El martes, un caso que daba bastante miedo llegó a un resultado sorprendentemente positivo en la Corte Suprema de los Estados Unidos. Impression Products, Inc. vs. Lexmark International, Inc. es una disputa de siete años de antigüedad entre una pequeña empresa y una corporación internacional que podía cambiar para siempre los derechos de los consumidores tanto en la industria tecnológica como en la farmacéutica. Adivina qué: ganó el pequeño.

En esencia, Impression vs. Lexmark era un complicado caso de patentes. Impression Products, una empresa de 25 empleados, construyó su negocio comprando cartuchos de impresora usados, rellenándolos y revendiéndolos a sus clientes. Esto introdujo cierta competencia en el torcido mundo monopolista de las impresoras de consumo y, como resultado, hizo posible que los consumidores ahorraran algo de dinero. Obviamente, al enorme imperio de las impresoras que es Lexmark no le gustó la idea y hace algunos años comenzó a demandar a las pequeñas empresas como Impression basándose en una pieza idiosincrásica de la ley de patentes. Impression, la única empresa que se negó a llegar a un acuerdo, llevó el caso hasta la Corte Suprema y salió victorioso.

En una decisión casi unánime, la Corte Suprema dictaminó que Lexmark agota sus derechos de patentes tan pronto como vende sus cartuchos de impresora tanto en Estados Unidos como en el extranjero. (La jueza Ruth Bader Ginsberg disintió en el tema internacional, y el juez Neil Gorsuch no se involucró en el caso). Las implicaciones de este fallo no solo son positivas para pequeñas compañías de recarga de cartuchos de impresoras. Si Lexmark hubiera ganado, la decisión habría cambiado la forma en que las ventas del mercado secundario funcionan en todo tipo de industrias, como la industria farmacéutica.

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Pero retrocedamos un segundo. Los abogados de Lexmark argumentaron que conservaban los derechos de patentes de sus cartuchos de impresora usados ya que los vendían a sus clientes bajo la denominada “licencia del envoltorio retráctil”. Esto significaba que los clientes podían pagar un 20% menos por los cartuchos si aceptaban nunca revenderlos o reutilizarlos después de haber abierto el paquete. Los tribunales solían estar de acuerdo con esto, siempre y cuando el fabricante “comunicara claramente” esas reglas. Sin embargo, hasta este año, la cuestión nunca había llegado a la Corte Suprema. Esa es la parte estadounidense del caso.

El tema de las ventas internacionales se puso sobre la mesa porque Impression compraba cartuchos de impresora Lexmark vacíos en el extranjero y luego los revendía en Estados Unidos. Lexmark dijo que esto también era una violación de su patente. Esto es lo que hizo que Ginsberg disintiera. En su disensión parcial, la jueza argumentó que las empresas deberían poder conservar los derechos de patentes sobre los productos vendidos en el extranjero.

Ahora tú podrías estar pensando, “bueno, ¿y a quién le importan hoy en día los cartuchos de impresora?”, pero este caso va mucho más allá de los ingresos de Lexmark por la inyección de tinta. Es un gran negocio para los fabricantes de tecnología y las empresas farmacéuticas, cada una de las cuales tomó diferentes posturas en el caso. Las empresas tecnológicas internacionales están seguramente emocionadas por la decisión de la Corte Suprema, ya que se habrían enfrentado a un infierno burocrático si los jueces hubieran decidido que las patentes estadounidenses eran válidas para los bienes vendidos en el extranjero. Hay tantos componentes diferentes de tantas empresas diferentes en cualquier gadget que los fabricantes de tecnología tendrían que asegurar incontables licencias para cumplir la ley.

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Las grandes compañías farmacéuticas, por el contrario, deben estar muy enfadadas ahora mismo. Gigantes como Pfizer, Eli Lilly y Co. PhRMA querían que el tribunal protegiera las patentes estadounidenses en el extranjero porque eso les habría ayudado a impedir que los estadounidenses compraran sus medicamentos a precios mucho más baratos en países como Canadá y México para luego traerlos de vuelta a los Estados Unidos. Cuando una sola píldora de Viagra cuesta más de $60 en los EE.UU., te puedes imaginar cuánto dinero estaba aquí en juego.

A pesar de todo, los consumidores y defensores de sus derechos han ganado hoy. Este caso ha sido denominado el Citizens United de los productos de consumo, pero esta vez la Corte Suprema falló del lado de la gente en lugar de las corporaciones. Eso significa que puedes seguir comprando cartuchos de impresora más baratos, smartphones más baratos y fármacos más baratos. El precio de prácticamente cualquier cosa que esté protegida por una patente turbia no va a dispararse en ningún futuro próximo. Esto es una gran noticia para los entusiastas de las impresoras y para los que sufren de disfunción eréctil por igual.