Un equipo de investigadores del Colegio Universitario de Londres acaba de lograr que una mujer de mediana edad experimente por primera vez en su vida lo que es el dolor físico. No, no es sadomasoquismo. Se trata de un avance importantísimo en el tratamiento de una rara condición genética que no tiene nada de positivo.

Ser incapaz de sentir dolor puede parecer una ventaja, pero en realidad es una auténtica maldición. El dolor es el mecanismo que nuestro organismo utiliza para hacernos reaccionar rápido y evitar una lesión grave. Apenas hay un puñado de personas en el mundo incapaces de sentir dolor, y sus vidas no son nada halagüeñas. De pequeños, pueden llegar a morderse los dedos hasta hacerse sangrar, y a menudo sufren todo tipo de golpes y quemaduras debido a su incapacidad para saber cuándo se están haciendo daño.

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Las personas que no son capaces de sentir dolor sufren de una rara mutación genética en los canales de sodio. Estos canales son proteínas transmembrana que permiten el paso de iones sodio a través de la membrana celular, y dependen de un gen asociado a una proteína llamada Nav 1.7.

Partir del supuesto inverso

Las compañías farmacéuticas llevan años tratando de bloquear los canales de socio para tratar de inhibir el dolor en el común de los mortales que sí somos capaces de sentirlo. El equipo del doctor John Wood ha partido del extremo contrario: estudiar como funcionan esos canales en una persona incapaz de sentir dolor.

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El experimento comenzó con ratones que tenían inhibida la proteína Nav 1.7. Wood y su equipo hallaron que, cuando los canales de sodio no funcionan, el organismo aumenta la expresión de los genes que regulan los opiacios que segrega de forma natural, lo que explica por qué no son capaces de sentir dolor.

La solución, paradójicamente, está en una droga llamada naloxona, que se utiliza para bloquear los receptores de opiáceos y tratar a las personas con dependencia de drogas. Al administrar esa droga, tanto los ratones como la mujer sin el Nav 1.7 pudieron volver a sentir dolor al ser quemados con un pequeño láser. El descubrimiento no solo permitirá tratar al puñado de personas con este raro desorden, sino que, aplicado a la inversa, servirá para desarrollar mejores fármacos contra el dolor agudo. [Nature Communications vía New Scientist]

Foto de portada: vovan / Shuterstock

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