Imagen: Alessandra Tarantino / AP

Si algo nos ha enseñado esta década loca en la que Estados Unidos puede espiar los teléfonos de cientos de miles de ciudadanos sin represalias es que no debemos confiar nuestra ciberseguridad a nadie. Ni siquiera a Dios. Bien lo sabe el Papa Francisco, que tapa la cámara de su iPad con una pegatina.

Esencialmente se está curando en salud, pues las posibilidades de que alguien consiga espiar al Sumo Pontífice a través de la cámara de su tablet son bastante bajas. Pero en seguridad informática todo (en serio, todo) es teóricamente posible: hasta hackear unas elecciones presidenciales.

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Y si necesitas una opinión con más autoridad en el mundo de la tecnología, tienes el ejemplo de Mark Zuckerberg, que no solo le pone cinta aislante a la cámara sino también al micrófono de su MacBook Pro.

Tapar la webcam tiene un punto de paranoia, sí. Basta con cuidarse de no ser infectado por un troyano para estar protegido. El problema es cuando los propios fabricantes no se hacen cargo de nuestra protección y nos venden productos con seguridad nula o escasa (tenemos fresco el ejemplo de las cámaras IP de XiongMai), o cuando dejan abiertas vulnerabilidades peligrosas y ponen en nuestras manos la tarea de instalar los parches.

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No confíes a tu país, no confíes al país vecino, no confíes ni siquiera a Dios tu privacidad en Internet. Y no confíes tampoco en que se encienda el LED de la cámara cuando graba: ya quedó demostrado que una actualización no oficial de firmware puede apagarla sin que te des cuenta.