Foto: James Petts / Flickr, bajo licencia Creative Commons.

Las consideramos una plaga tan infecta que se han ganado el apelativo de las ratas del aire, pero ¿realmente son tan peligrosas? El sociólogo Colin Jerolmack se embarcó en una investigación de 150 años, y la respuesta a la que llegó es sorprendente: el odio a las palomas es infundado.

Todo empezó, paradójicamente, con una cagada de paloma. Jerolmack salió a un parque a pensar cómo se podían mejorar las zonas verdes de Nueva York y la respuesta le cayó encima. Sin embargo, en lugar de abogar por exterminar a esos pequeños retretes con alas, el sociólogo se preguntó por qué las odiamos tanto.

Para dar con una respuesta, Jerolmack recopiló toda la documentación que pudo encontrar sobre la relación entre palomas y humanos en Manhattan en los últimos 150 años. Lo que descubrió es que el odio exacerbado a las palomas es un fenómeno relativamente reciente. Las palomas han acompañado al ser humano durante cientos de años, pero solo se han convertido en un problema en las últimas décadas.

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El odio a las palomas comenzó a gestarse en la década de los 30 y 40 debido a la proliferación de estas aves y de sus abundantes cagarrutas. Las palomas defecan una media de 11 kilos de excremento al año, y el PH de su materia fecal es lo bastante ácido como para suponer un problema para los edificios que llevan más décadas soportando esa lluvia infecta.

Un meme clásico y no muy alejado de la realidad.

En los años 50 la animosidad hacia las palomas subió un nuevo peldaño después de que se descubriera que son vectores de varias enfermedades que pueden afectar al ser humano. Se conocen más de 30 afecciones vinculadas a estas aves como la listeria, la salmonellosis o la toxoplasmosis. Sin embargo, la realidad es que, como vector, las palomas son muy poco efectivas. El centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos no las considera una amenaza para la salud publica y sus epidemiólogos confirman que los casos de contagio de alguna enfermedad a seres humanos son muy raros.

Pese a que son mucho menos plaga de lo que pensamos, nuestra imagen de ellas siguió empeorando. En 1966, el responsable de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Nueva York acuñó el término “Ratas con alas” y la paloma se convirtió en el enemigo público número uno en el imaginario colectivo.

Foto: aimee rivers / Flickr, bajo licencia Creative Commons.

Jerolmack explica nuestro odio a las palomas desde un punto de vista sociológico asociado al concepto geografía imaginaria. En nuestra cabeza, la ciudad es el lugar en el que invitamos a la naturaleza para que juegue según nuestras reglas. No hay animales peligrosos y hasta la vegetación debe crecer solo donde nosotros digamos. Obviamente, la paloma se caga en esas aspiraciones (literalmente). No solo ensucia donde quiere, sino que es sospechosa de traer enfermedades a nuestro inmaculado reducto de civilización.

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¿Por qué entonces sentimos casi más aversión por las palomas que por las ratas? La respuesta es el número. Es raro ver una rata en la ciudad a menos que haya una plaga especialmente intensa de estos roedores. Sin embargo, las palomas se cuentan por cientos o incluso miles. Quizá la tendencia reciente de retornar a una idea de ciudad más conectada con su lado natural sirva para suavizar algo la mala fama que tienen las palomas, pero la fama (sobre todo la mala) es muy difícil de borrar, aunque sea inmerecida. [How Pigeons Became Rats: The Cultural-Spatial Logic of Problem Animals vía Audubon]