Marte tiene dos lunas: Fobos y Deimos. Las cuatro lunas galileanas de Júpiter se llaman Ganímedes, Ío, Calisto y Europa. Saturno tiene a Mimas, Encélado, Tetis, Dione, Rea, Titán, Hiperión, Jápeto y Febe. Nosotros tenemo una luna y la llamamos... la Luna. ¿Por qué nuestro satélite no tiene nombre?

La respuesta correcta más bien es la contraria. Luna era, en origen, un nombre propio que se convirtió en una sustantivo genérico para referirse también a los satélites de otros planetas. Durante cientos de años de historia humana no hubo necesidad de buscar nombre a otras lunas sencillamente porque no se conocían. Los primeros satélites más allá del nuestro furon los que Galileo descubrió en Júpiter en 1610.

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Según explica la NASA, cuando estos nuevos cuerpos aparecieron se decidió ponerles nombre propio para no confundirlos. Hoy en día se conocen tantos (Solo Júpiter tiene 67) que su denominación es un simple código. La razón por las que se les llama lunas, en genérico, es porque exhiben propiedades similares a las de nuestro propio satélite.

Etimológicamente, la palabra luna proviene directamente del latín y a su vez de la raíz indoeuropea leuksna que proviene del griego leukós (blanco brillante). Luna significa literalmente la luminosa, la que ilumina. Los antiguos griegos, sin embargo, la conocían como la diosa Selene. Por su parte, la palabra inglesa Moon tiene origen protogermánico. En inglés ántiguo era mōna y proviene de los términos holendés Maan y alemán Mond. [vía Livescience]


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