Imágenes: Alex Cranz/Gizmodo.

En el pasado mes de abril gasté nada menos que 230 dólares en un gadget que me hizo sentir mi amor por los cacharros electrónicos de nuevo. Seguro estás familiarizado con esa sensación, la emoción de dirigirte a una tienda y obtener un paquete sellado con tu juguete nuevo.

Pero casi tan pronto como recibí mi Apple Watch lo comencé a llamar de otro modo: mi gran arrepentimiento. Una buena razón por la que lo compré era la innovadora posibilidad de encender y apagar las luces con mi reloj, pero en la práctica la app para el Watch de las bombillas Philip Hue era tan lenta que resultaba más fácil sacar mi móvil del bolsillo y hacerlo. Lo peor del reloj es que se sentía con fallos. Un buen ejemplo: nunca sabía cuáles serían las notificaciones que recibiría de mis llamadas o mensajes de texto en el reloj.

En cierto modo lo único bueno del reloj era la autonomía de su batería. El Apple Watch dura exactamente 24 horas, lo que es genial en comparación con otros smartwatches como el Moto 360, que a duras penas rasca de 8 a 12 horas. Aún así, todas las noches no podía dejar de conectar mi Apple Watch. Con la necesidad de cargar mi portátil, móvil, tablet y lector de eBooks, ese montón de cargadores suponían una verdadera carga y molestia.

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Por si fuera poco, con el tiempo me percaté de que cada vez más alcanzaba mi móvil directamente al sonar una notificación y no miraba el reloj. Hoy el reloj lleva una semana entre los cojines de mi sofá. El Apple Watch pasó de sentirse como el futuro a algo innecesario. .

No estoy sola en mi decepción con el wearable de Apple, o en general con todos los smartwatches. Estamos a finales de 2016 y con la Navidad de por medio es buena hora para sincerarse: El smartwatch no debería haber existido. Si miramos los productos que salieron incompletos al mercado en el pasado no debería sorprendernos que todos acabaron siendo un completo fracaso, excepto entre los fanáticos más devotos.

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La inevitable muerte del smartwatch está marcada en los números actualmente. A finales de 2015 la firma especializada en análisis y estadísticas, IDC, anunció que las ventas de los smartwatches no habían hecho más que mejorar desde la salida del Pebble en 2012. IDC también estimó que 2016 vería un salto muy alto en las ventas de este producto en comparación con 2015, lo que terminaría con la muerte de los wearables como los brazaletes deportivos y el reinado de estos relojes inteligentes en este segmento. No sucedió, ha sido el mercado de smartwatches el que se ha ido en picado.

Un reporte más reciente de IDC asegura que el Apple Watch, que es el producto más popular de su tipo, sufrió una caída del 71.3% en ventas en comparación con 2015. Las ventas en general de este mercado cayeron un 51.6%.

La sentencia de muerte del smartwatch que más ha sonado en los últimos días fue cuando Pebble anunció que había sido vendida junto con todos sus recursos a Fitbit y que esta compañía no seguiría fabricando sus smartwatches. Aunque ambas hacían wearables para la muñeca, los productos de Pebble y Fitbit son muy diferentes. El enfoque de la última siempre ha estado en el deporte. Aunque Fitbit compró la tecnología de Pebble no hay ningún plan anunciado sobre si seguirán vendiendo o no sus productos, lo más seguro es que no será así.

La muerte de Pebble nos recuerda los mayores fallos del smartwatch y sugiere que ni siquiera el corregir sus principales problemas podría salvarlos. Hay muchas razones por la que a la mayoría de las personas no les gusta el smartwatch, siendo quizás la más importante su pésima batería.

El problema con Pebble es el mismo que tiene el Apple Watch y prácticamente todos los otros smartwatches: al final no mejoran ni facilitan la vida del usuario lo suficiente como para justificar todas sus molestias. Sí, pueden ofrecerte los datos de tu ritmo cardíaco y decirte la hora, o avisarte cuando recibas un correo electrónico. Pero tu móvil también puede hacer todo eso. Los smartwatches llegan con demasiadas molestias y fallos, como la necesidad de un smartphone para funcionar o la carga constante, para lo poco que ofrecen.

Eso no quiere decir que no exista la posibilidad de mejorar esta situación en el futuro. Cuando llegó la más reciente actualización del Apple Watch inmediatamente me dirigí a ver qué había cambiado y me encontré usándolo de nuevo por algún tiempo gracias a la posibilidad de enviar mensajes de texto desde tu muñeca con solo algunos gestos en su pantalla. Por una semana o dos me volví a convertir en usuario de smartwatch. La clave para solucionar sus problemas de uso es que los fabricantes encuentren la fórmula para mejorar la experiencia, tiene que ser divertido usarlos, no un fastidio.

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Hasta que eso suceda los smartwatches no serán más que otro dispositivo triste que quedó olvidado bajo los cojines del sofá tras una semana de uso.


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