Después de 5 años recorriendo el Sistema Solar a unos vertiginosos 260.000 kilómetros por hora (es uno de los objetos más rápidos jamás fabricados por el hombre), la sonda Juno ha llegado por fin a Júpiter, preparada para aportar a los científicos datos sobre el planeta que hasta ahora estaban vedados.

El éxito de la misión abre una serie de meses de experimentos y órbitas en torno al gigante rojo que la NASA espera que entreguen más información de la que hemos tenido nunca.

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Nadie ha visto Júpiter el modo en el que nosotros vamos a hacerlo” estas palabras de Scott Bolton, director de la misión, a Gizmodo condensan bastante bien la importancia de Juno para la ciencia. ¿Por qué? Durante décadas la observación de Júpiter ha estado muy limitada a lo que puede apreciarse desde la Tierra, incluido su gigantesco “ojo”, esa tormenta permanente que toma forma de mancha arrebolada en su superficie.

Juno, Galileo y el origen de la Tierra

Lo más parecido que hemos tenido hasta la fecha ha sido Galileo, otra misión de la NASA, que operó desde 1995 hasta 2003 y que terminó por desintegrarse en una última maniobra suicida cuando los científicos desviaron su trayectoria lo máximo posible hacia el interior de la atmósfera de Júpiter.

Esa atmósfera es uno de los misterios sobre los que Juno espera aportar algo más de luz. En lo relativo a la formación del planeta Tierra en los orígenes del Sistema Solar, pocos otros planetas esconden información para los científicos como Júpiter. Según Bolton: “Júpiter representa el primer y quizá más importante paso en la transición existente entre formar una estrella y formar un sistema solar. Es tan grande que usó más de la mitad de los restos existentes tras la formación de nuestro Sol”.

La actividad de Júpiter sentó las bases para la formación de planetas como Mercurio, Venus, Marte y la propia Tierra. Si miramos bien cómo son esos gases, su composición y su estado, podremos entender mejor cómo fueron las primeras etapas de nuestro planeta y cómo impactaron para que posteriormente apareciesen los océanos, nuestra atmósfera, nuestro clima y, en última instancia, la vida.

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El núcleo, además, es otro de los misterios que los científico esperan resolver o al menos desvelar parcialmente. Júpiter es una gigantesca aglomeración de gases. Eso implica que, al contrario de lo que sucede en la Tierra o incluso en Marte, no hay una parte sólida una vez cruzas su atmósfera, no se puede “aterrizar”. Sólo hay gas.

La cuestión es que una cantidad de gases tan grande conformando un planeta tiene que estar ahí debido a un núcleo rotatorio, un núcleo que sería bastante más grande que la propia Tierra y que muchos creen se conforma por metales variados. ¿Cómo es? ¿Cómo de grande es? ¿Es el origen de su gigantesco campo magnético? Preguntas, de momento al aire, que los científicos esperan poder responder en los meses y años venideros.

Recreación artística de Juno explorando el gigantesco campo magnético de Júpiter (Imagen: NASA)

El otro gran objetivo: estudiar la magnetosfera de Júpiter

La actividad en la atmósfera de Júpiter es frenética, es el entorno con la radiación más intensa que existe en el sistema Solar. En la Tierra, nos exponemos continuamente a una radiación de fondo de unos 0,3 rads. En comparación, en la serie de aproximaciones que Juno realizará a “solo” 5000 kilómetros de las nubes superiores del planeta”, la sonda se verá expuesta a aproximadamente unos 20 millones rads.

Una de las descomunales auroras de Júpiter.

Juno nos ayudará a entender los efectos del campo magnético de Júpiter y sus espectaculares auroras boreales, muchas de ellas más grandes incluso que la propia Tierra. Dentro de poco más de un año, y para evitar la “contaminación” derivada de la intensísima atmósfera, la NASA mandará a Juno en una última maniobra suicida hacia el interior del planeta rojo, siguiendo los pasos de Galileo, para evaluar su composición justo antes de morir.


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