde el puente de Brooklyn.

Las motivaciones de Odlum para hacerlo eran varias, aunque principalmente quería demostrar que, aunque habían muerto varias personas anteriormente, se podía sobrevivir al salto. Además, el hombre trataba así de alentar a la gente a que estuviera dispuesta a saltar sobre las redes o colchonetas con las que se auxiliaba en la época ante un edificio en llamas. Evidentemente entre sus motivaciones también se incluían las económicas. Había realizado la gran apuesta de su vida... donde precisamente su vida sería el medio de pago. Una gran oportunidad para mejorar su economía y la de su madre.

Esa mañana, y ante la posibilidad de que la policía abortara el salto (había sido alertada), acudió a su cita con el destino junto a dos amigos. Ambos saldrían minutos antes al puente y se harían pasar por él, de manera que la policía no sabría quién era el verdadero Odlum.

Foto: construyendo el puente de Brooklyn

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Con todo dispuesto, incluido un remolcador con espectadores para ver el salto que se situaría a menos de 90 metros del puente y un profesional de rescate a bordo contratado por Odlum, nuestro hombre saltaría a las 17:35 pm desde el puente de Brooklyn.

Odlum tendría la mala suerte de la llegada de un fuerte viento justo en el momento del salto, lo que hizo que el experimentado atleta se desnivelara ligeramente. Como resultado, su llegada al agua no fue vertical, fue en un ángulo fatal, golpeando en primer lugar el agua con los pies y la cadera derecha.

Aún con vida tras su salto, los equipos de emergencia lo intentaron reanimar, momento en el que recuperó la conciencia brevemente y preguntó por el salto que había realizado. Minutos más tarde fallecía a las 18:18 de la tarde y la autopsia revelaría que el impacto había sido fatal rompiéndose internamente bazo, hígado y riñones.

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Días después se celebraría su funeral en Washington con numerosos homenajes al hombre que luego fue tratado tras su muerte como un héroe de su tiempo. Había muerto el primer hombre en intentar un salto desde el puente de Brooklyn. Una hazaña que, si bien no logró en su totalidad, al menos sí en parte, había sobrevivido a la leyenda que perseguía al puente de Brooklyn, a la muerte instantánea al caer desde semejante altura.

Foto: Julian Starks / Getty

Foto portada: Victoria Lipov / Shutterstock

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