Primero fue Harvey el que condujo a niveles sin precedentes de inundaciones en Texas. Luego llegó Irma, arrasando el Caribe y la costa de Florida. Además, a la temporada de huracanes le faltan semanas para terminar. Con el desarrollo que existe en tantos campos, ¿por qué no podemos detener un huracán?

Lo contamos hace unos días, iniciativas no han faltado para tratar de detenerlos, aunque evidentemente no tenían ni pies ni cabeza y no pasaban de ideas extravagantes. ¿Existe alguna forma de detener la fuerza de la madre naturaleza? Por ahora no, y quizás, lo mejor para entender el fracaso sea retroceder en el tiempo y observar los intentos del hombre por “matar” los huracanes.

La energía orgónica

Acumulador de argón. Wikimedia Commons

En 1939, el psicoanalista Wilhelm Reich (se formó con Freud) llegó a Estados Unidos para difundir su descubrimiento, lo que él llamó “energía orgón”. Con ello, el pseudocientífico pretendía describir una supuesta fuerza vital universal. Básicamente, el orgón (siempre según Reich) era una energía natural que provenía de la energía de la vida y que flotaba en la atmósfera. Lo mejor de todo era cómo la experimentábamos: durante el orgasmo.

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Reich desarrolló los llamados “acumuladores de orgón,” los cuales podrían recolectar y almacenar la energía orgónica. Estos espacios se convirtieron en un éxito entre los bohemios de la época, no en vano, por allí aparecieron tipos como William S. Burroughs o el mismísimo James Bond (Sean Connery).

Para que nos hagamos una idea, Reich ideó la orgonita con la intención de poder tratar zonas puntuales del cuerpo humano mediante un tubo que aplicaba sobre la zona a curar. También diseñó una cápsula donde se introducía al paciente durante unos minutos con el fin de que todo su cuerpo recibiera una fuerte dosis de esa supuesta energía. Según su concepción, la orgonita ordenaba la energía orgónica produciendo consecuencias positivas en el entorno más inmediato.

Ficha de Reich en la cárcel. Wikimedia Commons

A medida que las teorías de Reich acerca de la naturaleza y el poder del orgón evolucionaron, llegó a pensar que también podría utilizarse para modificar el clima. Esta noción llevó a Reich a desarrollar el “cloudbuster” a principios de 1950, que era esencialmente una serie de tubos de metal diseñados para disparar orgón en el cielo.

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Supuestamente, un cloudbuster sería capaz de crear y dispersar nubes, incluso desviar huracanes. Reich formuló la hipótesis de que los propios huracanes podían ser una expresión del orgón que actúa sobre la atmósfera. Decía que su forma general refleja la de una galaxia en espiral, así que pensó que habría tomado forma gracias al orgón.

Lamentablemente para una futura película de Hollywood, antes de que tuviera la oportunidad de probar un cloudbuster en un huracán real, lo encarcelaron por romper una orden de la FDA que le prohibía promover y vender sus acumuladores. Reich murió en prisión unos meses después.

Proyecto Cirrus

La siembra de nubes puede ser hecha por generadores en tierra, aviones, o cohetes. Wikimedia Commons

En febrero de 1947 se inauguraba el denominado como Project Cirrus, donde se desplegó por primera vez el yoduro de plata. La sustancia tenía la ventaja de que ni siquiera necesitaba de un avión. Los investigadores podrían producir humo con yoduro de plata bajo una nube y esperar a que este ascendiera hasta la misma. Irving Langmuir finalmente conseguía que los militares estadounidenses se interesaran en su investigación.

Langmuir había conseguido anteriormente que el yoduro de plata causara nieve en una nube en miniatura en un congelador. Meses antes, el investigador, junto a Vincent Schaefer, habían hecho historia. El 20 de diciembre de 1946 Schaefer pasó con la avioneta sobre la ciudad de Schenectady, en el norte de Nueva York, con 11 kilos de hielo seco. Pasadas dos horas, empezó a nevar ... y ocho horas después, aún seguía nevando. De hecho, fue la mayor nevada de todo el invierno.

Fue lo que se conoce como siembra de nubes, y el ejército de Estados Unidos le compró la idea al investigador para acabar con los huracanes. Así, en octubre de 1947 se trató de disminuir la fuerza de un huracán inyectándole un gran número de núcleos de condensación, perturbando así el impulso de la tormenta. De hecho y según Langmuir, apenas comenzaron a dejar caer las partículas de hielo seco, el huracán realizó un giro de 90 grados.

Schaefer en el laboratorio a punto de conseguir la nieve artificial. Getty

Se trataba del primer intento de alterar un huracán utilizando la ciencia emergente de la siembra de nubes, un método de modificación del clima que consiste en hacer una capa de nubes con materiales que están destinados a cambiar el poder y el contenido de una tormenta.

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Aquel día de 1947, los pilotos volaron sobre el huracán y dejaron caer una gran carga de hielo seco triturado en la tormenta en un intento de alterar las temperaturas de las nubes del fenómeno y la velocidad del viento de la tormenta. Inicialmente, los pilotos dijeron que notaron algún cambio (tal y como apuntó el investigador), pero no estaba claro si los cambios que observaron fueron causados ​​por el hielo.

Lo cierto es que después de emplear la técnica, el huracán se giró con virulencia causando estragos sobre Georgia. El incidente y las posteriores críticas enterraron la idea de alterar los huracanes con la técnica de Langmuir.

Proyecto Stormfury

El equipo y personal del proyecto. Wikimedia Commons

Pasamos al año 1962, momento en el que llega el siguiente intento oficial por alterar los huracanes. El Proyecto Nacional de Investigación de Huracanes lanzó otra iniciativa de siembra de nubes, esta vez específicamente para combatir los huracanes bajo el nombre de Project Stormfury.

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¿Cómo? El proyecto se propuso interrumpir los huracanes sembrando las paredes del ojo del huracán con el yoduro de plata, el compuesto que trataba Langmuir y que tiene una estructura molecular similar al hielo.

Tras meses de espera, el proyecto se puso a prueba con el huracán Beulah en 1963. Beulah nunca llegó a tierra, aunque estaba lo suficientemente cerca como para llevar a cabo el plan. Sin embargo, la velocidad del viento de la tormenta descendió, y fue demasiado difícil discernir si la enorme tormenta se vio afectada por el producto químico, o simplemente había muerto por su cuenta.

Más tarde se intentó con el huracán Debbie en 1969, y aunque los resultados dejaron dudas sobre el posible éxito, el alto coste y lo complicado de llevar a cabo la técnica en huracanes terminó por matar la idea.

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Por último, y aunque imaginaria (todavía), muchos se preguntan qué ocurría si empleásemos la potencia de una bomba nuclear sobre los huracanes. ¿Podría derrotarlos? Al parecer y según explica NOAA, esta pregunta se ha formulado cientos de veces de las últimas décadas.

La respuesta es un no rotundo, ya que como explican, no sólo habría que tener en cuenta las consecuencias nucleares tras la tormenta, es que la bomba nuclear simplemente no sería lo suficientemente poderosa.

NOAA compara el calor liberado por un huracán totalmente formado al equivalente de “una bomba nuclear de 10 megatones explotando cada 20 minutos”. Así que, en todo caso, el lanzamiento de un arma nuclear cerca de un huracán lo que podría es fortalecer las fuerzas de convección y crear una tremenda y enfurecida tormenta radioactiva. [AtlasObscura, Wikipedia, The Guardian, ScientistAmerican, Wikipedia]