Chemtrails, señales de móvil cancerígenas, vacunas que provocan autismo, extraterrestres ocultos entre nosotros... Millones de ciudadanos en todo el mundo creen en alguna teoría de la conspiración. ¿Qué lleva a una persona aparentemente racional a dar por ciertas estas historias?

No se trata de un problema de cuatro chiflados encerrados frente a una conexión a Internet con un gorro de papel de aluminio en la cabeza. Un reciente estudio calculaba que, solo en Estados Unidos, la mitad de la población cree en alguna teoría de la conspiración relacionada con la medicina.

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Los escépticos a menudo tachan de estúpidos a quienes creen este tipo de leyendas urbanas que han encontrado en las redes sociales el caldo de cultivo perfecto para propagarse. Sin embargo, es un error que no ayuda a disiparlas. No se trata de una cuestión de inteligencia. Una persona puede ser perfectamente racional para la mayoría de asuntos de su vida y sin embargo creer ciegamente en una teoría que desafía la lógica más flexible.

El culpable de estos deslices de nuestro sentido común es nuestro propio cerebro. Las teorías de la conspiración están diseñadas para aprovecharse de la manera en la que procesamos la información. Estos son algunos de los rasgos de nuestra mente que nos convierten en víctimas perfectas de este tipo de historias virales:

Causalidad intencional y paranoia

Nuestro cerebro ha evolucionado durante miles de años para convertirnos en auténticos paranoicos, porque la paranoia es muy útil para nuestra propia supervivencia. Si estamos en el bosque y oímos un ruido en un matorral, nuestro cerebro tiende a pensar automáticamente que se trata de un animal peligroso y no del viento, porque pensar que se trata solo del viento e ignorarlo podría ponernos en peligro. Estas mismas conexiones son las que nos hacen pensar que todo debe tener una explicación y una causa intencionada. Nos cuesta creer en la casualidad y en que no pasa nada.

Reconocimiento de patrones

Uno de las habilidades más increíbles de la mente humana es su capacidad para encontrar patrones significativos y anomalías a nuestro alrededor. Es la base de nuestro uso del lenguaje, de nuestra comprensión del entorno y lo que nos permite hacer predicciones en base a datos.

El problema del reconocimiento de patrones es que, por usar un simil de los cómics, es un superpoder que no controlamos. Nuestro cerebro busca patrones constante y compulsivamente. Es la razón por la que vemos caras en todo tipo de objetos, y también la razón por la que vemos patrones en sucesos sin ninguna relación.

Sesgo de confirmación

El juguete favorito de nuestro cerebro cuando decide trolearnos. A las personas nos cuesta mucho asumir que estamos equivocadas en algo, especialmente si ese algo forma parte de nuestra filosofía o visión del mundo. En consonancia, tendemos a buscar información que avale esa idea y a unirnos a otras personas que compartan las mismas creencias, aunque sean erróneas.

De igual manera, el sesgo de confirmación es el que nos hace rechazar como interlocutores a las personas que tratan de sacarnos de nuestro error. Es el responsable de que, si crees en teorías de la conspiración, automáticamente pienses que yo no soy una fuente fiable por tratar de convencerte de lo contrario en este post. La causalidad intencional del primer punto se encargará, además, de hacerte pensar que en realidad queremos convencerte de ello porque somos parte activa en la conspiración.

Sesgo de proporcionalidad

Nuestro cerebro tiende a establecer un equilibrio entre causa y efecto. En otras palabras: las causas pequeñas tienen efectos pequeños, y las causas grandes tienen efectos grandes. Cuando no encontramos ese equilibrio, nuestra mente tiende a buscar causas adicionales para equilibrar el problema.

Proyección de cualidades

Nuestro cerebro tiende a proyectar sus propios miedos y cualidades negativas en los demás. Es el mítico “Cree el ladrón que todos son de su condición” (lo que, de paso nos hace volver al punto de atribución causal). Curiosamente, este comportamiento es el que hace que personas que creen en una teoría de la conspiración ataquen fervientemente otras que no concuerdan con la suya.

Miedo

El miedo no es un sesgo de confirmación, pero es el catalizador que dispara todos los demás. Tenemos miedo de lo que no comprendemos bien. Tenemos miedo de que nos hagan daño a nosotros o a nuestros seres queridos. Tenemos miedo de no tener el control, y de ser vulnerables.

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El miedo espolea al cerebro para que busque significados y patrones a nuestro alrededor porque saber lo que está pasando es lo único que nos puede quitar el miedo. Nos hace sentir que estamos preparados y alerta en lugar de esperando un golpe que no sabemos siquiera de dónde vendrá.

El resultado es que estamos dispuestos a creer en cualquier cosa, aunque sea terrorífica, porque somos incapaces de soportar la incertidumbre y la ausencia de explicaciones. La sensación de que entendemos el mundo que nos rodea es lo que nos hace sentir seguros. Creer en teorías de la conspiración es el remedio contra lo que más nos aterra de todo: reconocer que las cosas pasan por pura casualidad y que nada tiene sentido.

Los sesgos y mecanismos que citamos aquí son solo algunos de los que entran en juego cuando decidimos creer algo contra toda lógica. Esta página de Wikipedia cita muchísimos más. Si la lees es muy probable que descubras que tu cerebro te la ha jugado más veces de las que crees.

Post creado a partir de un artículo publicado por nuestros compañeros de Lifehacker