Muestras de roca lunar en el Johnson Space Center. Wikimedia Commons

El 20 de julio de 1969 se cuenta como uno de los momentos más significativos de la historia. La misión Apolo 11 llegaba a la Luna y al día siguiente Armstrong y Aldrin la pisaban. A su regreso, la misión traía un pedazo de muestra. Lo que ocurrió después sólo podía pasar en la Tierra.

Entre 1969 y 1972, las misiones espaciales Apolo lograron llevar hasta 12 hombres a la Luna. El mundo entero observó con asombro lo conseguido. Cada una de las misiones recogió muestras de roca de la superficie lunar, objetos preciosos que, junto a un pedazo de meteorito que podría contener señales de vida en Marte, fueron sellados para evitar cualquier tipo de contaminación con la atmósfera terrestre.

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La caja donde se guardaron estas primeras y únicas muestras históricas se almacenó en una bóveda en un laboratorio del Centro Espacial Johnson (Houston). Allí permanecieron hasta el año 2002, cuando se produjo uno de los mayores robos de la historia de la NASA y, posiblemente, uno de los momentos más vergonzosos de la historia de la humanidad.

El interno Roberts

Vista aérea completa del Johnson Space Center. Wikimedia Commons

Año 2001. Thad Roberts, de 24 años, recibe una carta que le iba a cambiar la vida. La NASA lo había aceptado en su programa para aspirantes a astronautas. Roberts fue asignado al Centro Espacial Johnson.

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La infancia del joven no había sido fácil. Su educación tampoco. Rechazado por su familia mormona por tener relaciones sexuales con su novia antes del matrimonio, el joven Roberts fue dando tumbos como estudiante hasta que encontró en la Luna una meta.

El día que le anunciaron su ingreso, Roberts estaba casado y pasaba por dificultades económicas. Se hizo un nombre en la NASA tomando riesgos y rompiendo las reglas cada vez que podía. Los que trabajaron con él lo recuerdan como un tipo que no le tenía miedo a nada, temerario y desafiante con el resto de compañeros.

Sala de operaciones en el Johnson Space Center durante la misión Apolo 11. Wikimedia Commons

Un año después, Roberts no se quitaba de la cabeza una idea. Meses atrás había asistido a una clase del científico de la NASA, Everett Gibson, y había visto de primera mano algunas de las primeras muestras de roca lunar que llegaron con la misión Apolo. El resto se encontraban no muy lejos de allí, en una caja fuerte sellada.

Roberts pensaba que aquello no podía ser, que a pocos metros de donde se encontraba tenía el tesoro más valioso que había existido en la Tierra, y la NASA lo tenía en un rincón. El tipo pensaba que lo correcto era sacarlas de allí y usarlas.

Para llevar a cabo su plan no estaba sólo. Camino de un divorcio debido a la relación que había empezado en el programa con su compañera Tiffany Fowler, ambos habían ideado el robo del siglo. Junto a ellos, Shae Saur, de 19 años y compañera del programa.

El robo

Simulador de vuelo en el Edificio 9 del Johnson Space Center. Wikimedia Commons

Las muestras se encontraban en el edificio 31 del Centro Espacial Johnson, alrededor de 270 kilos de rocas lunares propiedad exclusiva del gobierno. El tesoro nacional era el total recaudado en seis misiones. Para que nos hagamos una idea del edificio, se trata de uno de los pocos construidos bajo estándares de Clase 100, es decir, una estructura que puede soportar hasta 1000 años de sumersión de agua, entre otros parámetros de los más peliculeros.

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Así que un día de la primavera del 2002 al llegar la noche, los tres inician uno de los robos más difíciles de la historia, más que cualquier entidad bancaria en el mundo.

Las salas estaban vacías. Los internos se encontraban en un cuarto de baño, allí se cambiaron de ropa y se pusieron unos trajes de neopreno. Habían pensado que el material ayudaría a sortear los sensores de calor que habían en la zona de seguridad de la caja fuerte.

Aldrin en la Luna. Wikimedia Commons

Unos minutos antes habían entrado al edificio sin ningún problema. La seguridad les había dejado pasar porque eran alumnos del centro y a menudo se trabajaba en la noche. Thad había conseguido el código de acceso de la primera zona de seguridad del edificio por un amigo que trabajaba en el área.

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Las rocas lunares estaban en una cámara desprovista de oxígeno para evitar que pudieran pudrirse por oxidación. Tenían unos 15 minutos de aire suministrado en unos pequeños tanques una vez que entraran en la cámara llena de nitrógeno. La zona contigua parecía sacada de una novela de ciencia ficción, un enorme laboratorio de superficies blancas, metal y paneles de vidrio junto a la presencia fantasmagórica de los tanques de nitrógeno.

Los astronautas del Apolo 11, en cuarentena, reciben la visita del presidente Nixon. Wikimedia Commons

Desde allí, accedieron a una habitación impoluta, un laboratorio vacío que terminaba en un pequeño pasillo cuyo final lindaba con la puerta de la bóveda donde se encontraba el tesoro. La bóveda en sí era muy similar al laboratorio, una gran sala donde las muestras estaban envueltas en vidrio y metal y numeradas por misión.

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No tenían mucho tiempo, unos 4 minutos para romper la caja fuerte y salir o no tendrían suficiente aire para volver al exterior. A medida que los segundos avanzaban se podía palpar el nerviosismo, imposible averiguar el código, así que optaron por el plan B. Tomar la caja, cargarla en una plataforma pequeña y llevarla hasta el coche que les esperaba.

Al acabar la noche lo habían logrado. Habían llevado a cabo el mayor robo de la historia de la NASA, alrededor de 1 cuarto de tonelada de rocas y metal valorado en 21 millones de dólares. Para colmo, la NASA no se dio cuenta de que la caja fuerte había desaparecido durante dos días. Ahora tocaba pensar qué demonios iban a hacer con ellas.

Después del robo

Sex on the Moon, libro de Ben Mezrich sobre los hechos ocurridos. Wikimedia Commons

El día que la agencia supo del robo comenzó la investigación. No habían pistas, ni huellas dactilares, ni un mechón de pelo, nada. La lista de sospechosos era tan grande como el número de personas que trabajaban en el Centro Espacial Johnson.

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Mientras tanto, los intrépidos ladrones llevaron a cabo un acto difícil de catalogar. Las muestras lunares perdieron su “virginidad” a las pocas horas. Normalmente, la vida de una muestra del espacio debería ser aburrida. Estos fragmentos rara vez salen de los laboratorios y son estudiados por un número muy pequeño de personas.

Con la Luna no fuimos capaces. Roberts le había prometido a su mujer que algún día harían el amor en la Luna. Jamás pudo cumplirlo. En cambio, con su actual pareja estuvo muy cerca.

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La misma noche del robo, un 20 de julio (33 aniversario de la primera caminata espacial), decidieron tener sexo toda la noche con las muestras esparcidas bajo las sábanas. De un plumazo (o un polvazo), Roberts y Tiffany habían contaminado para siempre muchas de las primeras muestras de nuestro paso por la Luna. Como él mismo dijo años después:

Tomé varias de las muestras de roca y las puse debajo de las sábanas en la cama. Aquello fue un símbolo de lo que estábamos haciendo, básicamente, por fin tenía sexo en la Luna. No era cómodo, por supuesto, pero el acto no era acerca de la comodidad en ese momento. Y nadie, que yo sepa, había tenido nunca sexo en la Luna.

Thad Roberts

Poco después, los ladrones deciden poner a la venta las rocas. Gordon M., un amigo de Thad, los ayudó a encontrar un comprador a través de Internet. Se hicieron pasar por el coleccionista “Orb Robinson” con el siguiente anuncio:

Mi nombre es Orb Robinson, de Tampa. Tengo en mi poder muestras de roca lunar y estoy tratando de encontrar un comprador. Las leyes que rodean este tipo de intercambio son conocidas, por lo que seré directo e indiferente a querer encontrar un comprador privado. Si usted, o alguien que usted conoce, está interesado en tal intercambio, por favor hágamelo saber.

Un belga aficionado a los minerales llamado Axel Emmermann se sintió intrigado por el anuncio. Emmermann quería las rocas si el precio era justo, pero acabó sospechando y pensó que había algo raro. El hombre se puso en contacto con el FBI y varios agentes especiales en Tampa establecieron una plan para atrapar a los ladrones.

Emmermann le dijo a “Robinson” que se pusiera en contacto con su supuesto hermano y su cuñada para establecer una reunión (realmente agentes del FBI). El encuentro tuvo lugar en un restaurante italiano en Orlando. Roberts y el resto del equipo eran arrestados y las rocas se recuperaron en una habitación de hotel cercano.

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Así terminaba una de las historias más sorprendentes de la NASA. Los ladrones no sólo robaron las muestras, en el proceso, también las contaminaron, haciéndolas prácticamente inútiles para la comunidad científica. Además, también destruyeron tres décadas de notas manuscritas de investigación de la NASA que se encontraban en la caja fuerte.

Los tres fueron declarados culpables y Roberts fue condenado a más de ocho años de prisión. Durante el tiempo que estuvo en la cárcel le dio tiempo a sacar un libro y desafiar al mismísimo Einstein con una teoría sobre el espacio cuántico. Aunque, posiblemente, este capítulo de su vida da para otra historia. [Wikipedia, Gizmodo, FBI, CBS, DailyMail]