Corría el 15 de septiembre de 1995 y los cines estrenaban Hackers, una película dirigida por Iain Softley y protagonizada por Johnny Lee Miller y Angelina Jolie que acabó cosechando unos resultados bastante mediocres en taquilla (costó $20 millones de dólares, recaudó $7). Importó poco, pronto era consideraba película de culto.

Hackers se lanzó en una época en la que la relación de las personas con la informática era muy diferente a la de la ubicua naturalidad con la que se perciben en el siglo XXI. Era una relación de duda, misterio, casi de incredulidad, Windows 95 acababa de llegar al mercado y para muchos la idea de un ordenador personal todavía estaba cogiendo forma.

De cracker a hacker

Curiosamente, la figura del hacker, cuyo mito e imagen en la cultura popular la película no asentó pero si ayudó a definir, sí que se parecía mucho más a la que se sigue teniendo hoy en día: un ser en la oscuridad, asocial y prácticamente todo poderoso, que utiliza sus conocimientos para doblegar el orden establecido.

El protagonista de la cinta, Zero Cool (el nombre es genial), está basado en Robert T. Morris, creador del primer gusano de la era de Internet, el gusano Morris. Este último propició que la DARPA acabase creando el CERT (Computer Emergency Response Team, en inglés) para hacer frente a este tipo de situaciones. Morris acabaría ejerciendo, por cierto, un alto cargo en una división de la NSA.

Las influencias

Gran parte del argumento y algunas de las ideas de la película, como el policía que aparece en sueños con el “I’m watching you” (te estoy vigilando) están basados directamente en 1984 de George Orwell. Otros pseudónimos que aparecen en la película, como Cereal Killer, fueron tomados de revistas y ezines de la época, en este caso de una bastante popular llamada 2600 (que continúa en forma de web hoy en día, además).

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La película hunde sus raíces también en toda la scene de hackers que se había desarrollado previamente. The Conscience of a Hacker, también conocido como The Hacker Manifesto ocupa un papel relevante en la misma y corresponde a un pequeño ensayo que casi una década atrás había escrito Loyd Blankenship, también conocido como The Mentor y miembro de varios grupos de hackers de la época como Legion of Doom, uno de los más importantes de la historia. The Mentor no publicó el Hacker Manifesto en 2600, como se asevera en la película, sino en otro ezine llamado Phrak.

Recoge también una buena dosis de influencia cyberpunk, tanto en atrezzo, decorados y actitudes como en la banda sonora, una auténtica maravilla.

El legado

Hackers ayudó, por un lado, a establecer algunos de los estereotipos que definirían el concepto de hacker dentro de la cultura popular en los años siguientes. Por otro, e irónicamente, anticipó algunos de los fenónemos que importarían en la sociedad y en internet durante las siguientes dos décadas.

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Algunos de ellos, como que el principal problema en materia de seguridad informática son las contraseñas pobremente escogidas han estado a la orden del día en casos como el de Ashley Madison o el ataque a Sony Pictures, que guardaba sus contraseñas en un archivo llamado Passwords.txt

Explora también otros conceptos como el sexismo en el desarrollo de software, la realidad virtual (con Oculus Rift o HTC Vive también como buenos exponentes) o el uso de hackers como mercenarios a sueldos. El FBI contrata a un número tan alto de ellos que en 2014 un director de la agencia sugirió que relajasen las estrictas normas sobre el consumo de marihuana para ampliar el número de candidatos potenciales.

Hackers pasó relativamente desapercibida cuando se estrenó, al menos entre el gran público, pero su legado, influencia e impacto todavía duran hoy. Merece la pena preguntarse si hoy en día existen ejemplos que dentro de otros 20 años recordaremos de manera similar.

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