Año 2007, la justicia compensa una pequeña parte de la pesadilla que vivieron 6 ancianos cuando eran unos niños. La Universidad de Iowa debía pagar en concepto de indemnización 1 millón de dólares. Esta es su historia y la de los 22 niños huérfanos que fueron sometidos a un cruel experimento en 1939.

Hablamos de hace varias décadas, de un momento en la historia en el que, desgraciadamente, los experimentos científicos no tenían en cuenta las secuelas ante una prueba de este tipo, se buscaba conseguir aquello de se proponía, y el principio moral y ético empezaba y terminaba con la consecución del objetivo.

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Ese año, o muy probablemente antes, el profesor de la Universidad de Iowa y reputado psicólogo Wendell Johnson tenía entre manos una idea, un experimento con el que pondría a prueba sus teorías acerca de la posibilidad de mejorar el habla a los tartamudos, de curar la tartamudez. El hombre junto a su ayudante Mary Tudor, una estudiante de postgrado, tenía un plan, una “terapia” que nunca debió pasar de los escritos.

Experimentando con niños: poli bueno, poli malo

Foto:Wendell Johnson

Como decíamos, Wendell y Tudor iniciaron la investigación en enero de 1939 con la selección de 22 niños de un orfanato de veteranos de la guerra en Iowa. A los chicos, de edades comprendidas entre los 5 y los 15 años, jamás se les dijo sobre la intención de la investigación, todos creían que recibían una terapia sobre el habla sin más.

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La teoría de Wendell partía de sus propias vivencias. Cuando era pequeño y sin ningún tipo de problema aparente en su dicción recibió la noticia por parte de un profesor de que tenía un más que posible principio de tartamudez. Una noticia sin más veracidad que la creencia y sugestión del profesor, pero hizo mella en Wendell, quien pasó a preocuparse y desarrollar problemas en el habla.

Esta fue la causa de que gran parte de su vida profesional la desarrollara en la tarea de buscar una solución a los problemas de dicción. El episodio con el profesor fue además el detonante para llevar a cabo el experimento que demostraría que la mayor parte de las anomalías en la dicción se deben a problemas psicológicos.

El experimento duró alrededor de cuatro meses, desde enero hasta principios del mes de abril de 1939. En la selección de los 22 huérfanos se eligieron a 10 niños sin ningún problema en el habla y 12 que tenían problemas de dicción y tartamudez. Se crearon dos grupos: uno para los niños que no tenían problemas, y otro para aquellos que sí. A partir de aquí comenzarían las sesiones intensivas diarias.

Foto: Kheng Guan Toh / Shutterstock

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Tudor sería la persona encargada de llevar a cabo las terapias de logopedia con los chicos. Unas sesiones donde la idea era hablar con ambos grupos sobre temas de lo más triviales para que los niños pudieran expresarse bien y se sintieran relajados y cómodos, sin temor a hacerlo mal. En este contexto es cuando aparece el experimento de Wendell. Al grupo con problemas de tartamudez se le sugiere cada día todo tipo de connotaciones positivas a su habla, se les dice que todo esta bien, que están mejorando o que están a un paso de superar el problema.

Por el contrario, al grupo de los niños sanos sin problemas de dicción se les castiga verbal y psicológicamente. Tudor lo haría con duras críticas diarias a su forma de hablar, sugiriendo que todos estaban comenzando a tener síntomas de tartamudez. El castigo era diario e intenso infiriéndoles la necesidad de cambiar o bien quedarse mudos si sentían que iban a continuar hablando mal.

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Un experimento cruel como pocos que terminaría en el mes de mayo, tras más de cuatro meses. Una terapia que dejaría secuelas para toda la vida en aquellos niños que nacieron sanos. Wendell había logrado quebrar toda autoestima en lo más jóvenes, vulnerables más si cabe al encontrarse en la edad de aprendizaje. Todos ellos acabaron desarrollando problemas de dicción. Mientras y tras finalizar el experimento, Wendell se disponía a redactar y elaborar el informe de su experimento.

Un experimento oculto durante décadas

Foto: David Carillet / Shutterstock

Un informe donde el psicólogo venía a confirmar que los problemas de dicción que el mismo sufrió cuando era pequeño se debían a problemas psicológicos, aunque, y aquí viene lo más terrible, en su experimento no cayó en que los cambios producidos a los más jóvenes era irreversibles.

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Tras finalizar el escrito con las conclusiones, Wendell lo pasaría a varios colegas y miembros docentes de la Universidad antes de hacerlo público. Todos las personas que llegaron a ver los documentos le dijeron que semejante atrocidad con los chicos no debía publicarse, un experimento al que los compañeros de profesión de Wendell lo pasaron a llamar Monster Study. Además, el estudio se juntó en una época donde comenzaban a aflorar noticias sobre experimentos científicos nazis de gran crueldad.

Wendell acabaría escondiendo el informe y conclusiones del experimento. Lo guardaría con la intención de que nadie supiera lo que había ocurrido y que jamás fuera publicado. El hombre continuó con su carrera centrada en la mejora de la dicción y tartamudez. Moriría en 1965 con 59 años y recordado como un investigador de gran reputación y prestigio.

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Por suerte todo cambió en el año 2001 cuando el periodista Jim Dyer, del diario Mercury News, descubrió los papeles de la investigación a través de las notas de Mary Tudor. Unas notas que acabaron desembocando en una investigación que destapó todas las atrocidades cometidas por Tudor y Wendell décadas atrás. Este hecho hizo posible que los supervivientes de aquel experimento, los niños huérfanos aún con vida, pudieran pedir explicaciones y demandar a la Universidad de Iowa. Un millón de euros (2007) y una disculpa pública por un estudio que jamás se tuvo que haber permitido.

Foto portada: Designer491 / Shutterstock

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