Es muy posible que nunca os haya pasado, normalmente el mundo se rige de personas serias de convicciones fuertes como nosotros. Más bien a un amigo, o a un amigo de un amigo. Lo cierto es que siempre tenemos a mano a un “conocido” con el que poder explicar el ejemplo: ¿cómo puede ser que X haya dicho o hecho tal cosa si a mí me había dicho todo lo contrario? Lo cierto es que se trata de una circunstancia tan vieja como la propia humanidad. Y hace muchos años dos chinos realizaron un viaje para ponernos en evidencia.

Ocurre a diario y el ejemplo más claro de ello se da con las famosas encuestas “a pie de calle”. ¿Cuantas veces no hemos escuchado antes de unas elecciones que las encuestas dan a este u otro candidato como claro ganador y el resultado final es diametralmente el contrario? Sin ir más lejos ocurrió con el Brexit en Reino Unido. Cuando pasa no acabamos de entenderlo, ¿qué demonios le ocurre a la gente? ¿por qué mienten sobre su voto? Dios, qué gente, yo no soy así (me suelo decir).

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Bien, en el siglo pasado esta circunstancia tan “extraña” se puso en observación. De la mano del afamado profesor de Stanford Richard LaPiere, el sociólogo toma su coche, monta a dos chinos en él, e inicia un viaje iniciático en busca de la verdad (o no) sobre nuestras propias circunstancias. Su trabajo y estudio fue fundamental en el establecimiento de la brecha que existe entre las actitudes y los comportamientos (de nuestros amigos, por supuesto).

Viajando con dos chinos

Maciej Bledowski / Shutterstock

Hubo un momento en el que el propio LaPiere podría haber adivinado la respuesta en el mismo momento que realizó la llamada. El profesor se preguntaba si el hotel estaría preparado para alojar a “un importante caballero chino”. La respuesta fue un no rotundo en el otro extremo de la línea.

Lo curioso es que dos meses antes el profesor de Stanford había pasado una noche en el mismo hotel en compañía de una pareja de chinos que eran amigos del sociólogo. El establecimiento en cuestión era el mejor hotel que uno podía encontrar en aquellas fechas en una pequeña ciudad de Estados Unidos. Una ciudad con un pequeño matiz: era reconocida por su discriminación a las personas de origen asiático. Pero para sorpresa de LaPiere, el día que aparecieron en el hotel habían conseguido habitaciones sin ningún tipo de problemas.

Algo no cuadra. El director del hotel le había dicho una cosa por teléfono, pero había hecho exactamente lo contrario dos meses antes. ¿Se trataría de un caso aislado? ¿quizá un acto de una personalidad indecisa? ¿o quizá había algo más detrás de esa reacción?

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El experimento trataba de separar el grano de la paja. La cuestión era importante: ¿tienen las personas un problema fundamental en decir a los demás lo que van a hacer en una situación dada? De hecho y como diría el profesor, las propias ciencias sociales de la época se basaban en gran parte en estudios a través de cuestionarios del tipo: ¿Crees en Dios? ¿renunciarías a tu asiento en un tren para ofrecérselo a una mujer de Rumanía? ¿qué opinión tiene de los asiáticos?

Fred Ho / Shutterstock

En la evaluación de las respuestas, lo normal era que los investigadores hicieran el supuesto tácito de que la gente también actuaría en consecuencia si se diera el caso de una situación X. Si esta suposición no fuera cierta, entonces muchos de los resultados no eran válidos, o como mínimo, carecían de cierto sentido. Después de todo, la idea de este tipo de estudios era averiguar lo que la gente hace realmente, no lo que la gente diría que hace en un papel o cuestionario.

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Así nos podemos hacer una idea del comienzo del viaje. Fue en 1930, momento en el que LaPiere realizó dos travesías alrededor de Estados Unidos, ambas acompañado de sus amigos chinos. Se trataba de una pareja joven que viajarían con él en una ruta por suelo norteamericano que cubriría unos 15 mil kilómetros.

En total se alojaron en 66 hoteles y comieron en 184 restaurantes. Y de todos los establecimientos donde se quedaron, solamente una vez tuvieron que dar la vuelta. Ocurrió cuando el propietario de un pequeño apartamento le dijo a LaPiere que “lo sentía, pero no le gustaban los japoneses”.

Por el contrario, a los tres viajeros los trataron en líneas generales con la mayor de las cortesías. Muchas personas a las afueras de las grandes urbes jamás habían estado con un chino, así que en la mayoría de ocasiones se formaba un revuelo de gente ante la presencia de tan exótica compañía en el pueblo. Los encuentros por ver a esta joven pareja china no eran en el sentido de rechazo, al contrario, la gente les trataba de manera extremadamente exquisita.

Papeleta para votar por la permanencia en la UE por parte de UK el 23 de junio pasado. Claudio Diviniza / Shutterstock

Mientras tanto, LaPiere iba apuntando y manteniendo un registro minucioso de todos los encuentros que tuvieron, ya sea con recepcionistas, porteros, mozos o camareros. Por supuesto, todas estas observaciones eran subjetivas, cómo él mismo indicó en su trabajo, pero también es cierto que no se trataba de un experimento de laboratorio en el que cada elemento podría ser controlado.

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Con el fin de mantener su propia influencia sobre los procedimientos de manera mínima, siempre que podía o le era posible dejaba que sus amigos chinos pidieran las habitaciones. Cuando esto ocurría el profesor aprovechaba para aparecer más tarde cargando el equipaje. A menudo también enviaba a la pareja a los restaurantes para que fueran por su cuenta y luego él se unía más tarde. En este punto hay que añadir un detalle que no habíamos revelado: para asegurar que la joven pareja actuara de la forma más natural posible, LaPiere no les comentó a sus amigos que estaban formando parte de un experimento.

Llegamos al final del viaje. A partir de las notas, LaPiere concluyó que la raza no era un factor principal que influyera en las actitudes de la gente; por el contrario, sí lo parecía el hecho de que llevaran o no ropa elegante, si se mostraban sonrientes o no, o si tenían un perfecto dominio del inglés. En resumen y como concluyó en esta parte del experimento que dio lugar a su famoso trabajo Attitudes vs. Actions: “Puedo recomendar una compañía china para un viaje a la tierra natal de los blancos”.

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Ahora bien, esto no había resuelto la cuestión. ¿Qué ocurre entonces con estas actitudes de la gente cuando se expresa en los cuestionarios? LaPiere sabía por las encuestas que los estadounidenses tenían grandes prejuicios por los asiáticos. Con el fin de tener una base con la que comparar las experiencias reales que había tenido con las personas y sus actitudes, seis meses después del viaje (y sin revelar su identidad) envió a todos los hoteles y restaurantes que habían visitado una carta con la siguiente pregunta:

¿Aceptaría a miembros de la raza china como huéspedes de su establecimiento?

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De las 128 respuestas que recibió, tan sólo una respondía de manera afirmativa. El resto prácticamente respondió diciendo que ellos mantenían a los chinos fuera. ¿Cómo podía ser tras el experimento en vivo?

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LaPiere entonces pasó a preguntarse si su viaje en realidad podría haber causado este resultado negativo. Pensó que quizás su estancia con sus amigos chinos en todos estos establecimientos había dejado a sus propietarios una mala impresión, aunque él no había notado ninguna reacción contraria en el momento.

¿Qué hizo el profesor? Para probar esta hipótesis, envió la misma carta a varios hoteles y restaurantes que no habían visitado a lo largo de la ruta. El resultado: el mismo. Nadie quería tener nada que ver con el pueblo chino. Como él mismo escribiría:

Sobre la base de los datos anteriores, sería imprudente para un chino tratar de viajar solo en los Estados Unidos.

Sin embargo, la experiencia real había puesto de manifiesto una imagen diferente. El sociólogo llegó a la conclusión de que los cuestionarios son fundamentalmente defectuosos en la predicción de cómo actuamos en cualquier situación dada. Como diría LaPiere:

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Un cuestionario revelará lo que el Sr A escribe o dice cuando se enfrenta a una cierta combinación de palabras. Pero eso no significa que es lo que va a hacer cuando se encuentre con el Sr. B. El Sr B es mucho más que una serie de palabras. Él es un hombre y actúa.

Su trabajo hace más de 80 años, aunque muy criticado en su momento, fue pionero revelándonos la (débil) correlación que existe entre la medida de actitud y el comportamiento real que tenemos las personas. Posiblemente ha dado lugar al mayor número de proyectos de investigación posteriores en toda la historia de la psicología. Un trabajo que acabó creando esa frase con la que aplicamos alegremente un mismo concejo a los demás: “no practicas lo que predicas”.

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Claro que de aquí me surge una duda, ¿y nosotros?