Muy poca gente es capaz de sobrevivir a unas temperaturas tan bajas como para ocasionar en nuestro cuerpo una hipotermia extrema acompañada de un paro cardiorespiratorio. Por eso, lo ocurrido una tarde de 1999 en las montañas de Noruega puede ser considerado una epopeya. Una historia asombrosa.

Veamos. La temperatura normal del cuerpo humano es de 37°C. Por debajo de 36°C podemos empezar a hablar de diferentes grados de hipotermia. Lo curioso es que en un margen de tan solo unos grados pasamos de un estado en cierto modo controlable, a un estado de alerta en el que nuestra vida corre serio peligro.

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La hipotermia, entendida como el descenso involuntario de la temperatura corporal de nuestro cuerpo por debajo de esos 36°C, puede producirse por múltiples causas. Por ejemplo por la enfermedad conocida como hipotiroidismo. También se puede dar por una intoxicación (alcohol u otras drogas) y por último y más frecuente, por algo tan elemental en nuestra vida como es pasar (mucho) frío, es decir, al exponer nuestro cuerpo a unas temperaturas muy bajas.

Y aquí entramos en tres fases. Una hipotermia leve se produce cuando la temperatura corporal se sitúa entre 33°C y 35°C. En este caso nuestro cuerpo responde con pequeños temblores. Si va a más nos encontramos con la denominada como hipotermia moderada, entre 30°C y 33°C, donde respondemos con ciertos mareos y desorientación junto a episódicas pérdidas de memoria.

Por último tenemos la hipotermia grave, que como su nombre indica, entra en una fase de alta mortalidad. Entonces estaremos por debajo de los 30°C y nuestro cuerpo responde con la pérdida de la consciencia seguida de unos latidos cardíacos muy débiles y casi indetectables.

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La pregunta es la siguiente. Si esto ocurre por debajo de los 30°C, por ejemplo con 25°C, ¿qué ocurriría si una persona bajase hasta los 13°C?

Sólo hay una manera de saberlo. A través de la historia de Anna Bågenholm.

80 minutos en el infierno helado

Anna Elizabet Bågenholm nació en 1970 en Vänersborg, Suecia. Se trata de una ciudad de poco más de 20 mil habitantes de marcado carácter industrial. Anna pasaría allí su adolescencia para más tarde trasladarse a Narvik a estudiar la carrera y convertirse en cirujana ortopédica. Un enclave mágico, con una estampa de película, pero también un lugar tremendamente frío.

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Debido a su elevada latitud la región está incluida dentro del círculo polar ártico (situada a 220 kilómetros en el interior). La superficie habitable es sumamente limitada y su temperatura media anual es de 3°C. Y cómo en muchos enclaves limítrofes, Narvik cuenta con importantes escenarios para la práctica de deportes al aire libre, siendo además una de las localidades más importantes del norte de Noruega para la práctica del esquí alpino, modalidad de la que Anna era una esquiadora experta.

Hoy, si alguien acude al Hospital Universitario del Norte de Noruega en Tromsø es posible que se encuentre con Anna. Allí pasa gran parte de su vida como radióloga realizando resonancias magnéticas (RMN) y tomografías computadas (CT). Su día a día discurre con normalidad absoluta atendiendo a los pacientes del hospital. Sin embargo, hace casi 20 años, en ese mismo hospital ella fue parte de la historia de la medicina.

La apacible vida de Anna cambió en el mes de mayo de 1999. Un año antes se había convertido en asistente de cirujano en el Hospital de Narvik. Durante su primer año el doctor Yngve Jones fue su mentor y cuando había pasado un año el hombre anuncia que se jubila y decide celebrarlo con los compañeros esquiando.

Montañas de las afueras de la ciudad de Narvik. Wikimedia Commons

Era el 20 de mayo y todos habían acudido a la cita desde bien temprano. El día anterior había salido el sol y la nieve estaba perfecta para la práctica de esquí. La jornada iba a transcurrir en los alrededores de las montañas Kjolen. La mayoría eran expertos al igual que Anna, de hecho en el hospital solían bromear con la elección de Narvik como destino debido a la proximidad que tenía con numerosas pistas para el deporte.

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Una vez en la estación comenzaron a descender en diferentes grupos. En un momento dado Anna decide cambiar la ruta que seguía la mayoría. A ella se suman dos compañeros, Naesheim Torvind y Marie Falkenberg. Los tres inician un descenso por una cara de la montaña fuera de pista. Era nieve virgen, pero como decimos, para Anna y sus compañeros se trataba de una práctica habitual. Cada día de la semana y al terminar su horario de trabajo tomaban los esquís y enfilaban rumbo a las pistas.

Pero ese día ocurrió un accidente inesperado. Anna pasaba por un tramo escarpado de la montaña y aunque la ruta no le era del todo desconocida, en un momento dado parece perder el control. Los compañeros van detrás de ella, le gritan y le dicen que no vaya tan rápido. La joven de 29 años logra reponerse pero un nuevo giro descontrola por completo la trazada que llevaba.

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En cuestión de segundos Anna ha perdido el control y tropieza con una roca. Acto seguido choca contra el suelo nevado. El impacto produce que el cuerpo se incorpore levemente mientras pierde uno de los esquís por el camino. La joven aterriza en el peor de los escenarios, en pocos segundos su cuerpo se ha deslizado hasta un arroyo helado.

Cualquiera que haya visto una película en un escenario de este calibre se puede hacer una idea de la peligrosidad que corría la vida de Anna. Sus compañeros se quedan paralizados. La joven no se mueve, su cuerpo está inmóvil, pero lo peor de todo es que un simple giro puede hacer que el hielo ceda y su cuerpo acabe en las aguas heladas que corren por debajo.

Campeonato del mundo de slalom en Narvik (1999). AP Images

Torvind y Marie le gritan a pocos metros. De repente, el cuerpo de Anna responde, la joven levanta la mano como señal de que está bien. Parece que se intenta incorporar poco a poco. En ese mismo momento un ruido delata lo que está a punto de ocurrir. Una primera grieta en el suelo helado se convierte en un cerco alrededor del cuerpo de Anna. A los pocos segundo el hielo se desploma. Se ha abierto un agujero y el cuerpo de Anna cae sobre las aguas heladas. No solo eso, Anna cae boja abajo, su cara y torso quedan atrapados en las frías aguas bajo una capa de hielo de unos 20 centímetros de espesor. Imposible imaginar tan mala suerte en tan pocos segundos.

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Los compañeros de Anna no lo dudan ni un instante y acuden a intentar socorrerla. A los pocos segundos la alcanzan. Torvind fue el primero en llegar y rápidamente agarra sus botas evitando que su cuerpo se hunda más. Marie alcanza a Torvind y ambos tiran del cuerpo de Anna para intentar sacarla. Ellos también se están jugando la vida pero como médicos sabían que la vida de su compañera pendía de un hilo.

Tiran con todas sus fuerzas pero Anna está atrapada por la placa de hielo. Sin tiempo que perder, llaman por teléfono para pedir ayuda. Mientras, la escena era límite, el cuerpo de Anna se revolvía y se podía apreciar como buscaba una salida, la chica se esforzaba por sacar la cabeza del agua. Milagrosamente, Anna acaba encontrando una bolsa de aire lo suficientemente grande como para dejarla respirar.

Se suele explicar ante una situación así, que lo más difícil es mantener la cabeza fría. Lo primero que ocurre cuando nuestro cuerpo reacciona a una caída de estas características es entrar en un shock de frío, una condición marcada por la hiperventilación, la falta de aire y las primeras respuestas internas como la propia hipertensión y los cambios en el pulso. Se calcula que en aguas congeladas una persona en buenas condiciones físicas tiene entre 2 y 5 minutos antes de comenzar a perder totalmente las fuerzas y la coordinación. Es, obviamente, una carrera contra el tiempo.

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Posiblemente que Anna estudiara medicina ayudó sobremanera a pasar la primera crisis. Lo ocurrido a partir de aquí supuso una proeza para la medicina marcada por la intervención que iba a tener lugar.

Rescatando a Anna

Lago helado en las cercanías de Narvik. AP Images

Se calcula que sobre las 18:30, unos 6 minutos después de que Anna cayera en el agua, sus colegas pidieron ayuda. En ese momento ya se habían sobrepasado todos los escenarios críticos y Anna seguía con vida. La bolsa de aire le permitía mantener la conciencia y respirar pero su ropa estaba cada vez más pesada, empapada por el agua y casi congelada. La temperatura de la joven había caído en picado, cada minuto, cada segundo, las posibilidades de recuperarla se reducían.

Al igual que la fiebre es un signo de alerta y de defensa de nuestro cuerpo, ante extremos como en el caso de Anna, nuestro cuerpo activa una defensa por mantener dicha temperatura. Y lo hace defendiéndose del frío de fuera hacia dentro. Mientras que el aire frío tira para alejar el calor de la superficie de nuestro cuerpo, los vasos sanguíneos de la piel comienzan algo parecido a una constricción, de esta forma desvían la sangre lejos de los brazos, las piernas y la espalda hacia el núcleo de nuestro cuerpo. Así conseguimos mantener “caliente” las constantes vitales, se podría decir que es una defensa para sobrevivir, aunque a costa de que los dedos de las manos, de los pies o las orejas sufran con ello. Es el momento en el que aparece la temida congelación.

Pasada esta fase de lucha y una vez que el calor conservado no es suficiente, el cuerpo comienza buscar nuevas soluciones. La primera es la búsqueda del calor haciendo trabajar los músculos. Si como en el caso de Anna parece imposible, el cuerpo activa los temblores. De manera involuntaria nuestro cuerpo se revuelve y sacude como si fuera un programa automatizado con el fin de generar olas de calor que puedan recalentar la sangre. Y es en este punto donde nuestro cuerpo comienza confundirse, pudiendo llegar a ser contraproducente y agotar las reservas nutricionales del propio organismo, llegando finalmente al mayor riesgo de todos, un ataque al corazón o un derrame cerebral.

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Contra todo esto luchaba el cuerpo y la mente de Anna. Cuando Torvind y Marie llamaron a la policía, el teniente Bard Mikkalsen envió hasta dos equipos de rescate, cada uno por una parte superior de la montaña con el fin de ver cual de los dos podía acceder primero. Mikkalsen también llamó al equipo de rescate de la ciudad de Bodø, los únicas que contaban con un helicóptero Sea King en la zona, pero en esos momentos estaban transportando a un niño. El teniente policía logró convencer a este equipo para que se dirigieran con el niño al lugar donde se encontraba Anna.

Helicóptero Sea King. Wikimedia Commons

Los primeros en llegar fueron el equipo que había accedido por la cara norte de la montaña. Este grupo, ayudados de Torvind y Marie, intentaron sacarla rápidamente a través de una cuerda, pero tampoco dio resultado. Luego pasaron a cavar la zona para extraerla pero la pala de nieve que tenían no pudo romper las placas. Minutos más tarde llegó el otro equipo de rescate. Este grupo había llevado una pala especial con la que finalmente lograron hacer un agujero lo suficientemente grande como para extraer a Anna.

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El reloj marcaba las 19:40 y Anna había permanecido dentro del agua 80 minutos. Su corazón no latía, la piel estaba completamente blanca, las pupilas estaban dilatadas y enormes, la sangre no circulaba…

Torvind y Marie actuaron rápido. El ahora numeroso grupo aguardaba la llegada del helicóptero, mientras tanto los médicos le aplicaron una reanimación cardiopulmonar. Cuando llegó el Sea King el equipo del helicóptero continúo las maniobras de reanimación durante el vuelo mientras la ventilaban con oxígeno. A mitad de trayecto también hicieron uso de la desfibrilación, pero no dio resultados.

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El viajé duró una hora. Anna llegó al hospital a las 21:00. En ese momento su temperatura corporal era de 13,7°C, o dicho de otra forma, nunca, nadie en la historia de la medicina había sobrevivido registrando una temperatura corporal tan baja debido a una hipotermia accidental. Cuando la joven llegó la atendió el doctor Mads Gilberts, quién se refirió en estos términos a los medios cuando vio por primera vez a Anna:

Sus pupilas están completamente dilatadas. Tenía un aspecto blanco como el lino. Estaba mojada. Su piel se sentía fría como el hielo y se veía absolutamente muerta. En el electrocardiograma había una línea completamente plana. No había signos de vida.

Prueba de reanimación cardiopulmonar. Wikimedia Commons

Sin embargo, el médico y su equipo no se dieron por vencidos, pensaron que, cómo mínimo, iban a intentar calentar el cuerpo antes de declararlo muerto. Tenían la pequeña esperanza de que el cerebro de Anna hubiese recibido el suficiente oxígeno mediante las reanimaciones cardiopulmonares practicadas durante el rescate. Si bien su cuerpo no había tenido tiempo para enfrentarse al accidente, quizás su cerebro había conseguido adaptarse a través de esa bolsa de aire en un estado en el que necesitara muy poco oxígeno para sobrevivir. De ser así, paradójicamente el frío habría ralentizado sus constantes vitales en una suerte de supervivencia. De ser así también, cuando lograran calentarla todavía podría estar allí.

Una vez en la sala de operaciones decenas de médicos trabajaron durante nueve horas por recuperarla y salvarle la vida. Sobre las 21:40 le conectaron un bypass cardiopulmonar con el fin de bombear la sangre fuera de su cuerpo para calentarla y luego de vuelta a través de las venas. Toda una proeza que dio sus frutos. A las 22:15 se produjo el primer latido de corazón y poco a poco, lentamente, su cuerpo fue subiendo la temperatura corporal hasta llegar a los 36,4°C dos horas y media más tarde.

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A partir de ese instante, el resto de los días siguientes fue una continua lucha por mantener sus constantes. Su cuerpo también fue mostrando pequeños avances en el proceso de curación. Cuando habían pasado 10 días, el 30 de mayo, Anna abrió los ojos y se despertó de nuevo, aunque con el cuerpo paralizado del cuello hacia abajo, había sobrevivido.

A los 28 días salió de la unidad de cuidados intensivos para seguir recuperándose. Hoy Anna está recuperada de un incidente catalogado como un logro médico extraordinario. Además, trabaja en el mismo hospital donde unos médicos lograron reanimarla hace casi 20 años. La joven aún presenta síntomas leves en manos y pies causados por secuelas neurológicas pero disfruta de una vida normal.

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Semanas después del hito que supuso su recuperación, el doctor Gilbert llevó a cabo una rueda de prensa para explicar cómo pudo salvar la vida una persona cuya temperatura corporal había descendido hasta los 13,7°C:

Su cuerpo tuvo tiempo para enfriarse por completo antes de que el corazón se detuviera. Su cerebro estaba tan frío cuando el corazón dejó de latir, que las células cerebrales necesitaron muy poco oxígeno, por lo que el cerebro pudo sobrevivir por un tiempo bastante prolongado.

Según publicaría un estudio publicado por la revista Proto Magazine, el metabolismo de Anna se había ralentizado hasta un 10% de la tasa de referencia, razón por la que apenas necesitó oxígeno. Ocurre que la mayoría de los pacientes que sufren una hipotermia extrema mueren, incluso si los médicos son capaces de reiniciar sus latidos como en el caso de la joven.

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Por eso su historia sigue siendo asombrosa. El frío que Anna sintió aquel día constató que la muerte no es un momento, es un proceso. A veces de unos minutos, pero otras veces de horas, tantas, que en el caso de Anna el frío conservó su cerebro hasta volver a la vida.