Es muy posible que de todas las experiencias extrañas e inusuales jamás sufridas por un mono, la historia de la pequeña chimpancé Gua sea la que cope todas las listas. Hace ya bastante de eso, pero aún hoy, ni de lejos existe una experiencia tan marciana como la ocurrida desde el 26 de junio de 1931. Ese día y con tan sólo siete meses de edad, Gua fue enviada a vivir con una familia humana. Y no, no sería como una mascota, sino como un miembro más de la familia, uno que fue tratado exactamente igual que el hijo humano de diez meses, desde entonces, su hermano Donald.

El hombre capaz de llevar a cabo semejante experimento se llamaba Winthrop Kellogg y por aquel entonces tenía 29 años. Kellogg fue un profesor de la Universidad de Indiana y psicólogo americano que en vida llevó a cabo un gran número de estudios sobre el condicionamiento de muchas especies. Sin duda, lo que perpetró en aquella casa quedó en la cima y el olimpo de las rarezas en sus estudios.

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Un día, probablemente en la mañana, decidió llegar hasta donde nadie había llegado antes con una pregunta: ¿qué nos separa a los humanos de los animales? Así dio comienzo su trabajo El mono y el niño.

El origen de todo: ¿por dónde empezamos?

Imagen: Gua y Donald.

Suponemos que tras la pregunta llegarían un aluvión de cuestiones mentales en las que la ética de lo que se proponía le hizo dudar de este experimento poco ortodoxo. Lo que si se sabe hoy a través de sus escritos es que el detonante del mismo fue un artículo de la época. En el mismo se hablaba de dos niñas pequeñas que habían sido encontradas viviendo en una cueva en la India con una manada de lobos.

La pieza detallaba cómo las niñas comieron y bebieron como los animales y cómo utilizaban sus manos únicamente para arrastrarse a cuatro patas. Una vez que fueron encontradas, las niñas aprendieron a caminar erguido y a hablar, aunque sus educadores no consiguieron que dejaran de emitir aullidos o que se abalanzaran sobre aquellas aves que tenían cerca.

Los expertos atribuían estas deficiencias a la falta de inteligencia de las niñas-lobo. Sin embargo, Kellogg no estaba de acuerdo con la teoría. Para el hombre, las niñas simplemente habían aprendido su comportamiento salvaje de vivir con los lobos, y por esta razón les habría resultado imposible adaptarse completamente a su nuevo entorno. Porque como decía Kellogg, es extremadamente difícil desaprender comportamientos adquiridos en la infancia temprana.

Lo cierto es que para comprobar su hipótesis nuestro hombre comienza a escribir las bases del experimento. Todo lo que necesitaría sería un bebé normal y juntarlo a un mono medianamente inteligente para estudiar sus comportamientos. Obviamente y a pesar del entusiasmo científico del hombre había un problema para el plan: y es que era impracticable desde el punto de vista ético y legal.

La idea de Kellogg era que los “padres adoptivos” del mono bebé jamás lo tratarían como tal, lo harían como si fuera un humano. Lo besarían de la misma forma, lo vestirían igual, lo llevarían en un cochecito o incluso le enseñarían a comer a imagen y semejanza de una persona. Finalmente se da cuenta que lo mejor sería que el mono fuera adoptado por unos padres que ya tuvieran un hijo propio. Es más, él mismo debería ser el que lleve a cabo la prueba. De esta forma le permitiría tener una comparación directa sobre cómo se produce el desarrollo del chimpancé y del bebé humano.

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Si estaba en lo cierto, Kellogg esperaba poder aclarar de una vez por todas si la naturaleza o la crianza (los factores ambientales o los hereditarios) tenían alguna ventaja en el desarrollo de un niño. Si el mono no se desarrollaba de la misma manera que el niño, esto significaría que los instintos hereditarios del animal eran los dominantes. Por el contrario, si el mono mostraba reacciones típicamente infantiles (humanas), sería una prueba de la fuerza de los factores ambientales.

Aún así y antes de comenzar el experimento, quedaba por convencer a su esposa Luella, la cual estaba embarazada y a punto de tener un niño. En los pasajes del libro que publicaría el psicólogo, The Ape and the Child, parece bastante claro que Luella no estaba de acuerdo, pero finalmente se hizo la voluntad del hombre.

El mono y el niño

Imagen: Donald y Gua.

Desde el primer día que Gua llegó a la casa de la familia Kellogg, Winthrop y Luella se dedicaron por completo al experimento. Mañana, tarde y noche para seguir el plan trazado para estos nuevos hermanos que eran Donald (el hijo ya nacido de ambos) y la chimpancé. Cada mañana se pesaba a ambos y se medían su presión arterial y la masa corporal. Luego comenzarían las pruebas de habilidades sobre percepción visual y motora.

Así llegarían las primeras “pruebas” de Kellogg para medir la susceptibilidad de ambos disparando una pistola a la espalda de los “hermanos” para luego filmar sus reacciones. Y es que las descripciones del experimento tomadas por el psicólogo no tienen desperdicio, todo un purista de la precisión científica:

Las diferencias entre los cráneos se pueden detectar de forma audible tocándolos con el cuenco de una cuchara o con algún objeto similar. El sonido producido por la cabeza de Donald durante los primeros meses es un poco como un golpe seco, mientras que el obtenido a partir de Gua es más duro, como el chasquido de un mazo sobre una madera o una bola de bolos.

El libro va contando con toda minuciosidad el desarrollo de Gua y de Donald. Quizá por ello sorprenda que no se expliqué el por qué después de nueve meses el experimento se terminó. O quizá no hacía falta que lo explicara. Y es que el desarrollo del mismo tomó un giro inesperado contrario a lo que creía Kellogg.

Imagen: Los “hermanos” Kellogg.

Gua mostró una capacidad asombrosa para adaptarse a su entorno humano, obedeciendo órdenes mejor que Donald, aprendiendo a pedir perdón, dando besos a la gente, incluso aprendiendo a comer como los humanos o acudiendo al baño ella sola. Sin embargo Donald, el hijo de Kellogg, tenía un rasgo al que aventajaba a Gua: era mejor en la imitación.

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De esta forma, el vínculo que se creó entre ellos hizo de Gua la líder, la que descubría primero los juguetes o acertaba los diferentes juegos que se proponían, mientras que Donald copiaba aquello que hacía Gua. De lo que Kellogg no se dio cuenta es de que Donald, el experto imitador de estos hermanos a la fuerza, también imitaba las habilidades lingüísticas de Gua. De esta forma, el bebé humano aprendió a imitar a la perfección la llamada a la comida que realizaba Gua y usaría los mismos ruidos jadeantes que la chimpancé para pedir algo. Además, su dominio del lenguaje se vio aletargado.

A la edad de 19 meses, cuando el experimento llegó a su fin, Donald podría decir únicamente tres palabras, mientras que un niño estadounidense promedio de la misma edad y época tenía un vocabulario de unas 50 palabras e incluso había comenzado a utilizarlas para formar oraciones. Dicho de otra forma, el señor Kellogg había planeado que un mono se pareciera a una persona y terminó enseñando a una persona a ser un mono. A su hijo.

Llegados a este punto parece razonable pensar que Luella, la mujer del psicólogo, no estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados y ver qué sucedía. Esta puede ser una de las razones por las que el experimentó terminó bruscamente. Lo cierto es que Gua fue devuelta al lugar de donde la habían recogido en Orange Park. Al llegar allí, la chimpancé no superó la prueba de volver a su entorno. Tenía dificultades para adaptarse a su propia existencia enjaulada con su madre original y murió al año siguiente.

Cuando el experimento de Kellogg se hizo público causó un gran revuelo. En su libro el psicólogo explicaba que varios de los modismos y conductas que había aprendido Donald podrían dejarle huella de por vida. El hombre fue objeto de duras críticas por la irresponsabilidad de someter a un niño a un proceso de este tipo. El psicólogo fue acusado de sensacionalismo y de buscar publicidad. Con el tiempo él mismo diría que quizás se equivocó y debió buscar a un experto científico capaz de hacer frente a los problemas que planteaba su experimento.

Tras la publicación del libro Kellogg volvió su atención a otras áreas de investigación. El hombre fallecía el 22 de junio de 1972 con 74 años. Un mes más tarde lo haría su mujer.

Mientras, Donald Kellogg pudo recuperar el espacio perdido en su desarrollo y con el tiempo estudió medicina para más tarde convertirse en psiquiatra.

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Unos meses después de la muerte de sus padres se quitó la vida.