A principios de la década de los 70 comenzó a sonar el teléfono en la casa de una familia de origen humilde de Virginia, y desde entonces, nunca ha parado de sonar. Sorprendidos, todas las llamadas eran peticiones de la comunidad científica. Querían muestras de sangre para conocer su genética. Así fue como se enteraron que las células de su madre, quién había muerto hacía 20 años, seguían vivas, eran inmortales y estaban salvando millones de vidas.

La historia de Henrietta Lacks es única y especial, tanto como para poder decir que su cuerpo, o mejor dicho sus células, son lo más parecido que el ser humano ha estado de ser un superhéroe, en este caso una superheroína, salvando vidas desde entonces. Una verdadera pena que a la señora Lacks nadie le dijera en vida de lo que iba a ser capaz.

La señora Lacks en vida

Imagen: Henrietta Lacks. Wikimedia Commons

Henrietta nació el 1 de agosto de 1920 en Roanoke, Virginia. Una mujer afroamericana nacida en el seno de una familia pobre. Tanto fue así, que tras la muerte de su madre Loretta, el padre de Henrietta la llevó a ella y a sus nueve hermanos a vivir con sus abuelos. Pasaron los años y cuando cumplió 21 se casó (1941) con su primo David Lacks.

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Una vez casados tuvieron cinco hijos y se trasladaron a vivir a Dundalk (Maryland) en busca de oportunidades. Joseph, el último de los hijos de la señora Lacks, nació en noviembre de 1950, cuatro meses antes de que le diagnosticaran a su madre un cáncer.

Lo cierto es que todo ocurrió en un corto espacio de tiempo. El 1 de febrero de 1951 Henrietta acude a una consulta en el Hospital John Hopkins debido a un doloroso bulto que se encontraba en el cuello uterino. Además, hacia unos días que sangraba intermitentemente en la vagina. Tras los análisis se le diagnosticó cáncer de útero. Tenía 31 años y los médicos vieron desde el principio que se trataba un tipo muy agresivo y extraño, decían que nunca habían visto un tumor así anteriormente.

Antes de iniciar el tratamiento contra el tumor le extraen una serie de células del carcinoma con fines de investigación pero a ella no le dicen nada. Los doctores lo hacen sin su consentimiento, algo normal en la época, que no legal. Más tarde tendría lugar una segunda visita con el doctor George Otto Gey, quién acaba tomando otra muestra del tumor y guarda una parte de la misma. Ni Otto ni Henrietta lo sabían en ese momento, pero esa muestra sería el principio de muchas cosas.

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A Henrietta la trataron con radioterapia y tratamientos de rayos X pero finalmente su enfermedad avanzó muy rápido y fallecía el 4 de octubre de 1951. Henrietta, la mujer luchadora y tremendamente pobre, era enterrada sin nombre en la lápida en un cementerio familiar en Virginia.

Las células en el cuerpo humano

Imagen: Andrii Vodolazhskyi / Shutterstock

La mayoría de las células en el cuerpo humano sólo se pueden multiplicar un número determinado de veces, luego, inevitablemente mueren. Este límite es lo que se denomina el límite de Hayflick, un hallazgo del doctor Leonard Hayflick en 1960. El doctor había descubierto que el tejido proveniente de los pulmones parecía morir después de que las células se hubieran dividido cierto número de veces (unas 50 veces). Tras el hallazgo, el hombre realiza un segundo experimento dejando a las células dividirse 25 veces para luego congelarlas por un tiempo.

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Al restablecer la temperatura, las células continuaban dividiéndose hasta el límite de unas 50 divisiones para luego morir. A medida que las células se aproximaban a este límite de edad, presentaban cada vez más signos de envejecimiento celular. Hoy puede parecer una nimiedad, pero el logro de Hayflick contradecía lo que se decía hasta entonces dando por primera vez una explicación de las causas de la vejez.

El doctor postuló que la cantidad de veces que las células humanas podían dividirse era limitada. Y así, por primera vez la ciencia enfocaba su atención en el crecimiento celular para explicar la vejez en el ser humano y los cambios que aparecen en la edad. No sólo eso, también se establecía una distinción entre células mortales y células inmortales.

Imagen: Límite de Hayflick. Wikimedia Commons

El descubrimiento del doctor dio paso a estudios posteriores. Gracias a ello, hoy se sabe que las razones por las que se produce la vejez celular es por el acortamiento de una pequeña porción de nuestro ADN denominada telómeros (llamados así a los extremos de los cromosomas) durante la división celular. Es decir, que si los telómeros son cortos, la célula muere (o lo que es lo mismo, ha llegado al límite de Hayflick).

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Por tanto, si existen células humanas que no se degradan con la multiplicación, células que no muestran ningún límite en el número de veces que se podrían llegar a dividir y que permanecen vivas para siempre (inmortales) en un entorno adecuado, de ser así y existir, serían una fuente de estudio sin precedentes para la ciencia.

Y resulta que en la historia de la humanidad, el origen más antiguo de estas células venían de una única persona. Ella jamás lo supo, pero desde el momento en el que murió, Henrietta Lacks se había convertido en una de las mayores contribuyentes a la ciencia y al estudio del propio cáncer.

La señora Lacks en células

Imagen: Los avances gracias a las células HeLa. Wired

Volviendo a esos últimos momentos de su vida y a ese segundo encuentro con el doctor Otto Gey, el médico había tomado una serie de muestras de las células cancerosas de Lacks para reproducirlas sin el consentimiento de esta. Tras su muerte, los médicos se dieron cuenta de la extraordinaria calidad de dichas células. De manera insólita, parecían no estar en deuda con el límite de Hayflick. Lo mismo ocurría con los telómeros, los cuales no mostraban signos de acortamiento en la reproducción, cada descendiente era una copia perfecta de los “padres”.

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Así fue como Otto Gey tomó la decisión más difícil y polémica de su vida. No era lo normal, pero las células de Henrietta Lacks debían distribuirse como un medio para la investigación del cáncer a pesar de que la “donante” no había dado su consentimiento. Otto en cambio sí quiso proteger la identidad de la mujer y sus descendientes. Así fue como el nombre de Henrietta Lacks se ocultó bajo el nombre en clave de HeLa, las células del milagro, las células inmortales.

Desde entonces y hasta hoy, estas células se encuentran repartidas en la mayoría de centros de investigación contra el cáncer en el mundo. Hay muchas cepas de célula HeLa que continúan evolucionando a través de su crecimiento en diversos cultivos celulares, aún así, todas descienden de las mismas células tumorales obtenidas de Lacks. Se estima que el número total de células HeLa obtenidas mediante cultivos celulares excede en mucho al número total de células que llegaron a estar presentes en el cuerpo de la misma Lacks.

Años después de que el doctor Otto donara a la ciencia estas células que han dado tanto, el doctor fallecía. Fue a comienzos de la década de los 70 y fue también el momento de esa primera llamada al hogar de los Lacks que dio origen a cientos de llamadas.

Imagen: partículas de las células HeLa. Heiti Paves / Shutterstock

La familia y los descendientes de Henrietta Lacks se enteraban 20 años después de su muerte que las células de su madre aún seguían vivas, y que estaban repartidas por todo el mundo, salvando millones de vidas. La sensación que se ha tenido desde entonces es bastante extraña.

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A pesar de que estas células han sido un milagro para avanzar en tantas causas e investigaciones sobre el cáncer y la vejez, no ha estado exenta de polémica. Y es que en todo este tiempo muchos hicieron fortuna, comenzando por la millonaria industria biotecnológica, mientras que su familia jamás recibió dinero alguno. Nadie tenía permiso para ocuparse de sus células sin su consentimiento, y aunque todos estaremos de acuerdo en que ha valido la pena, la situación de extrema pobreza de la familia ha dado que pensar a la misma comunidad científica.

Hace tan sólo tres años, en agosto del 2013, los familiares de Lacks fueron consultados por primera vez en 60 años. Sus descendientes alcanzaron un acuerdo con el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos. No recibirán dinero, pero al menos si podrán saber y controlar qué o quiénes tienen acceso al código genético, parte del que todos son en un porcentaje.

De alguna forma y aunque tarde, se reconocía la figura de una mujer extraordinaria. Las células de esa mujer que ni siquiera tiene un nombre en la lápida ni se sabe el lugar exacto donde fue enterrada, han servido, entre otras cosas, para desvelar el mecanismo por el que el virus del sida se hace con las células humanas, para la vacuna de la polio, para avanzar en los estudios relacionados con la clonación, para, obviamente, desvelar la causa que mató a Henrietta, la causa del cáncer de cuello de útero… y así hasta un sin fin de decenas de miles de estudios y patentes.

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Nunca nadie dio tanto a la vida una vez muerta.