Imagen: Dushlik / Shutterstock

Los neumáticos de un avión golpean el asfalto a 200 kilómetros por hora y soportan el peso de un edificio. Ocurre una y otra vez, decenas de miles de veces al día; sin embargo, es raro oír hablar de un reventón. ¿Por qué no explotan las ruedas de los aviones al impactar contra la pista de aterrizaje?

Cuando pensamos en la seguridad de un avión, pocas veces nos acordamos de las ruedas —y eso que de ruedas van sobrados. Un Boeing 777 reparte su peso entre 14 neumáticos, un Airbus A380 tiene 22 ruedas y el enorme Antonov An-225, el avión de carga más grande del mundo, lleva 32. Cada goma cuenta con una vida útil de unos 400 aterrizajes y soporta una carga de 38 toneladas.

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Durante los primeros instantes tras el aterrizaje, los neumáticos patinan por el suelo hasta que su velocidad de rotación coincide con la velocidad del avión. La fricción genera ese sonido estridente y desprende el humo que solemos ver en los aterrizajes. En tan solo tres segundos, las ruedas pasan de 0 a 200 km/h y de temperaturas gélidas a 100 ºC. Las ruedas de un coche no podrían soportar un cambio tan brusco, se incendiarían o explotarían. ¿Qué ocurre en un avión?

A diferencia de los coches, los neumáticos de los aviones no tienen cámara de aire. Van rellenos de nitrógeno seco, que no arde ni se congela con las bajísimas temperaturas que puede alcanzar la aeronave a 10.000 metros de altitud. Es un gas inerte, muy poco reactivo gracias a sus fuertes moléculas de enlace triple. Aparte es un excelente compensador de presión. Las ruedas se inflan hasta alcanzar los 14 bares, aproximadamente seis veces la presión de un coche.

Imagen: Michelin

Los neumáticos se fabrican en nailon o, más recientemente, en aramida. Llevan un dibujo sencillo, pues la brusquedad de los aterrizajes destruiría los patrones de bloqueo que vemos normalmente en las ruedas de los coches. Las múltiples capas entre la cubierta y la llanta aumentan la resistencia de la rueda a la presión y a la carga. Los fabricantes ponen a prueba sus diseños con simulaciones por ordenador y tests de resistencia llevados al límite.

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Como todo en la aviación, los neumáticos deben cumplir con normas muy específicas. Por ejemplo, tienen que soportar cuatro veces su presión nominal durante al menos tres segundos. Es muy difícil que fallen aunque estén demasiado inflados. El calor es la principal causa de desgaste, y la razón por la que hay que reemplazarlos cada 300-500 aterrizajes. Entretanto pueden recibir hasta ocho tratamientos de vulcanización para endurecer la goma. [WIRED]

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