La piscina de salto olímpico el 8 de agosto (izquierda) y el 9 de agosto (derecha). Imagen: AP

La piscina de trampolines de Río 2016 estaba de su color tradicional en el evento masculino de salto sincronizado: azul, con el agua cristalina. El martes, antes de los sincronizados femeninos, el agua se había teñido de verde. Nunca antes había ocurrido algo así en unos Juegos Olímpicos.

Uno de los primeros sorprendidos fue el clavadista inglés Tom Daley, que el lunes había conseguido la medalla de bronce junto a su compañero Dan Goodfellow. “Ermmm... ¿qué ha pasado?”, publicó ayer en Twitter:

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Todavía no hay una explicación oficial de lo que ocurrió, pero las atletas acabaron sacándole provecho. Lejos de empeorar su rendimiento, la canadiense Meaghan Benfeito, que se llevó a casa la medalla de bronce, reconoció que el agua turbia la había ayudado. “No es del mismo color que el cielo, así que eso ha jugado en nuestro favor hoy”, explicó Benfeito tras clavar su salto.

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Las piscinas de trampolines y waterpolo del centro acuático Maria Lenk están al aire libre. No es habitual, pero tampoco es descabellado teniendo en cuenta que es invierno en Río de Janeiro y el clima es agradable. “Cuando entrenábamos para acostumbrarnos a este lugar, el agua estaba siempre de color azul cielo”, dijo Liu Huixia, que ganó la medalla de oro para China.

El contraste entre el azul del cielo y el verde de la piscina (que pueden ser algas o cobre oxidado) resulta de gran ayuda cuando das varias vueltas sobre tu propio eje con los pies en la cara. Y la calidad del agua había sido probada: según el comité organizador, no suponía ningún riesgo para las atletas. Aun así, Meaghan Benfeito prefirió no abrir la boca, “por si acaso”.


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