Narcos es una de las primeras producciones de Netflix en Latinoamérica. Es una serie criminal de las más oscuras, llena de tragedias, conspiración y mucha manipulación, mientras narran el asenso al poder de esa mente maestra del crimen, el narcotraficante Pablo Escobar.

Sí, es indudable que existen mil y un producciones para el cine de la televisión que hablan de drogas, mafiosos, carteles, asesinos a sueldo y policías que lo persiguen, mientras el superhéroe americano salva el día. El hecho es que Narcos, aunque narrada desde el punto de vista de un agente de la DEA (norteamericano), no es así, y cuenta de una forma muy cruda y dramática (pero basándose en la realidad) lo que vivió la bella Colombia entre las décadas de los ‘70 y ‘80.

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Como una especie de mezcla de The Wire, Scarface y Good fellas, junto a una pizca de Ciudad de Dios, Narcos es la historia Pablo Emilio Escobar Gaviria narrada desde los ojos del agente Steve Murphy, el miembro de la DEA cuya vida cambiaría al perseguir al capo directo hasta Medellín, su principal “dominio” en aquel entonces.

Y la historia de este narco colombiano no es bonita, menos cuando recuerdas que está basada en la realidad. Durante su “reinado” criminal cobró la vida de miles de personas. Sí, miles. Una vez probó la sangre parece que no quiso detenerse, le tomó el gusto, y su nombre era sinónimo de terror entre sus enemigos, la policía y más tarde sus aliados. “Amigos”, como los llamaba.

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Personalmente creo que existe un problema en la mayoría de producciones sobre criminales, asesinos y “reyes” maleantes como Escobar, y es que pareciera que suelen admirarlos, o logran que el público piense en lo “sorprendentes” que eran o podrían haber sido (si existiesen). Se convierten en antihéroes y muchos ignoran lo perversos que fueron estas personas (o serían si fueran reales). Sucedió con Walter White en Breaking Bad, sucedió con Tony Soprano y ciertamente ha sucedido con Pablo Escobar desde hace algunos años cuando comenzaran a popularizarse sus libros y series de televisión.

En el caso de Narcos la gran diferencia es que nos recuerda constantemente de lo despiadado que era este señor, no hay tiempo de admirarlo, no hay tiempo de aplaudir cómo manipuló a sus aliados para que le dieran el poder, ni cómo se convirtió tan rápido en el señor de la droga, además de ser el principal responsable de que se exportara cocaina desde Colombia durante dos décadas. Es que sin Pablo no habría Tony Montana.

Lo cierto es que el cartel de Medellín se convirtió en una de las organizaciones criminales más temidas del mundo, y su poder fue enorme en todo el continente. Los colombianos lo sintieron (y sufrieron) muy bien, al igual que todos sus vecinos en Latinoamérica. Pablo Escobar fue un cáncer para la bella Colombia, y viendo Narcos puedes entender por qué.

El principal problema de la serie es, a la vez, una de sus mayores cualidades. Sus actores logran dar mucha emoción y sentimiento a las escenas y la historia... hasta que abren la boca. El problema es que aunque hay muchos colombianos en la producción, no todos son colombianos. De hecho, el actor que da vida a Pablo Escobar, llamado Wagner Moura, es brasileño, y aunque su interpretación es magnífica tus oídos zumbarán cada vez que se le escape un acento extraño. No suena a paisa, y cualquier colombiano o latinoamericano lo sabrá.

Por su parte, los tres agentes encargados de dar cacería al cartel son la más viva representación de los extremos que puede tomar un agente de justicia metido en un saco de basura tan sucia como puede ser un cartel de este tipo. Steve Murphy (Boyd Holbrook), el agente de la DEA que narra la historia, irá cambiando su actitud a medida que ve que su trabajo no se trata simplemente de perseguir a hippies y quitarles unos pocos gramos de marihuana. La muerte está relacionada directamente al negocio de la coca. Horatio Carillo (Maurice Compte) es el agente local colombiano que no escatima en ponerse tan violento como el cartel para obtener justicia, y finalmente Javier Peña (Pedro Pascal) es el agente de la DEA que sirve como nexo entre los locales y los “gringos”, y su política es aplicar cualquier método necesario para obtener justicia y conseguir resultados.

Narcos es una gran serie porque se apoya sobre la narración ante todo, nos pone en los zapatos de los personajes que viven rodeados de porquería y crimen, mientras un lindo país sufre las consecuencias de un señor de la droga con poder prácticamente ilimitado. Es una gran serie porque no nos deja admirar al criminal, ni tampoco nos miente diciendo que los Estados Unidos fueron los héroes que salvaron Colombia. Es una gran serie porque es cruda y se siente real, una realidad que aún pesa en el continente, pero que no es sinónimo de lo que es América Latina ahora, y eso es algo que debe quedarnos claro a todos.

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No hay mejor forma de evitar que se repita la historia que contándola, y Narcos se apoya en la parte más fea del legado de Escobar para contarla.

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